La dinámica del retrato
La fotografía de retrato quizá sea la técnica más compleja dentro de los diferentes campos de la fotografía. A todos los parámetros inherentes a una fotografía hay que añadirle el componente humano, modelo y fotógrafo deben establecer una especial conexión para lograr el objetivo pretendido. En esa distancia corta que requiere el retrato, tanto psicológica como espacial, se hace palpable el grado de armonía alcanzado en el trabajo realizado y será visible en la fotografía. Un buen retrato debe producirnos un destello instantáneo, una súbita y grata impresión sensorial fruto de la sinapsis artística fotógrafo-modelo.
La pose es parte esencial del retrato, la pausa del modelo para plasmar el retrato. Pero ese esencial requisito, la estática, es mera apariencia en la óptica del fotógrafo o del pintor. Con mayor o menor intención, realismo y perfección, el artista carga su mirada y dota al modelo de la pose de ciertas connotaciones, realces, matices,… le aporta dinámica, movimiento. El modelo no es una mera imagen especular, está tamizada por la subjetividad —en diferente grado— del artista, el estático fotograma del modelo es interpretado, transformándose en un diferente fotograma en la mente de este.
El artista no debe ser un mero copista, debe dotar de movimiento su obra, debe crear. El genial Antonio López bien lo expresa al decir que «un buen pintor ha de dar el paso de copiar las cosas a tratar de entenderlas. ¡Qué diferencia tan grande existe entre copiar lo más fielmente y entender qué es lo que es aquello!». En ese sentido, la fantástica Annie Leibovitz apunta que «todos tienen un punto de vista. Algunas personas lo llaman estilo, pero de lo que realmente estamos hablando es de las entrañas de la fotografía. Cuando confías en su punto de vista, es cuando comienzas a tomar fotografías»
A esa inicial interacción entre retratado-retratista que rompe la apariencia de pose, de pausa, de estática, debemos añadirle la lectura del espectador, su mirada creativa, un giro más a favor de la dinámica del retrato.
El pintor puede permitirse una mayor licencia artística en el retrato, no está sujeto, como el fotógrafo, a la imagen que viene dada en el momento de accionar el disparador, así el pincel puede recrear una visión más personal. En cierto modo, el fotógrafo realza, matiza, enfatiza,… los rasgos preexistentes del retratado mientras que el pintor puede crear, manipular o inventar esa existencia, no es esclavo del fotograma. Eso sí, ambos intentan captar la verdadera esencia interpretando el alma y el aura del retratado.
Luces, brillos, sombras, contrastes, fondos, intensidades, colores, distancias, perspectivas, encuadres, trazos, texturas,… son elementos que dotan de dinamismo a la pose con la que ganan viveza y riqueza dotando al retrato de un movimiento —inicialmente inadvertido— en la mente del artista o del espectador. Todo buen retrato debe tener algo de “sonrisa de Gioconda”, una invitación a la autosugestión para completar y complementar el retrato.
El pasado viernes 3 de junio tuve la oportunidad de acudir a la inauguración de la exposición fotográfica Humans del fotógrafo Jesús Arango en la Sala de Exposiciones del Castillo de Chipiona. Jesús es un fotógrafo autodidacta, apasionado de la fotografía desde su niñez y que continúa ampliando conocimientos en un proceso de estudio y mejora continua. El motivo del trabajo se centra en la mirada, la exposición consta de 17 fotografías en blanco y negro en diferentes técnicas y formatos, en las que el autor nos invita a adentrarnos en el conocimiento de los retratados a través de su mirada reforzada por expresiones, gestos, matices,… Los retratados son personas de diferentes edades y sexos, «son gente anónima, del día a día, con la que nos cruzamos a diario por las calles», según indica el propio autor.
Hay retratos en primeros planos, ambientales, entre bastidores,… con miradas directas e indirectas, abstraídas y “robadas”, soñadoras y tímidas, alegres e ilusionantes, melancólicas e intuidas,… y todas limpias, desprovistas de dobleces.
La eterna e infinita mirada de un niño que enternece, el sereno perfil de una mujer en su mediana edad, con un cigarrillo entre los labios el rostro de una vida honesta, un semblante noble encajado entre la mesiánica barba y la oscura chapela, las lágrimas complacientes de una joven melancólica, la serenidad abnegada de un sin techo, miradas robadas de una escena callejera, la dignidad de un longevo músico callejero abrazado a su violonchelo, las trenzas y anillos de Nazaret anticipan su inusitada historia, los dedos sobre el rostro bajo unos claros ojos mezclan la ilusión y la sorpresa, la mirada de la timidez en un niño, un romero apoyado en su vara con gesto de profunda fe, un ensimismado rostro durante la sesión de maquillaje, una mirada de limpia alegría de una adolescente, el simple escorzo de una mujer mientras barre.
Dos fotografías me causan una mayor atención.
Blasina es la abuela de Jesús, pudo captarla con su cámara a pesar de que era esquiva a ella. Ya entrada en años, la mirada cautiva por su hondura, por su honestidad, mira al futuro sin temor, con la certeza de que será bien acogida y esperada allá donde vaya. Frunce el ceño como un gesto misericorde, en los surcos de sus arrugas están los avatares de toda una vida, las cimas y los valles de una larga existencia, la resignación y el amor de los suyos. La fotografía en un blanco y negro natural, el brillo y el contraste justo, dotan de humanidad al retrato cargado de una entrañable reseña biográfica.
La segunda fotografía. Una pareja de mediana edad avanza caminando sobre un espigón bajo un paraguas en una tarde invernal, de espaldas a la cámara, hacia un mar embravecido que se vislumbra al fondo. No vemos las miradas pero intuimos que se cruzan en un punto, quizás en aquel iniciado bastantes años atrás al compartir una vida en común. Ya no hay miedos, ni a la lluvia, ni a las envestidas del mar, ni al camino que queda por andar.
Pueden visitar la exposición Humans de Jesús Arango hasta el 23 de junio, y no olviden dejar su opinión sobre la misma en el apartado “¿Qué te dice?” del catálogo que el autor tiene destinado a tal fin.
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