La realidad invisible
«Lo esencial es invisible a los ojos», debemos tener muy en cuenta ese secreto que desveló El Principito al zorro. Esencialidad e invisibilidad son dos términos que no están muy presentes en nuestro día a día, solo parece atenderse a lo visible y a lo superficial, la apariencia en nuestro mundo presente actúa con una omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia dictatorial; por ende, los juicios de valor se conforman, generalmente, con una supina ligereza.
En nuestro entorno, en nuestra compleja realidad, lo visible, lo perceptible, es innumerable en cuanto a sus elementos, ahora bien, si los comparamos con los factores y relaciones invisibles que hacen posible la existencia de dichos elementos, son ínfimos en su cuantificación y cualificación. Bajo ese razonamiento, debe sorprendernos que lo que conocemos —o creemos conocer— con cierta fiabilidad es o está muy limitado, así, nuestro entorno se vuelve un tanto inhóspito y en el que deberíamos deambular con una mayor cautela y no con tanta humana soberbia. En buena medida, el progreso de la humanidad viene dado por un conocimiento más preciso de su realidad y de su entorno, en un comportamiento más científico en nuestro modo de razonar y de actuar, en un constante ascenso para salir de la caverna que Platón nos dibujó.
Para razonar y opinar con cierto rigor es necesario conocer el asunto sobre el que ejercemos nuestra valoración. La creciente complejidad de la realidad de nuestro mundo es muy superior a la que teníamos en el siglo pasado, tener una visión de conjunto para hacernos una interpretación de nuestro estatus que nos instale en la actualidad es un ejercicio cada vez más arduo. Podemos entender con mayor exactitud parcelas de nuestro conocimiento y de nuestra realidad delimitada bajo diversos parámetros, el especialismo se ha impuesto a tal efecto como consecuencia del creciente empuje de la técnica. Ortega y Gasset avisaba en su Primera parte de La rebelión de las masas (1929) de los peligros de la barbarie del especialismo: «el especialista sabe muy bien su mínimo rincón del universo; pero ignora de raíz todo el resto […] éste es el comportamiento del especialista. En política, en arte, en los usos sociales, en las otras ciencias tomará posiciones de primitivo, de ignorantísimo…».
En una reciente charla-coloquio a la que asistí sobre el tema Entornos difíciles para una literatura comprometida, los ponentes (Manuel Martín-Arroyo Camacho y Manuel Carmona Curtido) que ejercen su actividad en el ámbito educativo de las prisiones y de la protección de menores, expusieron su experiencia en dichos ámbitos y como desembocaron en sendas publicaciones literarias, Los pasos en el vacío y La realidad escondida, respectivamente. Durante el transcurso de la charla-coloquio se mostró la cruda realidad de esos entornos laborales en los que los autores desempeñan sus funciones diariamente. Dieron a conocer aspectos y hechos que difícilmente podemos advertir si no son de primera mano, vivencias narradas por sus protagonistas.
El escaparate mediático que rodean las noticias al respecto cuando saltan a la luz pública solo es la punta del iceberg de la problemática existente, en esos entornos tan conflictivos donde cualquier persona con un mínimo de empatía atisba la verdadera profundidad y gravedad del asunto. La mayoría de ciudadanos que somos ajenos a esos ámbitos, que no somos ni especialistas ni tampoco sabios omniscientes, que tenemos una opinión formada muy sesgada por la información que nos llega, podemos conocer un poco más a fondo la verdadera realidad de los problemas si recibimos una información veraz y contrastada de parte de sus protagonistas. Los asistentes mostramos agradecimiento al testimonio que nos había sido expresado y coincidimos en la importancia de este formato de evento para dar a conocer realidades que se escapan de nuestro alcance. Terminamos todos con palabras y disquisiciones filosóficas y políticas sobre las consecuencias y efectos de los hechos derivados de estos entornos tan duros y conflictivos.
Esto último me trae a colación el periplo de Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont por los Estados Unidos de América entre 1831 y 1832. Ambos personajes de orígenes aristocráticos, ya magistrados pero incómodos con su situación, aceptaron una misión del gobierno francés para estudiar el sistema penitenciario estadounidense. El viaje dio para mucho, fue rico y ajetreado, fruto del mismo resultó el trabajo conjunto publicado en 1833 Del sistema penitenciario en los Estados Unidos y de su aplicación en Francia. Tocqueville amplió aquel trabajo añadiendo un análisis político y social de Estados Unidos, derivando en su reconocido La democracia en América (volumen I, 1835), con tintes más filosóficos su segundo volumen de 1840.
El conocimiento que tenemos de la realidad es parcial, creo que más parcial incluso de lo que estimamos o intuimos. Lo visible se presenta crecientemente como mera apariencia, la realidad se nos muestra con una careta de superficialidad para que no descubramos el rostro de la subyacente realidad verdadera. Sobre lo no visible advierto dos componentes originarios que actúan perniciosamente, por una parte —en la que actuamos pasivamente—, se nos oculta la realidad premeditadamente mediante sucesivas máscaras de un modo subliminal; por otra parte —en la que actuamos más activamente—, cuando no queremos ver la realidad, cuando apartamos la mirada y volvemos la cabeza hacia otro lado.
Son necesarias ciertas dosis de anestesia sobre la realidad, no podríamos soportar el dolor que en muchas ocasiones nos produce. Aunque debemos recordar que para una gran parte y territorios de la humanidad la anestesia es un producto de lujo que no está su alcance.
La transcripción de la frase de comienzo de El Principito tenía truco, la he reservado completa para el final. «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos». Con la empatía podemos aportar a la realidad la visibilidad que necesita.

