Aporofobia y compasión
En el artículo «Palabras mágicas» de hace dos semanas traía a colación las palabras del año que la Fundación del Español Urgente (FúndeuRAE) había elegido en sucesivos años. En el año 2017 había seleccionado el neologismo aporofobia, curiosamente las palabras de los años anteriores tenía una conexión íntima con este término, parece que formaran parte de una cadena de hechos y de efectos, refugiado (2015) y populismo (2016).
Aporofobia se define en el Diccionario de la lengua española (DLE) como «fobia a las personas pobres o desfavorecidas», dentro del catálogo de las más abominables y repulsivas fobias esta que recuperamos ahora destaca por su perversidad y crueldad, añadiendo desprecio a la desgracia. La génesis de esa palabra deviene de las crecientes olas de refugiados y de emigrantes “ilegales” que por motivos diversos abandonan sus países para buscar refugio en zonas con mayor seguridad y prosperidad. Así, se utiliza para diferenciar y concretar que se trata de otra fobia distinta, aunque con ciertos elementos comunes, a la llamada xenofobia, «fobia a lo extranjero o a los extranjeros», que también guarda relación con la actitud racista.
Esta diferenciación es apuntada por la filósofa Adela Cortina que es quien impulsa la creación de este neologismo. En ese mismo año de 2017 publica Aporofobia, el rechazo al pobre: un desafío para la sociedad democrática, indica al respecto en dicho libro que «es imposible indicar con el dedo la democracia, la libertad, la conciencia, el totalitarismo, la belleza, la hospitalidad o el capitalismo financiero; como es imposible señalar físicamente la xenofobia, el racismo, la misoginia, la homofobia, la cristanofobia o la islamofobia. Por eso, realidades sociales necesitan nombres que nos permitan reconocerlas para saber de su existencia, para poder analizarlas y tomar posición ante ellas».
Existe otro término, en este caso un anglicismo, que se une a este grupo de palabras que tienen raíces y matices comunes, homeless podría traducirse al español como sin hogar o sin techo, para designar a aquellas personas que no tienen un lugar o techo propio donde cobijarse, que viven a la intemperie y sin amparo.
Podemos hacer conjuntos y variaciones con todas estas palabras que describen distintas realidades sociales y que pueden compartir elementos comunes de cada uno de ellas. Sea como fuere, el más honesto sentimiento humano que despiertan todas estas acepciones es el de la compasión. Apunta Adela Cortina una cita del genial Stefan Zweig, sensible auscultador del alma humana, recogida en su libro Impaciencia del corazón, «existen dos clases de compasión. Una cobarde y sentimental que, en verdad, no es más que la impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la emoción molesta que causa la desgracia ajena, aquella compasión que no es compasión verdadera, sino una forma instintiva de ahuyentar la pena extraña del alma propia. La otra, la única que importa, es la compasión no sentimental pero productiva, la que sabe lo que quiere y está dispuesta a compartir un sufrimiento hasta el límite de sus fuerzas y aún más allá de ese límite».
Un hecho muy dilucidador sobre lo anterior lo tenemos en el anuncio que en el mes de febrero del pasado año hizo el alcalde de Nueva York, Eric Adams (excapitán de la Policía de Nueva York, demócrata y casi vegano), un plan para resolver «la actual crisis de personas con enfermedades mentales graves que se quedan sin tratamiento y sin refugio en las calles y en el metro de la ciudad». El alcalde ha hecho hincapié en que dicho plan tiene una «visión compasiva» y una «atención compasiva».
Al problema social y de salud pública también se une el de seguridad, ya que se produjeron algunos sucesos en el metro y en las calles con enfermos mentales no tratados. La complejidad de abordar este problema y que las actuaciones y resultados sean adecuados y razonables es un asunto de difícil resolución.
El debate ético también está servido, el plan pretende la admisión involuntaria de los pacientes con trastornos mentales y existen discrepancias entre los requisitos que marca la agencia de salud y los establecidos por la alcaldía neoyorkina.
Quizá Nieuw Amsterdam, New York, esté construida sobre los cimientos del espíritu de la conquista y que en su envés creciera la semilla de la desigualdad, que esa naturaleza innata sea una gran paradoja del siglo XX que vimos pasar y que perdura en esos homeless y pobres de solemnidad como vestigio de aquel siglo y presagio de este nuevo.
Las escenas de la aporofobia neoyorkina me traen ecos perennes del poeta que hace casi un siglo fue a buscar su nueva identidad en la modernidad icónica de The Big Apple y que anticipaba y pregonaba el mundo que vendría, Federico García Lorca:
Eco 1: que todo rumor será piedra y toda huella latido
Eco 2: No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. No duerme nadie.
Eco 3: La aurora de Nueva York gime / por las inmensas escaleras /
buscando entre las aristas / nardos de angustia disecada.
Eco 4: Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles /
en la patita de ese gato quebrada por un automóvil
Eco 5: Porque ya no hay quien reparta el pan y el vino /
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto /
ni quien abra los linos del reposo /
ni quien llore por las heridas de los elefantes.
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