Groucho y las estadísticas. 

“Éstas son mis estadísticas (principios) pero si no les gustan tengo otras”, esta frase podría ser atribuible hoy en día a Groucho Marx, ya que las estadísticas son tomadas casi como principios dogmáticos. Aunque la paternidad de la frase original a Groucho no esté constatada, podría decirse aquello de “se non è vero, è ben trovato”.
En nuestro mundo de códigos binarios, de cantidades y porcenta-jes, de tipos y diferenciales, todo parece someterse y justificarse res-pecto a las estadísticas de referen-cia. Lo cuantitativo aplasta a lo cua-litativo, pero sabemos que “todo necio / confunde valor y precio”. No es cuestión de vituperar esta rama matemática tan necesaria, que es de indudable utilidad; lo importante es el matiz, saber leer la estadística de un modo objetivo y eliminar en lo posible el sesgo cognitivo o subjeti-vo que hace tendenciosa su inter-pretación.

Un ejemplo muy cercano y ciertamente doloroso es el prove-niente de la reciente pandemia de la covid-19, se han cuestionado las magnitudes de numerosos paráme-tros. La sombra de la duda ha esta-do y está sobre los datos aportados, se ha dudado de la certidumbre de las cifras indicadas por China y so-bre la contabilización de fallecimien-tos y contagios, como exponentes más evidentes de los que se pueden apuntar.

En primer lugar, la credibili-dad de la fuente es esencial, China es un país con un fuerte con-trol gubernamental, se ha cuestio-nado que las cifras oficiales aporta-das sean reales y que la magnitud sea mucho mayor. Aquí topamos con una problemática extendida, la versión oficial dada por el poder siempre intenta maquillar los datos, la alarma social y los efectos colate-rales en la economía y en la socie-dad llevan a un ocultamiento de la verdad, en este caso numérica. La fría objetividad de un dato estadísti-co constatable y creíble es muy in-cómoda, en la que no cabe una in-terpretación subjetiva del dato; por tanto, el poder (gobierno) opta di-rectamente por mentir. Así estalla la llamada “guerra de cifras” que lleva a un histriónico e histérico baile de números, hay que distorsionar la realidad y crear ruido; la maniobra de la confusión está servida.
Por otra parte, resulta total-mente incomprensible la inconsis-tencia palpable de los datos ofi-ciales: el aporte de información llega con retraso, el cruce de cifras no cuadra, los criterios son someti-dos a continuas reinterpretaciones, … En los tiempos en los que la tec-nología permite el acceso a los da-tos e informaciones de un modo casi instantáneo y desde cualquier parte del planeta, la estadística no fluye, algo va mal, se ha producido el cor-tocircuito.
Capítulo aparte merece el tema de las encuestas, observato-rios, paneles, … desde mi punto de vista tienen escasa credibilidad e incluso dudo de su carácter meto-dológico y profesional, al menos cuando se refiere a temática social y política.

De modo paralelo, con el de-sarrollo de las nuevas tecnologías y su implantación en la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo, surge la Big Data, datos e informaciones que transformados y analizados se convierten en estadís-tica. El procesamiento de esos datos tanto a nivel empresarial como go-bernamental o político están siendo utilizados con diversa finalidad, y no siempre de un modo transparente y con pleno consentimiento de los usuarios. Analizar y conocer las ten-dencias, opiniones, modas, … de modo más exacto es el gran objeti-vo de estos procesos. Nuevamente nos encontramos con el paradigma de “la información es poder”, influir y modelar la realidad para llevar el agua al molino está detrás de todo ello; así muchas redes sociales y aplicaciones informáticas introducen algoritmos para encauzar la infor-mación, las opiniones y los flujos de mensajes y contactos.
Cierto es que la Big Data en-cuentra la dificultad de la gestión de millones de datos y su posterior análisis, la interpretación de la reali-dad no está sujeta a modelos fijos pero si se presta a la manipulación. Tampoco debe caerse en la trampa de creer que lo virtual puede su-plantar a lo real, que la información circulante en el mundo virtual englo-ba toda la realidad; lo virtual no deja de ser una expresión de lo real pero es una parte y no el todo, ésa es la gran entelequia de lo virtual, la burbuja de lo virtual.
La ley de los grandes números parece imponerse en nuestro horizonte, la estadística ma-nipulada interesadamente puede someter a una sociedad a modelos predecibles y a un conductismo muy peligroso. No quiero con todo ello aumentar la teoría conspirativa pero es evidente que en nuestro mundo global la estandarización es mejor acogida que la divergencia.
Necesitamos que una gran masa crítica cuestione la oficialidad de la estadística, que analice su in-terpretación y que frente a la canti-dad del número contraponga la cali-dad del argumento; de lo contario ya sabemos, “¡ es la guerra, traed madera !”.

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