Cuestión de género… y de amor

Aproximarse a ciertos temas de actualidad para expresar una opinión, un punto de vista, aunque sea a título particular y sin pretensión de sentar cátedra, es un ejercicio de funambulismo difícil de acometer, se trabaja sin red y la caída al vacío puede terminar de bruces contra el suelo de la intransigencia. La línea que separa lo políticamente correcto e incorrecto es muy mutable y se coloca su listón a capricho según el juez de parte que toque.

Tomar el camino fácil de pasar siempre —subrayo lo de siempre— de puntillas sobre dichos temas es una dejación de funciones como individuo y como ciudadano. Si como ciudadano nunca expresamos nuestra opinión, nuestro acuerdo o desacuerdo, nuestro argumento, a nivel social o público, poco se contribuye a la vigencia sobre los valores que creemos correctos y aceptables. Privadamente, como individuos, es más grave no formarse una opinión personal y privada que nos guie en nuestro comportamiento. Someterse a la autocensura de no pronunciarse a ambos niveles por huir del reproche, la crítica o el sambenito, es una actitud cobarde y que poco bueno aporta para enriquecernos social y personalmente.

Todo argumento expresado educadamente, con comedimiento y con actitud constructiva, debería ser escuchado y sopesado; solo las mentes obtusas y sesgadas no admiten a trámite las opiniones fundadas, con independencia de que sean conformes o no a nuestras propias ideas.

Sucumbir a esa dictadura de lo políticamente correcto es fácil, desertar debido a la hostilidad-ambiente es comprensible, pero la valentía también es otra opción que puede ser factible si conoces ese hermoso arte del funambulismo.

El tema de la cuestión de género, entendida y comprendida con la variedad de asuntos que circunscribe, es una de esas actuales materias tabú que no se puede abordar sin pronunciarse desde las atalayas de sus posiciones extremas; hay que partir de un lado o de su contrario, hacerlo desde el medio camino te sitúa inmediatamente en el polo opuesto de esas dos atalayas, o sea, eres víctima del fuego cruzado.

 

En cuestión de género, la igualdad de oportunidades entre ambos sexos, el feminismo, la determinación del sexo,… son reacciones y nuevas situaciones que el devenir de los tiempos ha incorporado a nuestra realidad, en buena medida como reivindicaciones a ciertos hechos anómalos e injustos que históricamente se han producido y se producen. Nada hay de objetable a que nuestras sociedades y sus ciudadanos progresen y sean cada vez más equitativas, libres y justas, cuando existen evidentes situaciones que pueden y deben ser corregidas y rechazadas.

Toda conquista social se logra principalmente a través de un proceso temporal, evidentemente también existen puntos de inflexión que detonan la exigencia de justicia social, pero sin una denodada y persistente continuidad de acciones acompañada de una permeable capacidad de penetración en las mentes que modifiquen el enfoque y modo de pensar del momento, poco se logra. Para ello, la pedagogía y la educación son imprescindibles para lograr nuevos paradigmas de actuación y pensamiento.

 

La capacidad crítica, la sensatez, la empatía, son necesarias para que los nuevos comportamientos sociales tengan cabida en el corsé de los esquemas mentales e históricos preminentes. Es una evidencia que la igualdad entre hombres y mujeres es deseable y exigible legalmente hasta lograr su deseable idéntica igualdad. Pero esta igualdad legal que es más genéricamente aceptada, puede que llevada a otros ámbitos, partiendo de la base de la consustancial diferenciación natural (por la naturaleza), no se idénticamente admitida por parte de la sociedad.

Partir de ese matiz es esencial para tener conciencia de que no se lograrán avances sustanciales y consistentes sin esa capacidad de empatía de una parte hacia la otra, de ponerse en los zapatos del que piensa opuestamente. Enrocarse en nuestras propias creencias, actitudes e ideologías, solo hace que se enquisten los razonamientos y los demos por buenos sin someterlos a la más mínima crítica. Creerse en la posesión de la verdad absoluta y que no existe término medio está en el germen de los más clamorosos errores de la humanidad.

 

No se cambia la realidad a golpe de decreto, tampoco avanza una sociedad si se anquilosa en el más rancio conservadurismo. Haciendo uso del sentido común y buenas dosis de empatía se puede conseguir que la armonía entre el pensamiento y la ley logren transformar la realidad y, por ende, la sociedad; eso sí, aplicando las herramientas de la educación.

 

No existe barita mágica en estas cuestiones aunque hay palabras que logran efectos cuasi mágicos, y no cabe duda que hay un remedio que nunca falla, el del amor. Ese amor que aconsejaba San Agustín, que bien sabía lo que era errar: «Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos».

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