Fantasía, el arte en transición

         Cuando el arte se ensimisma, inventa. Existen tesoros escondidos en las líneas de un pentagrama, en el renglón de un libro, en la pincelada en un cuadro,… Nihil novum sub sole excepto la mirada, la perspectiva y la reinterpretación generan la invención.

          La Fundación Juan March, con la excelencia que le caracteriza, ha puesto en marcha un ciclo de conciertos bajo la denominación de Fantasía, en la que —según las notas introductorias del ciclo— «la historia de los últimos cinco siglos de este género constituye el eje de este ciclo con otros tantos conciertos y solistas», pero entendida «como una manera libre y desprejuiciada de trastocar instrumentos y estilos interpretativos, desligada de las ataduras de las convenciones concertísticas». Haciendo ligadura de expresión entre lo indicado al inicio con el final de las mencionadas notas, «autonomía y audacia permiten vislumbrar la dimensión inédita de algunas obras transferidas bien a sus instrumentos originales, bien a otros alternativos».

 

        A modo de legato, inició el ciclo Anthony Romaniuk, proponiendo en sus Transiciones improvisadas, como bien refleja Antonio Simón en sus notas al programa de mano, «un recorrido inédito a través de la naturaleza improvisatoria de la fantasía […] Un concierto único en el que lo escrito y lo improvisado, la precisión histórica y la descontextualización creativa se mezclarán en un juego de espejos infinitos».

         Bajo el paradigma que Romaniuk nos sugiere, comenzó con la Fantasía y fuga, BWV de J. S. Bach, transmutándola de su canon inicial, etéreo y voluptuoso, en una reflexión más íntima y palpable, manteniéndola en su halo cautivador entre el paréntesis de su valor absoluto. El clave francés Keith Hill de 2001, fabricado a partir del modelo de Pascal Taskin (1769), transportó, simbióticamente, la sonoridad buscada por el intérprete.

         Instalado en ese entorno íntimo y palpable, la sutileza y elegancia del piano Pleyel de 1853 aporta la sonoridad precisa hacia una transición —no espacial sino temporal— de un siglo, para dejarnos en la Fantasías op. 16 de Mendelssohn, recorriendo paisajes de un sempiterno romanticismo, Romaniuk nos comienza a demostrar magistralmente las secretas e inadvertidas conexiones que existen, destacando los sutiles matices que comparten ambas obras.

         Y en otra suave e imperceptible transición, esta vez dando un salto atrás de casi medio siglo y sin mutarse de espacio sonoro, mimetizándose ahora en el piano de cola Steinway D- 274 de 2003, completa el tema de su concierto, añade a las transiciones, la improvisación —Transiciones improvisadas—, con Carl Phillip Emanuel Bach y su Fantasía en Fa sostenido menor, Wq 67. La impronta de la improvisación, que los Bach conocían y manejaban a la perfección, va ganando terreno en el discurso que se nos propone, pero siempre sujeta a la expresividad y al mensaje, aportando más argumentos a favor sobre la permeabilidad de las fronteras musicales y demostrando con naturalidad compatibilidades y afinidades insospechadas.

         La improvisación, la fantasía, va ganando terreno, tanto en la interpretación como en la temática. No hay pausas, no hay silencios, no hay estilos, solo música, música que se recrea en sí misma, que improvisa, fantasea y dialoga, Bach y Bartók forman parte del perpetuum mobile. En la Fantasía nº 2, cuatro piezas para piano, BB 27 de Béla Bartók, los estilos se mezclan integrando pasado, presente e incluso futuro, gracias a la fantasía improvisadora de Romaniuk. La música se expande, sale de la partitura, las notas ganan cualidades sinestésicas, el arte en movimiento, mutando, el dialogo interrumpido se retoma; compositor, intérprete y oyentes en armonía esférica.

         Nihil novum sub sole excepto la mirada, la perspectiva y la reinterpretación generan la invención. La Sonata para piano “quasi una  fantasía”, op. nº 1 de Beethoven se alza como una voz inesperada al final del discurso que Romaniuk nos propone. En el principio fue J. S. Bach y todo puede descansar en Beethoven.

          Todo está dicho, todo está escrito, pero siempre habrá una nueva perspectiva desde la cual todo será reescrito y contado nuevamente, siempre existirán transiciones improvisadas que alimentarán la fantasía, el genial discurso de Anthony Romaniuk así lo acredita.

          https://canal.march.es/es/coleccion/fantasia-i-transiciones-improvisadas-47808

 

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