¿Qué ha hecho el arte por nosotros?

— ¡Bueno!, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos… ¿qué han hecho los romanos por nosotros?

 

Esa es la infructuosa pregunta retórica que el líder del F.P.J. (Frente Popular de Judea) —no confundir con los disidentes del Frente Judaico Popular ni con el Frente del Pueblo Judaico ni con el Frente Popular del Pueblo Judaico ni con la Unión Popular de Judea— hace a sus correligionarios.

En la genial e hilarante comedia de los Monty Python La vida de Brian, el líder del F.P.J. (interpretado por John Cleese) es incapaz de aceptar la evidencia de los argumentos a favor del progreso aportado por la incipiente Pax Romana.

Un breve inciso histórico. Según el consenso académico, la Pax Romana tiene su inicio siendo emperador Augusto y coincidiendo con el final de las intestinas guerras civiles (29 a. C.) y finaliza con la muerte del emperador Marco Aurelio (180 d. C.). Durante la dinastía de los Antoninos (incluidos los emperadores béticos Trajano y Adriano) la Pax Romana gozó de su máxima expresión navegando por el Mare Nostrum y con la confluencia de la Pax Sínica del mundo oriental.

 

Ahora surgen por doquier personajes, grupos y grupúsculos que arguyendo reivindicaciones diversas atentan sobre obras de arte, en sus diferentes expresiones, con el objeto de hacer viral la acción y la publicidad del motivo y razonamiento que le han llevado a perpetrar el articidio.

 

Detengámonos un poco en escudriñar los intríngulis de estas acciones.

     «Cuando el sabio señala la luna, el necio mira al dedo». El acto y el modo de atentar contra una obra de arte de reconocida fama mundial realzan más lo anecdótico, la forma más que el fondo. La efectividad del mensaje que se quiere difundir apenas tiene repercusión ya que la teatralidad absorbe el contenido reivindicativo. La boutade es un mero gamberrismo cuasi juvenil que incluso produce un efecto contraproducente que revierte negativamente sobre la causa y sus organizadores, por ello existe la teoría de que se tratan de una especie de ataques de falsa bandera.

Por otra parte, en algunos casos en los que se ha atentado contra obras pictóricas se han seleccionado aquellas que se encuentran protegidas mediante un espejo, la ponderación del daño a producir estaba premeditada, medida y con eximentes; el antes y el después en nada se asemejaba al Ecce Homo de Borja.

También es muy cuestionable la acertada selección del objeto de ataque —por ejemplo Los girasoles o La joven de la Perla— en algunos casos es más que dudosa y enrevesada la asociación simbólica que le atribuyen los vándalos activistas.

Pero el ataque a obras de arte no es nuevo, la Pietà de Miguel Ángel fue víctima de los martillazos de un desequilibrado y el dibujo de La Virgen y el niño con Santa Ana y San Juan Bautista de Leonardo da Vinci recibió los disparos de escopeta.

 

El radicalismo activista tendrá una dinámica cada vez más cotidiana, la interpretación extrema de las causas conllevará actuaciones inusuales y estrambóticas como las recientemente acontecidas. Todo radicalismo parte de una visión exagerada, parcial y sesgada de la realidad, y por tanto sus expresiones también lo serán. La tendencia hacia un revisionismo histórico miope que pierde la visión de conjunto y descontextualizada, también se añade a ese radicalismo activista.

La gran paradoja que obvia este modo de actuar es la función transgresora del arte como fuente de evolución y cambio. La gran mayoría de los movimientos artísticos siempre han sido vanguardia de nuevos tiempos o épocas, de una nueva instalación en la realidad, de un nuevo enfoque. El vandalismo es barbarie no civilización, bajo el disfraz de un activismo progresista se esconde un radicalismo trasnochado. El activismo útil tiene una componente proactiva más que reactiva, el ejemplo de miles de personas, instituciones y ONG así lo corroboran.

 

Un aspecto a favor de estos vándalos es que al menos dan valor a la simbología del arte, atacan a las obras de arte porque reconocen su significado e importancia. Donde quizá resida el principal problema sea en que los valores culturales de nuestra civilización estén menospreciados y crecientemente ignorados por gran parte de la población. Desconectar el arte de nuestra cotidianidad y tomarlo como un elemento ajeno a nuestra realidad lleva a una seria depreciación del estatus cultural y vital sobre el que nos asentamos.

 

Respondernos a la pregunta: ¿qué ha hecho el Arte por nosotros? Puede hacernos ponderar el verdadero valor de la expresión artística como un elemento intrínsecamente humano y personal que nos resitúa en nuestro entorno con pleno conocimiento de causa y nos lleve a siempre mirar el lado brillante de la vida.

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