Las bases del deporte
Asociar el término violencia al deporte causa una reacción de rechazo inmediata, pero hay noticias que nos llegan por diferentes vías sobre casos puntuales de violencia en el deporte, con mayor o menor difusión y también con diferente transcendencia aunque no dejen de ser idénticamente deleznable.
Los nobles principios que el deporte promueve como actividad humana de ocio también tienen una gran componente educacional y social. La inherente competitividad que se produce en la práctica deportiva siempre está acotada por el respeto hacia el adversario y un elegante fair play, fuera de esos parámetros la violencia emerge con mayor o menor intensidad. Esos principios y valores que fomenta el deporte son, o deben ser, idénticos desde la alta competición hasta el llamado deporte de base en todas sus escalas y en todos sus estamentos.
Erradicar la violencia y los comportamientos discriminatorios en el deporte son asuntos a los que crecientemente se están prestando más atención y medios y sobre los que se actúa con mayor diligencia y escrupulosidad. Pero además de la capacidad disciplinaria es necesaria reforzar la componente pedagógica que fomente los valores antes aludidos y, sobre todo, hacerlos extensivos a los segmentos directivos, aficionados, medios de comunicación, entorno familiar,…
El comportamiento individual o grupal de ciertas personas no es controlable al cien por cien, ocurren episodios de violencia de diversa índole que son totalmente reprobables pero que tienen a sus responsables identificados. Sancionar a los energúmenos que cometen las tropelías no siempre es suficiente para corregir los comportamientos y evitar que se vuelvan a producir, en ocasiones es imprescindible repercutir a su organización y entorno deportivo la consecuencia de esos hechos, incluso con sanciones, a pesar de no ser lo más justo y legítimo.
Un hecho muy preocupante en el deporte de base es la presión que ejercen algunos individuos de la afición y del entorno familiar tanto en los deportistas, entrenadores,… como en los árbitros y jueces de la competición. Siempre se debe tener muy presente que el deporte base es precisamente eso, la base del deporte, donde los niños crecen en la enseñanza del deporte elegido y en el que deben ser educados en los sanos valores deportivos, en la educación a través del deporte además de los meramente competitivos, que deben ser secundarios en estas etapas. Hay que tener muy claros, por parte de toda la organización, los fines esenciales del deporte base y los errores más usuales en los que se suele caer. De ese modo, siempre se tendrá presente que desviaciones graves se deben corregir de modo inmediato y preferente.
Muchos padres hemos vivido con nuestros hijos que practican deporte de base momentos que se pueden catalogar como violentos. En los deportes de equipo y de contacto suele haber una componente extra que hace que el ambiente sea más tenso que en otros deportes en los que no se da esa circunstancia, es comprensible si está dentro de los parámetros normales. En el caso del fútbol, deporte que practica mi hijo a nivel de base con su equipo local de la categoría, puedo decir que no es un hecho generalizado pero sí más frecuente con el paso de los años. Existen ciertos individuos del entorno de los familiares de los jóvenes deportistas que instigan tanto al equipo adversario como al equipo arbitral, elevan el tono violento de sus palabras y caldean el ambiente; todo ello redunda negativamente en los valores del deporte base. Posiblemente el fútbol, como deporte rey en nuestro país, también conlleve ciertos pluses añadidos de comportamientos extradeportivos perjudiciales, en ningún modo justificable, pero que no deben de obviarse.
Recientemente han agredido físicamente a un joven árbitro de fútbol base que conocemos personalmente desde hace años precisamente por la vinculación con este deporte en los ámbitos de la formación deportiva. Obviamente, el energúmeno en cuestión es uno de esos minoritarios asistentes a los que antes aludíamos. Quizá individuos como esos no sepan que también el equipo arbitral se equivoca y se equivocará, como también lo hacen los jugadores, entrenadores, directivos y familiares, al parecer cree que deben ser infalibles y que deben pagar por sus errores. Bajo su justo criterio sentenció que el árbitro merecía un buen puñetazo. El campo de fútbol no es ni el ámbito donde trasladar las frustraciones personales ni el lugar donde desahogarse verbalmente ni físicamente con nadie. Pero la agresión física se llevó a cabo, no hubo ningún tipo de barreras para que esto no aconteciera, y lo que es más grave aún, podrá volver a ocurrir la próxima semana en otro lugar si no se ponen medios eficaces para ello.
Por parte de la organización federativa —principalmente— y de los clubes, no se debe caer en la fácil excusa de que son hechos esporádicos cometidos por energúmenos incontrolables. Suelen llegarnos noticias similares procedentes de distintos puntos de la geografía española y seguramente no llegamos a enterarnos de todos los casos que se producen. Tampoco debemos circunscribir estos hechos al ámbito de la violencia física, la violencia verbal es previa e igualmente grave aunque no siempre desemboque en una violencia física, y esa sí que es más habitual durante los partidos.
Desconozco si estas situaciones son igualmente graves o extensivas a otros deportes del deporte base, tengo un conocimiento limitado basado en la experiencia del fútbol base con mi hijo. En mi experiencia como entrenador de baloncesto base hace bastantes años y más recientemente de ajedrez, no se daban estos casos. No me gustaría que el fútbol base, y el fútbol en general, se convirtiera en un gueto deportivo donde una minoría campara a sus anchas e impusiera un ambiente sucio y antideportivo en la práctica de este noble y bello deporte.
Hay que actuar, tomar medidas e incidir sobre todos los aspectos del deporte base, tal vez el problema resida en que se haya perdido la verdadera esencia del deporte base. O lo que es más grave y extenso, y ojalá me equivoque, el asunto sea parte de una problemática mayor sobre la que estamos mirando para otro lado para no querer ver que este comportamiento no es más que un fiel reflejo de parte de nuestra sociedad y sobre la que hemos decidido mantenerla al margen.
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