Estática y dinámica

En estos tiempos que nos toca vivir estamos envueltos y revueltos en la maraña de nuestra cotidianidad rutinaria sin apenas dejar espacio a la pausa, al sosiego. La actitud reflexiva e introspectiva está fuera de la agenda, todo lo que no sea fast y light no tiene poca cabida, vamos de puntillas sobre nuestra propia existencia. Parece que no hay otro modo de vivir que no sea cabalgar desbocados con nuestro estrés y siguiendo el “¡no pares, sigue, sigue!” que desde la caverna mediática nos quieren imponer. Más que humanos nos estamos convirtiendo en humanoides compulsivos y devoradores de todo aquello que nos pongan por delante sin filtro alguno.

La telebasura y sucedáneos está educando a gran parte de la sociedad en la cultura del “cuanto peor mejor”, la excelencia es un incómodo traje que no se ajusta a las cinturas y figuras de nuestro tiempo. Hasta la intimidad se vende, publicita y es vista sin impunidad y sin vergüenza, con premeditación y alevosía. Son legión ya los zombis y necrófagos que pululan por las calles y por los vericuetos de redes sociales virtuales. Tengo la esperanza de que un buen día muchos de ellos despierten y se den cuenta que viven sumidos en un síndrome de Diógenes social y cultural y que desean y merecen algo mejor. No hemos llegado a estas alturas de la sociedad del bienestar para convivir en esa pocilga social y cultural a la que los quieren conducir.

Una pausa, tanto física como psíquica, en nuestro cotidiano acontecer es aconsejable y casi debería ser obligatoria, sí algún sensato parlamento así la legislase. La siesta, histórica, social y culturalmente tiene ambos aditamentos, y es más recomendable la de Dalí (técnica de la cucharilla entre los dedos…) que la de Cela (con pijama, padrenuestro y orinal); el imaginativo surrealismo cosmopolita frente al plomizo realismo.

La vida es una sucesión de instantes, de pausas ordenadas cronológicamente, fotogramas puestos en movimiento. Los recuerdos son fotogramas vividos, estática vital, la proyección de esos fotogramas es la dinámica de la vida.

     Fausto cierra un pacto con Mefistófeles si alguna vez logra alcanzar el éxtasis vital de un momento sublime:

  • ¡Detente, instante! ¡eres tan hermoso! (Verweile doch! Du bist so shön!)

Un sueño hecho realidad que merece pulsar el pause de la película de la vida, no un instante cualquiera, un instante soñado y esperado por el romanticismo de Goethe, por el que vendería su alma al diablo e incluso daría su último hálito.

 

El pasado domingo en la Fundación Juan March de Madrid tuve la ocasión de experimentar en breve espacio de tiempo esa estática y dinámica de la vida. Acudía para presenciar un concierto de su extenso y excepcional programa de actividades, en este caso musicales. En el ciclo de jóvenes intérpretes participaba el conjunto vocal Lorem Ipsum Ensemble con un sugerente programa de música del Renacimiento español de «pequeñas piezas polifónicas cantadas en fiestas locales por los habitantes de las villas o villanos», así se recoge en el programa de mano lo que conocemos como villancico. Desde Juan del Encina hasta Francisco Guerrero, con presencia preponderante de Juan Vásquez, que aunque extremeño está enmarcado en la escuela renacentista sevillana, al igual que Guerrero y Cristóbal de Morales, también oímos composiciones de Pedro de Pastrana, atribuidas a Mateo Flecha el viejo y otras anónimas.

La magnífica interpretación de este conjunto formado en 2018 en el seno de la Escola superior de Música de Catalunya de Barcelona ante una sala repleta fue excepcional y con plena fidelidad a la riqueza polifónica del renacimiento español.

La música renacentista expresa plenitud, detalle, concreción, es como la fotografía, estática de un instante. Si expresa amor lo es intenso, si es misticismo lo hace en su summum, si es alegría lo hace con jovial algarabía. Recrearse en el sujeto de la acción, deleitarse en los detalles, exaltar los matices y virtudes, pero todo en su justa medida, con verdad, como paráfrasis de la esencia del sujeto.

Antes de entrar al concierto, en la sala de exposiciones, recorrí la exposición Detente, instante (Una historia de la fotografía).  Las trecientas obras expuestas provienen de las colecciones de Dietmar Siegert en Alemania y Enrique Ordóñez e Isabel Falcón en España. Una historia narrada en seis capítulos que «ensaya una de las historias posibles de este medio», como bien indica el libreto de sala. Se inicia con una nueva manera de ver el mundo, un nuevo instrumento de expresión tan novedoso que se abre paso entre la curiosidad y el asombro. El mundo entonces en imágenes dibujadas (Orbis pictus) ahora es fotografiado y se propaga, la ubicuidad de las imágenes. Al alcanzar la mayoría de edad los surrealismos entran en el encuadre de la fotografía. «Tras la Segunda Guerra Mundial había dejado amarga huella en los fotógrafos europeos y muchas imágenes transmitían un estado de ánimo melancólico y existencial», la densidad de lo real es captada por el objetivo. Finaliza la exposición con la mirada que fluye, las nuevas visiones del desnudo y el retrato, la arqueología de los objetos y la fotografía abstracta como una nueva pintura.

Esta exposición que recoge la dinámica histórica de la estática fotografía es excelente y proporciona una visión completa de su evolución, cabe felicitar al equipo curatorial. El catálogo de la obra recoge todas las fotografías expuestas y varios textos de reconocidas autoridades que enriquecen su contenido. Antonio Muñoz Molina titula su aportación Coleccionismo de instantes e indica que «la fotografía fue inventada para hacer lo que solo ella hace, aislar instantes en el fluir informe e ilimitado del tiempo, conseguir precisión lo que de otro modo sería de inmediato olvidado, o ni siquiera percibido».

La estática y la dinámica, el instante y la vida, lo inmarcesible y lo perecedero, Cristina Peri Rossi gran aficionada a la fotografía y genial poeta y escritora, señalaba muy acertadamente que «el tiempo todo lo transforma, todo lo pierde. Vivir es perder, despojarse. Lo peor es tener conciencia de ello. Si la clave de la felicidad y de la supervivencia es la falta de memoria, la capacidad de adaptación, escribir, fijar con la cámara, filmar son intentos de conservar lo perecedero».

Sic transit gloria mundi, aprendamos a detener instantes.

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