El andar se va a acabar

— ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¡No, es CZ-5B!

CZ-5B (o Long March 5B) no es el nombre de Supercoco en un remake futurista de Barrio Sésamo, es el cohete chino que nos ha tenido en velo ya que la trayectoria de su chatarra espacial pudo caer en zonas pobladas de varios países. Finalmente los restos del cohete se zambulleron en el Pacífico, aprovechando la no beligerancia de su nombre.

Dicen las malas lenguas que en algún compartimento secreto del módulo de dicha chatarra espacial se encontraba preso Hu Jintao, ex jefe de estado chino, que por orden del todopoderoso Xi Jinping había sido enviado a un moderno y estratosférico Laogai (especie de gulag chino) para purgar su deslealtad; nótese la ironía.

China ha sido acusada en varias ocasiones de actuar imprudentemente en su carrera espacial debido a que no comparte información necesaria y elude protocolos esenciales para la seguridad espacial. Desde 2020 China ha dejado caer a la Tierra cuatro cohetes sin control, pero es algo generalizado, alrededor del 60% de los objetos espaciales artificiales desprenden piezas sobre la Tierra.

Eso de caminar ensimismado mirando al suelo o consultando el móvil tiene los días contados, dentro de pocos años tendremos que ir ojo avizor cuando salgamos a la calle ya que será una práctica de alto riesgo. Pronto tendremos unas gafas de realidad aumentada y unas alertas vía smartphone que nos adviertan de las múltiples amenazas que el osado peatón asume en su camino callejero. No solo tendremos que estar atentos a lo que nos viene de frente, deberemos utilizar retrovisores para anticiparnos a los peligros que nos vienen por la retaguardia y mirar constantemente hacia el cielo para evitar que un objeto espacial nos reduzca a una sola dimensión aplastándonos en el suelo o que un dron descontrolado arda sobre nuestra cabellera.

Se dibuja un panorama cuasi postapocalíptico o cyberpunk, calles sin niños, sin perros ni gatos, sin pájaros en el escuálido arbolado. Las múltiples señales de tráfico no solo serán obligatorias para los vehículos, los viandantes deberán atenerse al código de circulación peatonal y a su específica señalización vial.

 

Hagamos un simulacro con un peatón que sale de su casa y pone su primer pie en la calle. Previamente tendrá que equiparse convenientemente al estilo de John Anderton en el film Minority Report (basado en el relato El informe de la minoría de Philip K. Dick). Acto seguido hay que sortear el primer peligro debiendo asomarse y mirar a ambos lados antes de situarse en la acera, pueden venir patinetes o motos a toda velocidad en ambos sentidos ya que tienden a invadir los espacios destinados a los peatones. Comprobado que está expedito el camino podemos andar por la acera.

Yendo por la acera o zonas peatonales ocurre que las bicicletas, que hasta hace poco compartían respetuosamente los espacios vedados a los vehículos a motor, muestran cierta hostilidad con los viandantes, algunos ciclistas se comportan incívicamente y sin un mínimo de cordura y ponen en un brete a los tranquilos peatones. Sería una verdadera lástima que tuviesen que declarar a las románticas bicicletas especie invasora del hábitat pedestre.

 

Un vehículo que siempre ha causado estragos en la tranquilidad del peatón es la motocicleta. Por una parte su estruendoso ruido, cada vez más controlado, sume en el más absoluto desasosiego al caminante. Un espécimen altamente contaminante y distorsionador es el motero repartidor de comida rápida, se le oye a la legua con su zumbido de mosquito motorizado pero no se le ve venir nunca, surge del asfalto siempre zigzagueante como un ente incorpóreo. También las motos de gran cilindrada con su horrendo estruendo invaden el ambiente y añaden puntos de estrés ruidoso.

Sin duda el coche es el antagonista del peatón, inunda su espacio vital, contamina acústica y medioambientalmente, y es una seria amenaza física. Poco a poco se está restringiendo su uso en los espacios céntricos y usuales de los peatones, lo peor ha pasado.

Los vehículos eléctricos han aportado mejoras en cuanto a la movilidad sostenible y el uso de las zonas peatonales, pero la gran paradoja es que ahora estamos al borde del infarto con su silenciosa circulación a la que no estamos acostumbrados y nos dan a elegir entre susto o atropello.

 

A todo ello debemos añadir la tercera dimensión espacial, los peligros que nos sobrevuelan. Los satélites artificiales están colapsando nuestra órbita terrestre, dentro de poco tendrán que instalar un nuevo contenedor en nuestros barrios para la basura espacial. Causa perplejidad como los pájaros artificiales sobrevuelan el espacio, el pájaro de SpaceX, Elon Musk —ahora también propietario del pajarito de Twitter—, nos ha colocado una nueva constelación en nuestro firmamento, Starlink. En poco tiempo nuestras azoteas estarán más concurridas, los drones nos traerán pedidos y los taxis nos recogerán.

 

     Fritz Lang resultó profético con Metrópolis (1927) en la que situaba en 2026 esa ciudadela en la que no solo la estética de la película sino la trama de la misma guarda similitudes con esta realidad que ahora vivimos y se avecina. Una ciudad industrial donde conviven los trabajadores (en el gueto del subsuelo) con los pensadores y propietarios (en la superficie). Tres personajes María, Freder y el robot, y un conflicto latente que finalmente es solventado. Un lema muy dilucidador, «mediando entre el cerebro (el poder dirigente) y la mano (la mano de obra) ha de estar el corazón (la inteligencia emocional)».

 

Lo dicho, andar se va a acabar y se va a convertir en deporte de alto riesgo, menos mal que con mis bastones de marcha nórdica la emprenderé a bastonazos contra la diversa fauna mecánica que ose invadir el metro cuadrado debajo de mis pies.

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