Medio pan y un libro
La conocida alocución que Federico García Lorca hizo en septiembre de 1931 durante la inauguración de la biblioteca de su Fuente Vaqueros natal se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los más acertados alegatos a favor del libro y, por ende, de la lectura y la cultura.
Decía Lorca con vehemencia admirable que «no sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social».
El deseo de humanizar lo humano es loable, no es un argumento tautológico por obvio que parezca, muy al contrario, es una reivindicación que tanto entonces como ahora es válida. Una vez satisfechas las básicas exigencias biológicas y fisiológicas, que Maslow indicó en su famosa pirámide de jerarquías de las necesidades humanas, nos ocupamos de otras facetas más sociales y culturales. A nivel institucional, impedir o no facilitar el acceso para cubrir esas necesidades más específicamente humanas es algo deleznable, pero por otra parte, cuando individualmente se renuncia o menosprecia el desarrollo o consecución de esos valores también es reprochable.
Atender a lo biológico es tan necesario como atender a lo cultural y social, más aún en nuestro mundo actual, pone Lorca como ejemplo el requerimiento que Dostoyevski durante su presidio en Siberia: « ¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». A continuación apunta Lorca acertadamente que «tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida».
El valor que para mí tiene un libro parte de una amplia valoración y perspectiva un tanto peculiar. Como todos los niños de mi generación los libros eran la principal herramienta durante los estudios primarios, después en el bachillerato y en la universidad continuaron acompañándome. A esa circunstancia general hay que añadir que mis padres regentaban una librería, el acceso tanto a los libros como a la prensa aportaba un extra y la lectura era una actividad cotidiana. Posteriormente, en mi amateur labor literaria de escritura, de investigación y de autopublicación de mis libros terminé por cerrar el círculo.
En muchas ocasiones he oído aquello que los libros son caros. También se decía respecto a los libros de texto, indudablemente la campaña escolar suponía un gasto económico considerable, los libros de texto no eran más que otro de los gastos importantes, como lo eran el calzado, el uniforme y el chándal, la matrícula,… Ahí reside el quid de la cuestión, quizás la inversión en los libros de texto y el material escolar era menos apreciada y útil que otros gastos en materiales fungibles, aunque también necesarios; la infravaloración de los libros siempre me exasperó. ¿Qué habría sido de nosotros, individual y socialmente, sin la riqueza que los libros nos han aportado?
El acceso a la educación y a la cultura es considerado casi como un derecho universal, cuando decimos que un país o región esta subdesarrollada lo es, en buena medida, debido a que la educación y la cultura no alcanzan los mínimos indispensables para que sean fuentes de progreso e independencia; también existen otros factores influyentes al respecto. El libro es la mayor herramienta de desarrollo que ha conocido la humanidad. Como bien explica Lorca en su alocución añadiendo un pensamiento en voz alta, «nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad».
Se dice que el mundo editorial está en crisis, una sentencia que pongo en cuestión. Creo que nunca se han publicado más libros que como hasta ahora, que no existen tantos escritores que como hasta ahora, que no existe una variedad tan grande que como hasta ahora. Escribir, publicar y leer es ahora mucho más sencillo y asequible que nunca. A este respecto ya apuntaba algo Lorca, «cada día que pasa las múltiples casas editoriales se esfuerzan en bajar los precios, y hoy ya está el libro al alcance de todos en ese gran libro diario que es la prensa, en ese libro abierto de dos o tres hojas que llega oloroso a inquietud y a tinta mojada, en ese oído que oye los hechos de todas las naciones con imparcialidad absoluta; en los miles de periódicos, verdaderos latidos del corazón unánime del mundo».
Por otra parte, hay un hecho contraproducente que está ocurriendo con la lectura y con la cultura en general, que es la tendencia irrefrenable a aparejar a muchas manifestaciones culturales la gratuidad y la subvención para que puedan subsistir o realizarse. Aunque las instituciones se vuelquen con buena intención en mantener la actividad cultural, creo que el efecto boomerang es perjudicial, ya que el usuario asume que debe ser gratuita o subsidiada y que no debe pagarse, salvo en contadas excepciones. Es una apreciación personal sobre la que desconozco su solución o si es inevitable.
El eterno dilema del valor y del precio se convierte así tanto en una minusvaloración como en una depreciación. Sería una terrible necedad individual y social que la lectura pase a ser relegada a una actividad marginal.
Ya sabemos, «no solo de pan vive el hombre», nos lo advirtieron hace algo más de dos mil años.
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