Ejemplaridad y cultura democrática
En unas recientes declaraciones de Joan Baldoví, el diputado de Compromís en el Congreso de los Diputados, sobre el apoyo a su compañera de partido Mónica Oltra (Vicepresidenta de la Generalitat de Valencia) relacionada con el supuesto encubrimiento de su exmarido —condenado por abusos sexuales a una menor tutelada—, expresó que «si tocan a una, nos tocan a todos. Pongo la mano en el fuego por ella». Dejando a un lado la valoración política, si me gustaría matizar una valoración ética y lógica de ese comentario, en tanto que constato que son argumentos utilizados por los dirigentes de casi todos los partidos políticos.
Por una parte, el «pongo la mano en el fuego por ella» es un razonamiento comprensible dentro del grado de confianza y fiabilidad que pueda dar el comportamiento y honorabilidad de alguien conocido, aunque creo que las unidades de quemados de la mayoría de los partidos políticos y de muchas instituciones políticas tienen overbooking de atendidos, muchos de ellos con quemaduras de tercer grado. Lo verdaderamente grave es la frase que se antepone, «si tocan a una, nos tocan a todos», el sesgo de pertenencia al grupo no es ningún argumento lógico, todo lo contrario, es más bien una consigna mafiosa, es una de los nuestros; suena más a un “sé fuerte” como escribió M. R. a Bárcenas.
Los ciudadanos estamos adaptados y hemos mimetizado la corrupción ética —que es preexistente a la política— bajo la apariencia de normalidad, cuando es quizá el más grave problema que pueda tener una democracia, ya que corroe sus cimientos. Las elefantiásicas y eméritas disculpas del «lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir» —mientras sigue ocurriendo— y los teatrillos de las múltiples comisiones de investigación tras los escándalos de fraudes económicos y públicos que no terminan por recuperar el botín; hacen que los españolitos hayamos perdido la confianza en la utilidad en los sistemas de control, fiscalizadores y demás aparatos de transparencia. Todo ello redunda en la creciente abstención en las distintas elecciones y en la vituperación de lo público en todos sus ámbitos. Está extendida la creencia de que por los salideros de las cañerías económicas y financieras de nuestro estado fluyen los capitales de un modo opaco, quizá hacia las mismas manos y bancos con destino a los múltiples paraísos fiscales.
El discurso ético no está inmerso en el discurso político, hace tiempo que apelar a la ética —y mucho menos a la moral— es algo inusual, no está de moda, está desfasado y huele a rancio. Ningún político apela a los universales valores virtuosos (esfuerzo, trabajo, sinceridad,…) quizá porque la sociedad tampoco los tiene muy en cuenta. Como fruto de una postmodernidad y a un relativismo sin sentido, es inútil emplear medios virtuosos para justificar fines nobles. Ahora los fines son materiales y mayoritariamente individuales, no tenemos fines colectivos que compartir y por tanto los medios son muy diferentes y se han alejado del círculo virtuoso. Recuperar lo colectivo y reconstruir lo social son batallas que se han dado por perdidas, solo queda atrincherarse bajo la perspectiva del partido o de un egoísmo materialista, no fijar metas y no compartir objetivos comunes nos arrastra a una deriva peligrosa.
La ejemplaridad de los hechos no es un factor que se tenga en cuenta, para un gestor o representante público debería ser exigible en gran medida, a tal efecto, el currículum vitae, la trayectoria personal y profesional, no se tienen en cuenta, desafortunadamente. El mérito no es un requisito para optar a los cargos y a la representación política, se prima la obediencia ciega, el servilismo, la maleabilidad, una impoluta y completa hoja de servicios al partido y a la causa. El sistema de elección en los partidos no es democrático, las primarias en la mayoría de las ocasiones son meras pantomimas, las facciones de los partidos imponen sus criterios y candidatos, en las reuniones de los comités de los partidos hay que entrar con trajes NBQ.
En la actual democracia representativa en la que estamos asentados, la delegación de la representación llega a extremos de deserción de nuestra actitud crítica y de desapego de las cuestiones públicas. Apenas existen mecanismos de reacción útiles y versátiles para que los ciudadanos puedan mostrar su opinión e influir en la toma de decisiones, para corregir e influir en el devenir de la acción política. El desapego de los ciudadanos hacia la acción política solo puede combatirse incrementando los instrumentos de participación directa, pero los partidos no están interesados en fomentarlos o lo hacen en modo prueba o demo. Los partidos ejercen su acción fluctuando entre el despotismo y el absolutismo partitocrático, se arrogan la representatividad y utilizan todos los resortes posibles para mantener un anquilosado estatus democrático.
En ese escenario creado, a gran parte de los ciudadanos se les aleja crecientemente de su derecho a participar, siendo utilizados como meros votantes en periodos electorales, no se desea crear una verdadera cultura democrática que es la que sustenta las bases de una democracia más plena. El edificio democrático precisa de una sólida estructura, el sistema democrático creado es el continente pero solo con el buen contenido que aporta la cultura democrática de los individuos y la sociedad pueden dotarlo de auténtica fortaleza y vitalidad. En España se ha optado por crear un estado con una poderosa osamenta democrática, pero se ha trabajado deficientemente en desarrollar la educación y la cultura democrática que lo dote del suficiente músculo. Para muchísimos españoles la democracia se circunscribe exclusivamente a poder ejercer el derecho a voto, una reducción tan triste como lamentable.
Percibo que una de las grandes amenazas o peligros de los próximos años pueda provenir de los déficits en la calidad de nuestras actuales democracias. La brecha entre representantes-representados y el desapego entre estado-ciudadanos, en unión a esa escasa participación directa, hace que los nacionalismos, las crisis, los enemigos, las pandemias,… vayan agrietando más el suelo democrático que pisamos y nos acerque a los abismos que ahora no percibimos y que nunca querríamos.
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