Evocaciones de la Pasión

Ya sea por activa o por pasiva, o sea, por creencia o por cultura, la Semana de Pasión (Semana Santa) es vivida y sentida por muchas personas de un modo peculiar. La actual aconfesionalidad legal de los estados liberales de tradición cristiana, que viene establecida en sus constituciones, y la creciente laicidad de las costumbres, hacen que la sociedad y sus individuos se comporten respecto al hecho religioso de un modo muy diferente al que existía hace cien años, por poner una fecha cercana.

Dentro del Cristianismo, el Catolicismo ha mantenido unas particularidades y unas manifestaciones singulares que se imbrican en diferentes signos artísticos, culturales, sociales… que van más allá del mero hecho religioso. Es evidente que la Semana Santa que vive un cristiano católico de Italia o España, es diferente a la de otro de Francia o Polonia y mucho más distinta a la de un luterano de Alemania, a la de un anglicano inglés o un ortodoxo griego; aunque todas ellas tengan una sólida doctrina común. A este respecto, una diferencia nítida de estas distintas expresiones la recogía mi admirado Miguel de Unamuno, en Del sentimiento trágico de la vida y en su capítulo La esencia del catolicismo escribía: «Y en un teólogo protestante, en Ernesto Troeltsch, he leído que lo más alto que el protestantismo ha producido en el orden conceptual es en el arte de la música, donde le ha dado Bach su más poderosa expresión artística. ¡En eso se disuelve el protestantismo, en música celestial! Y podemos decir, en cambio, que la más alta expresión católica, por lo menos española, es en el arte más material, tangible y permanente de la escultura y la pintura, en el Cristo de Velázquez, ¡en ese Cristo que está siempre muriéndose sin acabar nunca de morirse para darnos vida!».

 

Hoy en día, el creyente mantiene una particular relación con su religión que puede fluctuar desde la más estricta ortodoxia en la doctrina y sus ritos hasta una sui géneris vivencia e interpretación de la misma; en cierto modo existe una religión a la carta dentro de los cánones establecidos. Mi generación que ha crecido paralela al proceso de transición hacia la transformación democrática española también ha experimentado una notable evolución en su relación con el hecho religioso. La oficial confesionalidad católica del estado durante la dictadura franquista permeó profundamente en la sociedad española a casi todos los niveles y se instaló fuertemente en el comportamiento y las costumbres de los españoles. Poco a poco, el proceso de transición fue despojándose de las ataduras estructurales que ligaban la religión a otros ámbitos, ciñéndola a su natural origen espiritual y personal.

Mi personal experiencia puede servir de referencia al ser extrapolable a un proceso más general. Yo fui alumno de la antigua Educación General Básica (EGB) en un colegio religioso de franciscanos que estaba segregado por sexos (solo para alumnos varones). El ambiente y la enseñanza católica estaba presente durante todo el año académico, por suerte, los franciscanos cumplían con los postulados de su orden y ejercían su docencia de un modo abierto, humano y auténticamente cristiano, salvando las excepciones particulares. Esa flexibilidad y laxitud es más o menos la que comenzó a experimentar la sociedad en cuanto a su comportamiento religioso y al progreso de las costumbres.

En clase hacíamos rezos diarios y durante el año acudíamos a distintos actos de la liturgia, la educación que recibimos equilibraba razonablemente la parte docente, con la humana y con la espiritual. En relación con la Cuaresma, como alumnos y niños no terminábamos de asumir el concepto, en los últimos cursos ya sí podíamos comprender tanto histórica como espiritualmente los acontecimientos de ese tiempo litúrgico. Recuerdo que para facilitar la asimilación de la pasión de Cristo el colegio proyectaba Marcelino, pan y vino (1954) del director Ladislao Vajda, que adaptó la historia del escritor José María Sánchez Silva. La película, que artísticamente era notable, tenía en la figura de su protagonista Marcelino (Pablito Calvo) al niño que nos hacía comprender toda aquella historia de difícil asimilación narrada por la magnífica voz del fraile franciscano interpretada por Fernando Rey.

 

Nuestra herencia cultural católica, atendiendo a la cita anterior de Unamuno, nos ha dejado excelsas obras de arte que nos evocan con su cercanía la Pasión de Cristo. La imaginería religiosa y las cofradías son el exponente más popular, con un fuerte arraigo y devoción en variopintas expresiones en toda la geografía española.

Volviendo a la cinematografía, otro hito personal y también internacional fue La pasión según San Mateo de Pier Paolo Pasolini, una obra excepcional que como bien apunta Miguel Dalmau en Pasolini, el último profeta, «A diferencia de las películas religiosas que se limitan a una reconstrucción visual de los hechos, la cinta de Pasolini devuelve el mensaje de Cristo al hombre de la calle». La fuerza expresiva de la película es sobrecogedora y el papel de Jesús interpretado por el español Enrique Irazoqui la dota de una verosimilitud impresionante. El apoyo del Papa Juan XXIII al film se contrapuso a la multitud de ataques que sufrió. Tuvieron que pasar veinte años de la cruenta muerte de Pasolini para que el Vaticano desde L’Osservatore Romano la calificara como «la mejor película sobre Jesús de toda la historia del cine».

 

Pero es en la música donde la evocación de la Pasión goza mayormente de páginas brillantes de creación artística. En primer lugar destacar la que en mi opinión es la cumbre de todas ellas, el oratorio de La Pasión según San Mateo de Johan Sebastian Bach, una obra excelsa de principio a fin. Los Stabat Mater de Pergolesi, de Rossini, de Vivaldi, de Dvorak son también obras admirables de una exquisita sensibilidad. Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz obra encargada a Haydn por el director espiritual del Oratorio de la Santa Cueva de Cádiz. El Oficio de Semana Santa (Officium Hebdomadae Sanctae) de Tomás Luis de Victoria, que es quizá su mejor obra, además de las obras sacras de sus compatriotas Francisco de Guerrero y Cristóbal de Morales. Añadir a Palestrina, Josquin Des Prés, Orlando di Lasso, Monteverdi, Hildegarda von Bingen, y un largo etcétera.

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