Clásicos salvadores
Son las 15:15 horas del domingo, tiempo para la siesta y la galbana veraniegas. Aún no tengo tema para mi artículo semanal que suelo tener casi terminado a estas alturas. Me pongo a zapear buscando algo que ver en la televisión, la etapa de la Vuelta Ciclista a España y el US Open de tenis son opciones que tengo para más adelante, hasta que doy con una de mis películas preferidas y de la que he perdido la cuenta de las veces que la habré visto. De repente se me aparece un Dios de la cinematografía —al decir del gran Fernando Trueba—, Billy Wilder con uno de sus grandes clásicos, Testigo de Cargo.
La película de 1957 está basada en la obra teatral homónima de la maestra de la intriga Agatha Christie, un thriller judicial en la que Leonard Vole (Tyrone Power) está acusado del asesinato de una viuda entrada en años a la que embaucó y de la que fue beneficiario de su herencia tras su asesinato. La defensa del acusado la ejerce un viejo zorro de la abogacía con problemas de salud, Wilfrid Roberts, interpretado por uno de mis actores preferidos, el inconmensurable Charles Laugthon, como protagonista principal. El trío de protagonista se cierra con Marlene Dietrich (Christine Helm), en el papel de la enigmática esposa alemana de Vole. El film optó a los Oscar en seis candidaturas: a la mejor película, al mejor director, al mejor actor principal, a la mejor actriz de reparto (Elsa Lanchester), al mejor sonido y al mejor montaje.
A la riqueza intrínseca del texto teatral y a la viveza de sus diálogos, hay que añadir la gran labor de dirección, de la calidad interpretativa de todo el reparto, de la ambientación, de la fotografía y un montaje perfecto.
La interpretación de Charles Laugthon es formidable, irónico, flemático, brillante, auténtico,… la verosimilitud que aporta a su personaje es difícilmente igualable. Del mismo modo, Marlene Dietrich y Tyrone Power logran dotar de credibilidad a sus papeles a lo largo de todo el largometraje. La acción de la película y las sucesivas escenas nos cautivan durante todo el metraje. Igualmente es de destacar el gran doblaje en español, que logra poner al nivel, e incluso mejorar, ciertos aspectos del original.
La tercera acepción de “clásico,a” del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) recoge: «Dicho de un autor o de una obra: Que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia». Existe bastante consenso sobre lo que se considera un clásico en las diferentes artes. Personalmente, cuando me reencuentro con un clásico me produce una potente atracción, irresistible en ocasiones, lejos de pasar soslayadamente sobre él —teniendo en cuenta que ya es conocido—, me detengo en una revisión de la riqueza de los detalles y en profundizar en ciertos aspectos menos advertidos. Tal vez la principal fuerza de un clásico resida en sus múltiples lecturas y en la visión poliédrica que ofrece la obra, en cierto modo, la obra clásica no está completa, debe completarse por su intérprete.
Cuando revisitamos El Quijote, Las Meninas, Laocoonte y sus hijos, las Variaciones Goldberg,… o cualquier otra obra artística catalogada universalmente como un clásico, aparte de experimentar una centrípeta atracción, siempre extraemos un nuevo aprendizaje. El fondo trascendente que siempre subyace ante las primeras impresiones emerge con las sucesivas relecturas; tras la máscara de lo exotérico se encuentra lo esotérico. Así, un clásico se muestra como una especie de juego artístico que primero te atrae y después te captura.
Para que una obra contemporánea alcance la categoría de clásico debe transcurrir un tiempo considerable, quizás una generación, la verdadera vanguardia no es más que una transfiguración del clásico, una especie de renovación en la que se añaden sutiles matices o un nuevo punto de vista desde la poliédrica visión del artista y su obra.
Pero el principal valor de un clásico es su cualidad salvífica. ¿Cuántas veces nos habrá rescatado un clásico? ¿Cuántas veces nos habrá aportado una salida o una solución en determinada cuestión? ¿Cuántas veces nos habrá evitado el colapso?
En una de las escenas de Testigo de Cargo, el viejo zorro de Wilfried utiliza su monóculo para espejarlo sobre el rostro de Christine para indagar sobre las verdaderas intenciones de ella; esa prueba del monóculo es la que un clásico ejerce sobre la realidad, la ausculta para encontrar su verdadera esencia.
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