La España vacía y vaciada.
Con la venia de don Antonio Machado y parafraseándolo, ambas Españas me hielan el corazón, y no solamente una de ellas.
Hay una “España vacía”, yer-ma, estéril, la España del páramo intelectual que aludía Ortega y Gasset; además de la “España vac-ía” en términos demográficos. Una España vacua, que no germina nada edificante, que no aporta, que solo destruye y se queda en el tópico y en la queja, acomodaticia, reaccio-naria e inmovilista, asentada en el maniqueísmo ideológico, defensora a ultranza de valores dogmáticos y de partido, anquilosada en dinámi-cas autocráticas y en particularismos decimonónicos.
Desde hace unos años, la actual dialéctica política ha en-trado en una espiral muy nega-tiva, se ha acentuado la confronta-ción y se abusa de la táctica parti-dista para la conformación de las mayorías y, por ende, del poder. De resultas de ello, el interés general se ha visto relegado a un ostracismo vergonzoso, el minifundismo territo-rial e ideológico es prioritario. El acuerdo programático que debe conllevar cualquier pacto de gobier-no se basa en un mero reparto de la tarta o en una batería de medidas para contentar a las incondicionales bases.
El parlamentarismo se ha convertido, en el mejor de los casos, en unos juegos florales, y en el peor de ellos, en un paintball con los colores de los diversos partidos. El “y tu más” es el postrero argumento de conclusión y al que se deriva la oratoria política. Lo realmente pre-ocupante es que dicha escalada en la confrontación se ha trasladado a la calle, hecho que se ve agravado por la actual situación de crisis pro-vocada por la pandemia de la covid-19.
El panorama es desolador, desde mi punto de vista, no se atis-ba vía de solución alguna, y profun-dizando en la cuestión, dudo muchoLa primera victoria pírrica de esta apropiación de la expre-sión se ha conseguido, suena ex-traña y contradictoria; nos pre-dispone para el futuro que se nos quiere escenificar y de pa-so es una maniobra de distracción.
Volviendo al tema de la ne-olengua y sus discursos, queda patente que asumir la nueva normalidad (P Sánchez, E Ma-cron, G Conte, …) tanto como no asumir la anormal novedad (D Trump, B Johnson, J Bolsonaro, …) que nos presenta la actual pandemia, corroboran mi hipó-tesis antes planteada.
La realidad es tozuda y, a veces, árida, no es moldeable, y los humanos preferimos ma-nejarnos por la cómoda senda del blanco y negro, la gama de grises requiere discernir; los oídos desean oír palabras conocidas y de confirmación, esa es nuestra vieja anormalidad.
Orwell escribió sus dos últi-mas novelas y obras maestras, Rebelión en la Granja (1945) y 1984 (1949) en los últimos años de su vida, en su primera etapa se opuso al imperialismo británico en su estancia en Birmania, posterior-mente fue un combatiente antifas-cista participando en la guerra civil española, finalmente -como queda reflejado en esas obras- se opuso a los totalitarismos (nazi y estali-nista). Ese recorrido vital desem-boca en la constatación de que el poder utiliza los mismos re-cursos manipuladores con in-dependencia de sus ideolog-ías.
Así, es posible que la “nueva normalidad” se impon-ga en la fecha prefijada de 2050 (covid-19 mediante), en el centenario de su muerte, de mo-mento el Ministerio de la Verdad (Miniver) está avanzando lenta y seguramente en pro de la neolen-gua en 2020.
que las partes sean conscientes de la situación real, o pensando perver-samente, estamos en el punto don-de las partes querían llegar, una huida hacia adelante. No hay puntos de encuentro, no existen espacios para una puesta en común y un diálogo honesto y constructivo, no hay un liderazgo ético (ni personal ni institucional) que sea reconocido y compartido; el barco tiene varias vías de agua que le llevan lenta e inexorablemente al naufragio.
La “transición española” logró instaurar y poner en marcha el mo-derno sistema democrático liberal asentado en los cimientos de la Constitución Española de 1978, el desarrollo posterior ha evidenciado ciertas deficiencias graves. A tal efecto, los argumentos expuestos profusamente por García-Trevijano han sido muy acertados, en mi opinión. La corrupción (lato sensu) ha dañando sustancialmente la evolución democrática en España, se ha institucionalizado y aumenta-do la brecha del desapego ciudadan-ía-política; hasta llegar al punto de tomarse como algo consustancial a la actividad política. La construcción democrática hacia un sistema más participativo y deliberativo ha brilla-do por su ausencia en lo que es una alevosa acción partitocrática contra la calidad democrática.
Los medios de comunicación que podrían servir de control externo y de balanza (cuarto poder) mantie-nen una deriva tendenciosa bastan-te alejada de la independencia nece-saria para lograr cierta auctoritas social. Por parte de la ciudadanía crítica, no existen elementos de co-ordinación y de presión que pueda ejercitar eficientemente, y así mode-lar e influir en la acción política. La independencia (individual o colecti-va) es el principal enemigo del siste-ma partitocrático implantado, el in-dependiente es declarado enemigo político nº 1, es elemento que pue-de perturbar el orden establecido.
De resultas de todo lo ante-rior, podríamos hablar ahora de la España vaciada y no vacía. Se ha vaciado de contenido democrático toda inercia de progreso de la socie-dad (sociedad civil) hacia una demo-cracia más participativa y deliberati-va, se ha cercenado la formación de una ciudadanía crítica y educada en valores realmente democráticos me-diante el Sistema Educativo, se utili-za la discrecionalidad de la dádiva y no el ejercicio de los derechos y deberes. La omniscencia, omnipre-sencia y omnipotencia de la Partito-cracia está llevando al colapso a nuestro sistema y poniendo en serio peligro nuestra actual convivencia.
¿Es posible un punto de in-flexión? La posibilidad de un caballo de Troya, o de una caída del caballo (conversión) por parte del sistema partitocrático es casi nula, ello con-llevaría el reconocimiento del dolo. Otra posibilidad sería la legítima intervención del Jefe del Estado, en su papel moderador que le atribuye la carta magna; aunque la creo in-viable. Queda la principal vía, la re-forma constitucional, ¿quién le pone el cascabel al gato? El sistema partitocrático es inmovilista y prefie-re el statu quo. ¿Quizá la iniciativa popular? Vayamos a la Constitución Española, título X “De la reforma constitucional” y también el artículo 87 (léanse) se reserva la iniciativa para reforma de la constitución al Gobierno, al Congreso y al Senado; o sea, vuelta a la casilla de sali-da.
Sigo la serie, impaciente por ver los siguientes capítulos de la nueva temporada, recordando lo que en 1921 (hace casi un siglo) indicó Or-tega Gasset en la indispensable “España invertebrada”: hoy es Espa-ña, más bien que una nación, una serie de compartimentos estancos.
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