Escritor Andaluz

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¡Es la opinión, idiotas!

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«The economy, stupid» (la economía, estúpido) es uno de los tres eslóganes que James Carville, asesor de Bill Clinton, utilizó en 1992 durante la campaña presidencial estadounidense frente a George Bush padre. La intención era fijar la atención en la economía para contrarrestar los éxitos de Bush en otros campos. Aunque tenía una evidente razón económica, posteriormente se extendió el uso del eslogan para focalizar el asunto según el problema candente de actualidad y en otros ámbitos, además de añadírsele el verbo; así se suele utilizar expresamente baja la expresión ¡es la economía, estúpido!

En cuestión de interpretaciones de expresiones y frases hechas hay que estar al día para no quedarnos desfasados, surgen por doquier y es casi imposible estar a la última de lo popularmente aceptado, de vez en cuando hay que actualizarse ya que se suman a nuestro acervo lingüístico de un modo casi impuesto. Ocurre al contrario con cientos de palabras y expresiones que tienen su raíz etimológica, histórica y cultural y que tanto por desconocimiento o por desuso caen en el olvido o se desvirtúan.

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James Carville

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La acepción idiota es una de las que despierta un gran asombro en las personas cuando descubren su  etimología exacta. Si nos vamos al Diccionario de la Real Academia Española leemos en su primera acepción la comúnmente aceptada: «adj. Tonto o corto de entendimiento». Pero la palabra idiota proviene del griego ιδιωτης (idiotes) para referirse a aquel que no se ocupaba de los asuntos públicos, sino sólo de sus intereses particulares. Un ciudadano griego que no participara en el ágora de la actividad pública se le consideraba un idiotes, y estaba mal considerado; teniendo en cuenta también que ni los extranjeros, ni las mujeres, ni los esclavos eran considerados ciudadanos griegos.

 

En la idiocia social en la que parecemos instalados, lo más parecido a un idiotes es el ciudadano que no forma ni expresa su opinión, se mantiene al margen o se instala en la trinchera ideológica que le resulta más cómoda. Vivimos una etapa en la que el egoísmo a ultranza está causando un daño enorme a la comunidad, nos hemos convertidos en pequeños Gollum que persiguen la riqueza material del Anillo y que constantemente repiten «mi tesoro». La presión que ejerce lo políticamente correcto nos lleva, a veces, a una autocensura y en la que expresar la opinión (e incluso formarse opinión) sobre determinados temas coarta nuestra libertad; quizá sea la libertad o derecho que se encuentra más restringida y autorestringida.

Añadir dos términos y conceptos griegos necesarios para afrontar esta batalla contra la idiotez-ambiente impuesta. Alétheia, el desocultamiento, el desvelamiento de la realidad mediante la verdad que la opinión nos puede aportar, iluminar la realidad para que refulja la verdad. Parresía, la libertad y la obligación de hablar con verdad y valentía alejándonos del egoísmo para alcanzar el bien común.

 

Opinar, formarse opinión, expresar la opinión y hacer pedagogía es una necesidad apremiante. Es preciso que se haga desde la independencia, desde la honestidad intelectual, sin sesgos. Para ello resulta indispensable atender a lo que nos dibujaba don Antonio Machado en su retrato:

 «A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre la voces, una.»

          Alejar la controversia vacua, huir del ruido, eliminar la distorsión, eludir las maniobras de distracción, elevar el tono del discurso, desenmascarar la mentira… sin desfallecer en el intento. La independencia de criterio es el principal enemigo de los que quieren mantener esa idiocia social que tanto les beneficia. No es fácil mantener ni abrir nuevo canales para que surque esa voz machadiana, existen muchos callejones sin salida y será necesario volverse sobre nuestros pasos. Habrá que conquistar y reconquistar espacios de libertad, construir y reconstruir nuevos puentes, ganar palmo a palmo viejos y nuevos terrenos fértiles. Las nuevas revoluciones vendrán dadas por imparables evoluciones, los diques reaccionarios de las ideologías comienzan a resquebrajarse.

 

El 13 de enero de 1898, Émile Zola publicó en el diario L’Aurore una carta abierta dirigida al presidente francés Félix Faure, con el archiconocido título de J’accuse…!, un alegato en favor del capitán Alfred Dreyfus, acusado injustamente de alta traición.

La carta, que recomiendo sea leída íntegramente, incluye en sus conclusiones un párrafo que podría servir de acusación a todos los que en la actualidad participan deshonestamente en la acción pública: «En cuanto a las personas a quienes acuso, debo decir que ni las conozco, ni las he visto nunca, ni siento particularmente por ellas rencor, ni odio. Las considero como entidades, como espíritus de maleficencia social. Y el acto que realizo aquí, no es más que un medio revolucionario de activar la explosión de la verdad y de la justicia.»

 

Tal vez alguien nos gritará: «¡Es la opinión – idiotas!»

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