La canícula
Hacer arqueología con las palabras es un entretenimiento que me proporciona un especial deleite. La etimología de los vocablos es un proceso de recuperación de su genealogía íntima. En muchas ocasiones, al decapar cada palabra, encontramos insospechadas conexiones y significados desconocidos que me causan una alegre sorpresa que retroalimenta mi curiosidad y me animan a seguir en esa puntual indagación. Esta particular afición por el cultivo de las palabras me viene de seguir el consejo de un maestro mío de 5º de EGB —Juan Emilio Junquero— que animaba a sus alumnos a leer el diccionario; todavía continuo deleitándome de ese preciado e inagotable tesoro.
Si atendemos a su significado o uso actual, compruebo que hay palabras impostoras, ilegítimas y bastardas a las que, por un ralo acontecer, se les da carácter general y autorizado, usurpando así su recto significado. Ni que decir tiene que la lengua no es una ciencia, y mucho menos exacta, esa bendita inexactitud puede nacer de esa imprecisa significación de las palabras. Reparar sobre tales cuestiones no es un asunto baladí, la imprecisión del uso de los vocablos puede estar, imperceptiblemente, en el germen de algunos conflictos.
La actual ola de calor me trae una palabra a la mente, antes la oía con más asiduidad, ahora parece que está aletargada quizá porque está demodé, el término en cuestión es canícula. La primera acepción es la más usada, «período del año en que es más fuerte el calor», la segunda está concernida por su etimología, «tiempo en que Sirio, la estrella más brillante de la constelación del Can, aparece junto con el Sol y que antiguamente coincidía con la época más calurosa del año en el hemisferio norte».
Sirio (Sothis, Seirios o Sirius), es la estrella alfa de Can Mayor (Canis Maior), constelación llamada por los romanos Canícula, el orto helíaco de Sirio se producía en la Antigüedad a mediados de julio. Los egipcios medían el año solar por la conjunción del Sol con Sothis, gracias a ese conocimiento más preciso, Julio Cesar lo adapto al calendario romano.
Recomendaba Horacio en una de sus Sátiras, «pasará con buena salud los veranos el que ponga fin a su almuerzo con moras negras, cogidas del árbol antes de que el sol apriete». El verano (veranum tempus) era para los romanos una estación peligrosa ya que se propagaban las epidemias por la insalubridad de las aguas estancadas y por el desgaste que producía en ancianos y niños. No en vano la siesta, que corresponde con la hora sexta (de 10:44 a mediodía) del horario romano del solsticio de verano, era una costumbre arraigada según apuntaba Marcial «Roma prolonga las diversas ocupaciones hasta la hora quinta —es decir, hasta la hora de la comida—, la sexta es la del descanso de los fatigados,…» o por un testimonio de Plinio el Joven, «habiéndome retirado a mediodía a dormir la siesta, pues era verano». Suetonio indicaba que el emperador Augusto «después del almuerzo, vestido y calzado como estaba, reposaba un poco, sin taparse los pies, con una mano puesta sobre los ojos». Séneca afirmaba que «duermo la siesta lo imprescindible, tengo un sueño muy corto, como si fuera una pausa».
La canícula, renombrada en nuestros días como ola de calor, hace acto de presencia todos los veranos. Cada año parece que las olas de calor presentan cifras de récord y se producen a destiempo, síntoma inequívoco del cambio climático. Nuestro actual modo de vida prefiere que todos los parámetros se muestren dentro de un rango cómodo, amoldados a nuestras necesidades. Pero en cuestiones climatológicas no podemos regular dichos parámetros con un mando a distancia —nunca llueve a gusto de todos—, tenemos que padecer las inclemencias meteorológicas y supeditarnos a los caprichosos dioses de la naturaleza.
Cada persona inventa su propia estrategia para sortear la canícula, en la medida de sus posibilidades y circunstancias. Las limitaciones que las elevadas temperaturas imponen a nuestro comportamiento son considerables, restringen nuestra capacidad de actuación y creo que ese es el principal perjuicio. La merma que hace en la habitual y rutinaria vida cotidiana conlleva que andemos malhumorados, quejumbrosos, inquietos,…
Estar bajo la atmósfera controlada que nos brinda el aire acondicionado se ha convertido en un lujo, el precio del kilovatio es el nuevo patrón oro; así que tampoco podremos refrescarnos placenteramente con las imágenes del documental de viajes por islas y paraísos tropicales. Solo queda el recurso de una siesta no reparadora.
Incluso en la playa solo encontramos alivio con una zambullida y prolongando el baño, en el chiringuito la cerveza glacial no hace honor a su nombre, el levante convierta la arena en microscópicos aerolitos que se clavan en la piel.
El oasis climático llega a última hora de la noche, tras una frugal cena y antes de que el sueño nos venza. Una ligera conversación, una música suave, una evasiva lectura, un refrescante vino,… pueden servir para recargar las baterías y continuar con la travesía del desierto de Celsius.
Mientras tanto no queda más que resistir, mantener las posiciones en el frente de batalla cotidiano, resguardarnos de las incandescentes curvas isotermas y esperar oír la frase “la ola de calor comenzará a remitir pasado mañana”,
Nota: Este artículo habrá sido de utilidad si con su lectura hemos logrado olvidarnos de las sofocantes consecuencias de la actual canícula, si no ha sido así, propongo escuchar Estate de Bruno Martino, que es infalible.
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