Con agosto y las vacaciones llega, para la mayoría de personas, la gran desbandada de las residencias habituales, este asueto busca otros lares donde desconectar y recargar las desgastadas pilas. Este impasse necesario en nuestra cotidianidad se nos presenta como una recompensa, un éxodo a otra tierra prometida donde podemos encontrar momentos de felicidad y liberación, el destino se dibuja como una especie de prosaica Arcadia en la que tendremos una temporal morada; una ilusa y temporal estancia que nos haga creer y vivir en una realidad más fácil y simple.

 

     En cierto modo, las vacaciones se anuncian como un anticipo, un tráiler (ahora creo que se dice “teaser”) de nuestra estancia en el Paraíso al final de nuestros días; no en vano tenemos que las expresiones “vacaciones paradisíacas” y “lugar paradisiaco” son muy utilizadas en la publicidad, el lenguaje publicitario es muy premeditado y alevoso.

    El alejamiento de nuestra realidad cotidiana que conlleva el disfrute de las vacaciones es una necesidad, vivir instalados en un permanente entorno cotidiano además de empobrecer nuestra experiencia, en nuestro mundo actual es esencial crear esos paréntesis que nos permitan salirnos del entorno con el que convivimos la mayoría de los días. Hay que reivindicar escaparse, escaquearse, fugarse, no solo en esos concretos, por así denominarlos, “días oficiales de escaqueo” que son las vacaciones, festivos, puentes …

     A tal efecto, un nota alusiva muy ilustrativa está incluida en el “Filosofía ante el desánimo” de José Carlos Ruiz que al hablar sobre el turista indica que “para pensadores como Byung-Chul Han, es el resultado de una sociedad hipercultural, donde se abandona la interculturalidad. Ya no se trata de interconectar, de enlazar. El turista hipercultural no marcha hacia un lugar alternativo, hacia un allí, porque la asimetría que otrora existía entre el aquí y el allí ha desaparecido, de modo que el allí, en realidad, es otro aquí, porque es simétrico, provocando que el turista se mueva de un aquí hacia otro aquí.

 

     También son necesarios crear y construir nuestros propios espacios de fuga, cotidianos e individuales, que nos salvaguarden esos instantes placenteros hacia la felicidad y la belleza sin que vengan predeterminados ni precocinados. Esa felicidad y belleza no vienen empaquetadas, ni se compran en las tiendas de comercio electrónico, ni se venden en los catálogos de viajes, tenemos que buscarlas y generarlas, no vienen dadas. Fijar nuestras perspectivas y esperanzas de fuga en nuestro entorno, en nuestra cotidianidad, en elementos cercanos y tangibles puede ser una gran revolución en nuestras vidas, un acto plenamente subversivo que puede cambiar radicalmente nuestra enfoque, no dejar todo al medio plazo y ni en manos de las recompensas de los “días oficiales del escaqueo”, buscar la belleza y la felicidad también en el aquí y ahora, en la medida de nuestras posibilidades.

     En el excelente ensayo, “La vida pequeña (El arte de la fuga)” de J. Á. González Sainz, en uno de sus apartados titulado “Retirarse a vida pequeña (la heroicidad de la alegría)” el autor indica: Aún faltan los héroes que gusten alegrías más altas / aunque un poco de gratitud haya sobrevivido en la sombra, escribió Hölderlin ../.. Las alegrías más altas tienen que ver con la gratitud, con la gracia, con recibir gracia y ser gratos, con donarla, con lo gratuito.

     Esas alegrías más altas debemos encontrarlas en lo cotidiano, hacer renuncia de la felicidad y la belleza postergándola a momentos venideros y espacios futuros es, además de una estulticia que conduce al suicidio de nuestra ilusión, una dejación inasumible de nuestros derechos que se perpetra de un modo solapado y silencioso. Yendo un poco más lejos, no reivindicar la felicidad y la belleza, mediante habituales actos individuales e íntimos, deja paso a la imposición de unos valores decadentes muy contrarios al humanismo y con los que se adocena a la sociedad.

 

     Escaquearse, escaparse, fugarse es necesario, si es temporalmente el camino de retorno nos devuelve a nuestra realidad, de lo contrario sería un cambio radical o un aislamiento. Encontrar y utilizar paréntesis para bandearnos con nuestra cotidiana realidad es imprescindible para sobrellevar una vida equilibrada y razonable. Volviendo a La vida pequeña, se analizan y aportan ciertas propuestas al respecto indicando que “la vida pequeña como actitud y perspectiva, como rebelión y aceptación a la par o bien trenzadas, tejidas en paciente cáñamo”, y ¿cómo hacerlo?, “reducir, pues, también menguar, recortar, hurtarse, aminorar el ritmo y bajar los volúmenes, achicar o restringir las cantidades …”.

 

     Bajo esas premisas, escaparse, escaquearse, fugarse no es huir, debe ser todo lo contrario, es una firme actitud de valorar en la justa medida nuestra cotidianidad para mejorarla, utilizando la consciencia y libertad para construir una realidad y un entorno lo más humano posible.

     El filósofo Pascal  Bruckner en “La euforia perpetua (Sobre el deber de ser feliz)” apunta lo siguiente “no podemos abolir lo cotidiano, aunque a veces lo apartemos a un lado o le inyectemos más intensidad. La verdadera vida existe pero es intermitente, un relámpago en la niebla gris que nos deja llenos de emocionada nostalgia”. Más adelante añade que “hay que descubrir un asombrosa belleza bajo lo ordinario. Lo aburrido es nuestra mirada y no la realidad, y tengo que desinfectarla, limpiarla de impurezas”. Para finalizar con “la vida cotidiana puede transfigurarse si cada uno de nosotros, en la medida de sus posibilidades, empieza a hacer milagros, se convierte en un creador de paraísos”.

 

     Creo que no hay mejor arma contra la insolencia que construir y poner en marcha nuestro particular plan de fuga.

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