Revoluciones y evoluciones pendientes
Quizás las revoluciones verdaderas comiencen con la muerte del héroe o de los héroes auténticos, la historia está plagada de episodios de sangre derramada a causa de la defensa de nobles causas, la razón ha logrado escasas y pírricas batallas y también contadas guerras.
La joven iraní de 22 años Masha Amini fue arrestada el pasado 13 de septiembre por la llamada “policía de la moralidad” por llevar mal colocado el velo según las normas impuestas a la mujeres iraníes, vigentes desde 1979. Tres días después murió en el hospital de Kasra en Teherán; médicos independientes han certificado su asesinato ya que la muerte se debió a los golpes recibidos y no a una enfermedad.
Este hecho ha producido en Irán una auténtica revuelta de gran parte de la población contra la normalización de la discriminación institucional y social sobre la mujer, la respuesta ha sido duramente reprimida por el ejército a las órdenes de su presidente Ebrahim Raisí, sobre el que recae la comisión de cientos de ejecuciones cuando ejerció como fiscal general de Teherán —cabe recordar que ha sido el presidente iraní menos votado de su historia—. Raisí fue alumno, en el seminario de Qom, de Alí Jameneí, el líder supremo (ayatolá) de Irán, expresidente y fundador de la República Islámica.
La Primavera Árabe acontecida principalmente entre 2010 y 2013 en varios países árabes tendentes a reclamar el asentamiento de los derechos sociales y democráticos en sus poblaciones no logró la implantación necesaria. Las oligarquías políticas y altas instancias del poder islámico más acérrimas no se vieron desplazadas de las esferas de poder y la situación no ha evolucionado lo suficiente para que se produzca una verdadera modificación en esas sociedades árabes. Así, llamar Revolución Árabe a la Primavera Árabe parece que no sea lo más idóneo, no se ha producido un auténtico cambio en el poder establecido que haya conducido a una modernización ideológica, democratización y aplicación de los derechos sociales fundamentales.
En otro punto del planeta, la Rusia de Putin ha dejado en evidencia con la reciente invasión de Ucrania que su sistema político no deja de ser una autocracia y lo alejado que está ese país de ser una democracia verdadera. Putin es el Zar Rojo, casi un siglo después de la Revolución Rusa y de la caída del zarismo las formas han cambiado pero en el fondo las estructuras y resortes del poder poco lo han hecho, el sistema de represión y control social sigue vigente y el omnipotente Zar Rojo ejercer el ordeno y mando.
La oposición a Putin ha sido aniquilada o reducida a la mínima expresión, los discrepantes y disidentes reciben su gélida mirada y son condenados al ostracismo político o al gulag del destierro voluntario; remozados, los métodos estalinistas siguen vigentes.
Parte del pueblo ruso muestra su disconformidad al verse inmerso en una guerra no deseada, contra un pueblo al que le unen lazos culturales y fraternales y sobre el que ahora Putin reedita los peores pasajes históricos entre ambos países. Una decisión tomada por fines imperialistas y geoestratégicos que aparta a Rusia de su integración en Europa y Occidente y que retoma un escenario de amenaza nuclear y de creciente tensión entre bloques.
Pero no creamos que nuestras democracias liberales y occidentales son la panacea, ni la salvaguarda de todos los peligros, indudablemente han contribuido enormemente al progreso y estabilidad que de otro modo no se hubiera logrado. No olvidemos que el acceso al poder de Hitler se produjo tras las elecciones federales de 1933 en el que obtuvo casi el 44% de los votos. Hay que actuar sobre la vigencia de los valores democráticos para que no se degraden ni atrofien, la dejación de funciones de los ciudadanos y el desencanto con los representantes y los partidos políticos degradan la calidad democrática.
Revolución sin evolución de poco sirve, actuar tanto en la forma como en el fondo es imprescindible para lograr un progreso sostenible y generalizado. La caída del antiguo régimen propiciada por la Revolución francesa no hubiera sido posible sin el influjo que el movimiento ilustrado tuvo en la mentalidad de la época que conllevo una evolución en el pensamiento. Si los nuevos gobernantes que tuvieron acceso al poder tras las décadas posteriores a la Revolución francesa no hubieran conocido y aceptado el nuevo cambio de paradigma que proponía la Ilustración poco se hubiera evolucionado.
Pero la Ilustración no evitó tajantemente errores, guerras y desastres, se hizo camino al andar. Tampoco las democracias de principios del siglo XX pudieron atajar los dos conflictos mundiales que más tarde se produjeron. La sociedad, sus individuos, sus gobernantes evolucionan en procesos de cambio hacia el progreso ideológico y material.
El fuego de la revolución puede que se extinga con su llama, por contra, el progreso social y material deviene de una evolución útil en el pensamiento. Esa llama de la evolución precisa de héroes y heroínas que tomen la antorcha y prendan la mecha de le revolución. Masha Amini como una Antígona rediviva prefirió vivir en libertad y terminó pagando por su muerte, no aceptó leyes y normas contrarias a su dignidad como mujer.
Ahora, en un mundo globalizado, la humanidad va tomando conciencia de sí misma como tal, deseamos que los más nobles ideales sean compartidos y disfrutados en cualquier punto del planeta, que los derechos sociales fundamentales sean de aplicación a todos los seres humanos. Instalados en Occidente en el bienestar material, fruto en buena parte del malestar de otros países e incluso continentes, deseamos que sea extensible al conjunto de la humanidad sin discriminaciones.
Friedrich von Schiller escribió su Oda a la Alegría en 1785, con un deseo:
¡Abrazaos millones de hermanos!
¡Qué este beso envuelva al mundo entero!
¡Hermanos! ¡Sobre la bóveda estrellada habita un Padre bondadoso!
¿Flaqueáis, millones de criaturas?
¿No intuyes, mundo, a tu Creador?
Búscalo a través de la bóveda celeste,
¡Su morada ha de estar más allá de las estrellas!
Cuestión de evolución, como Humanidad estamos más cerca de abrazar esa alegría.
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