¿¡ Venecia sin turistas !?
«Y entonces volvió a ver el más prodigioso de los desembarcaderos, esa deslumbrante composición de arquitectura fantástica que la República Serenísima ofrecía a las respetuosas miradas de los navegantes; la liviana magnificencia del Palacio Ducal y el Puente de los Suspiros; las columnas de la orilla, rematadas por el León y el Santo; el fastuoso resalto lateral del Templo encantado, con el portal y el gran Reloj en escorzo, y ante semejante visión pensó que llegar a Venecia por tierra, desde la estación, era como entrar en un palacio por la puerta de servicio, y que solo como él lo estaba haciendo, en barco y desde alta mar, debía llegarse a la más inverosímil de las ciudades.»
Así es como describe el narrador la entrada en Venecia de Gustav von Aschenbach, protagonista de La muerte en Venecia de Tomás Mann. Esa romántica, ideal y privilegiada entrada en Venecia en barco y desde altamar escrita en 1912, que como bien indica Francisco Ayala, se sitúa en las postrimerías de la belle époque y en la que el «autor se vio afligido por las perturbaciones de un mundo cuya hostilidad a los valores que él apreciaba y por los que él vivía iba creciendo de continuo».
Un siglo después, las ciudades flotantes de los cruceros navegan hasta las entrañas de Venecia próximas al Gran Canal, con miles de turistas alojados como en un palomar; y los valores tradicionales de la cultura europea están seriamente amenazados.
En la novela se recoge un episodio típico en la Venecia de entonces, los efectos del calor, el siroco y también del acqua alta; además de los efectos del cólera seco.
A colación de lo anterior, en un capítulo de Los nietos de Dios del inmenso Giovanni Papini titulado La ciudad enferma: Venecia (1903) indica que «hay ciudades que se aman por la palpitación afanosa de su vida febril […] Tal es Venecia y tal es la razón del amor que le tiene este viejo mundo europeo que descubre en ella, como en un espejo profético, su fin no lejano. Por ese aspecto de ciudad enferma y en desintegración agrada al corazón de los moribundos […] La atmósfera de ciudad en putrefacción, de ciudad empobrecida y degradada, de ciudad que amenaza caerse y hundirse, en un clima propicio para todas las almas arruinadas, para todos los espíritus aburridos, para todas las ambiciones fracasadas y los orgullos abofeteados».
En esa descripción de Venecia, donde la decrepitud es el denominador común y en la que redundan distintos autores, se aposenta una estética nostálgica del esplendor perdido en la que destellan intermitente y ocasionalmente los brillos de antaño. La decencia de la decadencia frente al fulgor de lo nuevo. Así, continua Papini, «e incluso hoy, aunque Venecia está enferma y camino de la muerte, sentimos que su vida no podría subsistir fuera de la pompa y de la alegría. En las salas de sus palacios queda todavía algún perfume y algún rumor de las danzas del tiempo pasado; en sus canales algún eco de las canciones que ya no se recuerdan […] Pero sobre todo esto impera hoy el presentimiento de la última muerte».
Recientemente he visto el documental I love Venice en el que se recoge la problemática de la ciudad provocada por la presión turística —unos 30 millones de turistas visitan Venecia anualmente— y el creciente éxodo de habitantes, creo que el palabro técnico que define esa causa es turistificación.
Las hermanas Angela Rosa y Rita Greco, regentes de una tienda de decoración y complementos, venecianas a nativitate, expresan el diagnóstico: «Venecia ha cambiado mucho. Por supuesto, la globalización ha hecho posible ese cambio. La ciudad solía ser muy familiar. Vivíamos todos juntos. Era una comunidad. Pero ahora somos todos extraños. No quedan muchos venecianos en la ciudad. La ciudad se ha convertido en una ciudad muy muy turística. Ya no hay con quién hablar. Ninguna de las personas con las que crecimos vive aquí ya. Ahora son todo hostales. Así que nos sentimos solas. Ya no conocemos a nadie».
El pintor Ludovico de Luigi añade que «son tiempos difíciles para Venecia. Ha habido un éxodo. Pinto el alma de los venecianos que lucha contra la invasión constante de elementos que no tienen nada que ver con la cultura veneciana. La gente antes experimentaba Venecia, hoy no es experimentada, solo se la fotografía».
Matteo Secchi, director de hotel, declara que «mi pasión por Venecia me convirtió en un defensor de la ciudad junto con un grupo de activistas llamado Venessia.com. Somos un grupo de gente muy variada […] El funeral de Venecia. Todo comenzó en 2008, cuando instalamos un monitor cerca del puente de Rialto, que mostraba el número de habitantes para enseñar a todo el mundo que su número disminuía cada día. Prometimos que si bajábamos de 60.000, haríamos un funeral para la ciudad».
Lidia Fersouch, presidenta de la Asociación Italia Nostra Venezia, confiesa que «pienso todos los días en volver a Venecia, la verdad es que me encantaría, pero querría volver a la Venecia de hace 20 años y esa Venecia ya no existe. Pero volver a una Venecia que renace, con más habitantes, con niños jugando en las plazas y tiendas diferentes que cierran las de máscaras y antigüedades, y que tuviésemos una tienda de fruta y verdura. Ese sería mi sueño. Si tuviésemos políticos a los que les importara y ayudaran a los venecianos y ofrecieran una alternativa económica al turismo, creo que eso es posible».
Ni en barco, ni en tren, ni por tierra es la aproximación que hace Chaves Nogales a Venecia. En La vuelta a Europa en avión (Un pequeño burgués en la Rusia roja) (1929), que es la crónica periodística de su arriesgado periplo en avión que parte desde Madrid con destino a Rusia, pasando por Francia, Suiza y Alemania, y que termina recalando en Checoslovaquia, Austria, hasta finalizar en Venecia. «Llegar a Venecia en avión es gozar de uno de los espectáculos más inefables que puede deparar el mundo […] Verla emergiendo del mar como un nenúfar, con sus viejas piedras amarillas que le dan esa palidez enfermiza de los nenúfares, echa por tierra todo el odio que le teníamos por los sobada, cantada, pintada y fotografiada que está», así describe su llegada.
Para la gran mayoría de turistas pasará desapercibida el envés de Venecia, que es lo que fascinó a Chaves Nogales, «no los canales y las fachadas de los palacios, sino los patios interiores, los callejoncitos y las plazoletas irregulares que han quedado en la trasera de las casas, esos ámbitos cuajados de rumores y recuerdos […] Esa Venecia interior, íntima, un poco triste y fracasada, es la que con más fuerza me atrae».
Estos venecianos actuales que luchan por conservar viva la esencia de Venecia con toda seguridad no conozcan la diatriba que el propio Chaves Nogales lanza, que ahora solo apunto y que recomiendo busquen para leerla íntegramente: «Si yo fuese veneciano, y una mañana cualquiera que me hubiese levantado de la cama con mal humor, me habría ido a la plaza de San Marcos y, cogiendo por las solapas al primer imbécil de turista que me encontrase echándole de comer a las palomas, le hubiese hablado así: …».
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