Coleccionismo

El coleccionismo a nivel privado me parece una de las aficiones más particulares y curiosas. El coleccionismo a nivel público tiene unos parámetros y objetivos muy diferentes a ese meticuloso y especial coleccionismo que se hace privadamente o en pequeños círculos.

Los objetos y materias sometidas a compilación tienen una variedad casi infinita. Desde las más conocidas como pueden ser las filatélicas o numismáticas, hasta la más extraña y recóndita que podamos imaginar unida al nivel más extremo de frikismo. El coleccionista que se precie es un ser obsesionado con su colección, desearía poseer todo el catálogo disponible de especies y subespecies del objeto de su admiración.

Los niños de hace unas cuantas décadas comenzábamos por coleccionar todos los años los álbumes de fútbol de los equipos de primera división, temporada tras temporada, era misión imposible completar dichos álbumes pero en alguna ocasión se conseguía. La liturgia que rodeaba todo esta afición llenaba muchas horas de ocio antes del comienzo de la temporada futbolística y sus inicios.

Las niñas tenían algo similar, las colecciones de cromos, aquel mundo era plenamente sexista. Recuerdo que las tiras de cromos eran bellísimas, muy conseguidas y variopintas. Las niñas jugaban a los cromos y los niños hacíamos partidos con las estampas de futbol.

 

Las colecciones por fascículos eran también muy seguidas y gozaron de un boom importante. La televisión se encargaba de lanzar los nuevos coleccionables al comienzo del curso escolar y a principios de año, los fascículos poblaban buena parte de las estanterías de kioscos y librerías. Música, libros, películas, revistas, enciclopedias, miniaturas, minerales y rocas, montaje por piezas, objetos de los más diversos… todos elaborados exquisitamente.

Aquellas iniciales aficiones infantiles y juveniles quizá sirvieran de acicate para continuar con ese hobby coleccionista de un modo más perfeccionado y completo y que lo hacía posible por un mayor presupuesto y autosuficiencia financiera. El descubrimiento de la  noche comenzaba a confundir a los jóvenes por mor de los efluvios cerveceros, la colección de latas de Coca-Cola dejaría su lugar a las de latas y botellines de cervezas del mundo. Los gustos cambian y con ellos el interés por otro tipo de colecciones. Recuérdese Patrimonio Nacional de Luis García Berlanga y la trabajada y malograda colección que el marqués de Leguineche guardaba a buen recaudo y que ostentaba como si fueran trofeos de caza.

 

En nuestros días desconozco cuales son las tendencias que las nuevas generaciones siguen en cuanto a coleccionismo, seguro que serán algo más insólitas e insospechadas que las de antaño, aunque también persistirán las clásicas remozadas con nuevos formatos y características.

 

Los nuevos soportes, más reducidos e incluso digitales o virtuales, unido a la minoración y la falta de espacio de las viviendas, hace que ciertas colecciones estén al borde de la extinción. Por ejemplo, las bibliotecas particulares no tienen apenas cabida en la arquitectura y diseño de interiores de muchas construcciones, heredar una biblioteca se ha convertido en un problema, y no solo espacial, el libro es ahora un objeto obsoleto e inservible para muchas personas que ni siquiera lo mantienen a título decorativo. El saber no ocupa lugar, literalmente, tampoco en las mentes.

 

Existe un deleite sibarita en revisar los objetos de una colección, en complacerse con detalles recónditos y especiales que solo el coleccionista conoce, un exclusivismo que proporciona un placer íntimo y de matices imperceptibles velados para el profano. Las piezas de la colección están cargadas de reminiscencias sutiles, de adherencias inseparables que susurran sus secretos con una íntima complicidad. Una colección es un tesoro invaluable, su precio no se cuantifica en magnitudes económicas, el valor emotivo y sentimental es inefable, despojar al coleccionista de su colección es una mutilación dolorosa en la que se cercena mutuamente parte de la esencia.

 

Una querida colección es como aquella pequeña caja de latón que desata la trama de la sensacional película Amélie, en la que al destaparla reviven los recuerdos, se reactiva la memoria y nos traslada a un tiempo pasado y feliz.

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