La deriva ecológica de Pangea

Tengo que confesar que la celebración de los “Día de …” me causan perplejidad y circunspección, ni que decir tiene que el catálogo de buenas intenciones que los rodean son loables y plausibles. En cuanto algo se pone de moda o se impone en cierto modo, me impele a un moderado rechazo y distanciamiento; creo que ese sentimiento es minoritariamente compartido por los que preferimos “El día después del Día de …”, y apostamos por un compromiso más continuado con las buenas causas. Por ejemplo, hoy, 6 de junio, celebro “El Día después del Día Mundial del Medio Ambiente” con el presente escrito.
Cuando en 1912 Alfred Wegener propuso la teoría de la deriva continental no imaginaría, que casi cien años después, el uso del término “deriva” no solo tendría la originaria acepción geológica, sino otra figurada.
La unificada Pangea primitiva que dio origen a los continentes navega a la deriva y nuestro planeta azul se encuentra actualmente al límite de la sostenibilidad.

La creciente industrialización sufrida por el planeta tras la Segunda
Guerra Mundial y a partir de los 70 principalmente, ha sido una preocupación en alza debido a la degradación del Medio Ambiente. A esos incipientes problemas cabría destacar el primer hito institucional sobre la importancia y necesidad de conservación de nuestro entorno, el Tratado Antártico (1959), en la que se dota de un marco normativo para la gestión y conservación del continente antártico. 

Posteriormente, en 1972 el Club de Roma emite el informe “Los límites del crecimiento” en el que se advierte la insostenibilidad ecológica del ritmo de crecimiento; sucesivas revisiones del citado informe (1992, 2004 y 2012) abundan en las consecuencias y problemas no resueltos.
El deterioro del ecosistema a nivel planetario es evidente y bastante
conocido, las soluciones a este complejo y complicado problema por los múltiples factores que intervienen y sus interacciones hacen difícil los avances; lo cierto es que estamos en un estado crítico, el cambio climático es indiscutible y esperemos que no sea irreversible. Sumidos en este maremágnum estamos los ciudadanos, en muchas ocasiones bombardeados por informaciones negativas sobre el Medio Ambiente a todos los niveles, y observamos impotentemente los desastres ecológicos de aquí y allá, tomándolos como inevitables y convirtiéndonos en negrita, subrayado y cursiva menos espectadores de la catástrofe. A nivel institucional los mínimos avances son lentos, a pesar de la creciente presión social al respecto de la conservación del planeta, los acuerdos internacionales se ven constantemente vulnerados. Pero caer en la inacción a nivel individual y colectivo nos llevaría a la debacle ecológica. ¿Qué hacer entonces? Son muchos los expertos que plantean soluciones que, desde mi modesto punto de vista, son maximalistas o excesivamente ambiciosas y que tienen difícil implantación aunque sean razonables; desde una visión minimalista siempre me ha convencido la expresión “piensa globalmente y actúa localmente” aplicada con preferencia al ámbito ecológico. Con los ojos puestos en el horizonte y las manos en lo accesible podemos mejorar y revertir situaciones, proteger nuestro entorno, nuestro ecosistema más cercano (localmente), puede ser la base para el éxito a corto y medio plazo, de ese modo también actuamos sobre la mejora de la interacción de los ecosistemas (globalmente).concienciación y educación ambiental, sobre todo en las edades escolares.
El progreso técnico y económico ha creado la perversa creencia de que los humanos podemos emanciparnos de nuestro entorno natural y que podemos “moldear” el ecosistema a nuestro antojo sin graves perjuicios. Es necesario que las próximas generaciones tengan una interacción completa y saludable con el Medio Ambiente para lograr la sostenibilidad.
Haciendo un poco de ciencia ficción, es necesaria la reeducación ambiental del individuo, y por ende de la sociedad, para reintroducirnos en un nuevo ecosistema complejo que preserve al máximo la protección de la naturaleza. Siendo realistas, o pesimistas si se quiere, hay pocos visos de que el sistema de desarrollo actual cambie suficientemente para preservar la biodiversidad, la cantidad y calidad de los recursos naturales, la regeneración de la capa de ozono, …; el reto que se plantea es tan enorme como vital.
¿Seremos capaces de evitar la deriva ecológica de Pangea? Ya en 1972 el inconmensurable Félix Rodríguez de la Fuente vaticinaba que entraríamos en la “civilización de la basura”. Esperemos que nosotros, los sapiens, como parte de la naturaleza que somos, consigamos regenerarnos y revertir esta dinámica insostenible; o por el contrario, será la antesala de la “crisis ecológica” según afirma el filósofo Markus Gabriel.La primera victoria pírrica de esta apropiación de la expre-sión se ha conseguido, suena ex-traña y contradictoria; nos pre-dispone para el futuro que se nos quiere escenificar y de pa-so es una maniobra de distracción.
Volviendo al tema de la ne-olengua y sus discursos, queda patente que asumir la nueva normalidad (P Sánchez, E Ma-cron, G Conte, …) tanto como no asumir la anormal novedad (D Trump, B Johnson, J Bolsonaro, …) que nos presenta la actual pandemia, corroboran mi hipó-tesis antes planteada.
La realidad es tozuda y, a veces, árida, no es moldeable, y los humanos preferimos ma-nejarnos por la cómoda senda del blanco y negro, la gama de grises requiere discernir; los oídos desean oír palabras conocidas y de confirmación, esa es nuestra vieja anormalidad.
Orwell escribió sus dos últi-mas novelas y obras maestras, Rebelión en la Granja (1945) y 1984 (1949) en los últimos años de su vida, en su primera etapa se opuso al imperialismo británico en su estancia en Birmania, posterior-mente fue un combatiente antifas-cista participando en la guerra civil española, finalmente -como queda reflejado en esas obras- se opuso a los totalitarismos (nazi y estali-nista). Ese recorrido vital desem-boca en la constatación de que el poder utiliza los mismos re-cursos manipuladores con in-dependencia de sus ideolog-ías.
Así, es posible que la “nueva normalidad” se impon-ga en la fecha prefijada de 2050 (covid-19 mediante), en el centenario de su muerte, de mo-mento el Ministerio de la Verdad (Miniver) está avanzando lenta y seguramente en pro de la neolen-gua en 2020.

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