Niego la mayor
La actualidad política española pasa por unas de esas oleadas de cuanto peor mejor a la que nos tienen acostumbrados los partidos desde hace tiempo y que tiene una raigambre constatable en la política y el parlamentarismo español. Las andanadas periódicas de fuegos político-artificiales son difíciles de esquivar, los medios de comunicación también nos bombardean por doquier llegando a un supino hartazgo.
La controversia es consustancial a la dinámica política, es lógico que existan discrepancias notorias entre los diferentes partidos, idearios, grupos, coaliciones,…; si fuese de otro modo sería anómalo y sospechoso.
En las democracias liberales, el parlamentarismo es el centro de acción de la actividad política, la actividad legislativa y buena parte de la gubernamental se desarrolla en sede parlamentaria. Es por ello que el foco mediático y público de la información política recae sobre esa actividad parlamentaria y, por tanto, es el barómetro que muchos ciudadanos tienen del nivel político. Cuando la bronca, la áspera confrontación, la altisonancia de palabras y discursos se instala en la dialéctica política exaspera a muchos ciudadanos y la valoración y credibilidad de los representantes políticos y de las instituciones sufre un menoscabo considerable.
La falta de moderación en las formas no contribuye ni un ápice a mejorar la ya de por sí creciente falta de confianza en los partidos y en las instituciones. El argumento es, o debe ser, el principal instrumento para comunicar los razonamientos y las decisiones, la distorsión y el ruido no aportan claridad a los argumentos. Desviarse de la lúcida utilización de los argumentos no contribuye a comunicar mejor, a ser entendidos con la claridad que se le supone y exige a los representantes políticos. Alejarse de la senda cierta que siempre señalan los argumentos hace que se entre en el terreno de la entelequia, de la manipulación, de la confusión, que lleva a la más insensata de todas las metas, la pérdida del sentido común, de la perspectiva y de un aconsejable relativismo.
El partidismo, el particularismo y el sectarismo son garantías para obtener una visión sesgada de la realidad, de no tener una panorámica completa que haga ponderar las partes debidamente. Para los que acostumbren leer mis artículos ya conocerán mi aversión al partidismo y su consecuencia más inmediata, la partitocracia. El pueblo, los ciudadanos, ceden su soberanía mediante la designación de representantes, estos no deben apropiarse de ella, todo lo contrario, establecer cauces para que la democracia directa y deliberativa vaya avanzando, desarrollándose, progresando como una herramienta hacia una democracia más directa.
Los partidos y los representantes que usurpan ese mandato que los ciudadanos otorgan hacen un flaco favor para mejorar el sistema político. Ser poseedores de una soberanía legítima durante el periodo en que se ejerce el mandato o la legislatura puede ser suficiente para ellos y sus partidos, pero no así para contribuir a un perfeccionamiento de las estructuras políticas que eviten el anquilosamiento de la sociedad y del Estado.
Cuando surge la mar de fondo de cuestiones importantes es conveniente ser más dialogantes que nunca, ser más sensatos que nunca, estar más serenos que nunca. El gobierno no debe auparse a la cresta de la ola de su posición dominante por el simple hecho de gobernar, la oposición no debe embestir contracorriente a toda costa, ante la confrontación gobierno-oposición —y de sus bloques— hay otros partidos y sectores que, aposentados en el cieno, ganan en el río revuelto de esa confrontación.
Las cuestiones que generan un especial interés social, que afectan a cuestiones estructurales, de estado,… todas aquellas que se sabe con certeza que deben tratarse con esmero, hace preciso que se actúe con cautela y buscando el consenso a ser posible.
Utilizar la confrontación como un elemento de discordia y de distanciamiento de un modo artificioso es muy peligroso, emplear la ideología forzadamente como elemento de diferenciación es un acto irresponsable y temerario.
La sociedad española ha demostrado que ha sido capaz de salir de una etapa muy negra y dolorosa de su historia y estar a la altura de las circunstancias durante todo este reciente periodo de la restauración democrática, bajo el auspicio de la Constitución española de 1978. Durante la transición española los políticos que construyeron el puente de la dictadura hacia la democracia, con una excelsa amplitud de miras, lograron encauzar a toda una sociedad hacia la construcción de un estado moderno, libre y plural.
Los españoles, los ciudadanos del estado español, han sabido convivir y contribuir para la construcción de la realidad que es hoy España. Se han salvado grandes obstáculos y vicisitudes muy importantes gracias al esfuerzo que tanto políticos como ciudadanos hicieron.
Desde hace unos lustros buena parte de los partidos y políticos se están empeñando en dibujarnos una España que creo que la mayoría de ciudadanos no vemos ni queremos. Lo que es más grave es que dicha tendencia no deja de magnificarse y ser cada vez más evidente y palpable; la actual escala de confrontación política es otro ejemplo que se suma a lo dicho.
Los subterfugios que se están empleando, por arriba y por abajo, por la izquierda y por la derecha, para arrimar el ascua a la sardina —léase los votos al partido— son variados. Imponer una realidad a golpe de decreto, utilizar artimañas para socavar la acción gubernativa, el trapicheo de votos por soberanía, reformas legales a la carta, solicitar inútilmente el adelanto de elecciones y plantear infructuosas mociones de censura,…
Me causa gran preocupación que los dos grandes partidos españoles, PSOE y PP, que aunque de opuesta raíz ideológica tienen en común la base constitucionalista y territorial de España, demuestren su incapacidad para llegar a acuerdos, aunque sean puntuales. El desarrollo político de España se encuentra seriamente amenazado por la tendencia a la partitocracia que dichos partidos demuestran y que resultará inamovible de no cambiar el actual sistema electoral.
Tampoco debe obviarse de la importancia de los partidos independentistas y nacionalistas, con cierto apoyo de IU y Podemos, que tienen en la conformación política nacional. La cuestión territorial necesita de un serio estudio y posterior reforma para imbricarla en el desarrollo futuro de la actual realidad española.
Niego la mayor en la actual escala de confrontación política, a todas las partes, somos mayoría los ciudadanos que reclamamos que los políticos y los partidos no se desvíen de los problemas reales y de sus posibles soluciones que los españolitos de a pie tenemos.
Ya he postulado hace tiempo que nuestra vigente constitución precisa de una reforma para actualizarla al devenir de los tiempos y adecuarla a una visión futura y común de la España que queremos.
De igual modo, esa propuesta de reforma constitucional puede servir para establecer las bases de unas nuevas relaciones entre PP y PSOE y reeditar una nueva versión de los «pactos de la Moncloa».
Descarga este articulo
¿Hay algún artículo que quieras guardar y archivar localmente en formato PDF? Si es así, puedes hacerlo directamente desde la imagen a tu izquierda.
Cómo descargar periódicos en formato PDF online
1. Dirígete al artículo de noticias que deseas guardar
2. Haz clic en «Archivo»> «Imprimir»
3. Donde normalmente elegirías la impresora a usar, debería haber una opción que dice «Guardar como PDF»
4. Finalmente, presiona «Guardar» y elige la ubicación para guardar el archivo

