Un paripé

La autenticidad es uno de los valores que más se aprecia, quizás porque nos produce un especial deleite. Lo auténtico lo identificamos de un modo inmediato, sin muchas comprobaciones, intuitivamente. Ya sea en el arte, al estar cercanos a la belleza, o en la empatía de las relaciones humanas, la contemplación de lo auténtico nos embelesa con sus emanaciones.

Distinguir entre lo auténtico y el cartón piedra o la imitación no es demasiado difícil para aquel que lo requiera, es una especie de sensibilidad que se adquiere con el conocimiento y los años, la experiencia nos hace curtirnos hábilmente en ese discernimiento que es muy útil para manejarnos en la vida. La autenticidad no es más que uno de los atuendos de la verdad, tal vez el más lujoso, y que tiene las proporciones exactas diseñadas por el gran sastre de la honorabilidad

A veces la autenticidad desprende un halo de belleza que deslumbra, atrae y repele, no todos actúan por igual ante su presencia ni tampoco por los mismos motivos. Si la llevamos al ámbito social, la autenticidad destila una dosis de real y cruda verdad que no es admitida por todos, la soberbia y la envidia se encuentran entre sus detractores embozadas en capas de mediocridad y de comportamiento gregario y vicario. Nuestro tiempo repudia lo aristocrático —en el sentido amplio del término—, lo excelso, y no cabe duda que lo auténtico tiene adherido un gran componente aristocrático, lejos de la media, la mediana y la moda. Cuando socialmente se produce un rechazo por aquellos que la denuestan se arguye que lo aristocrático que hay en ella no tiene un carácter democrático; todo esto ya lo trató magistralmente Ortega y Gasset.

 

Por ello, la autenticidad es una rara avis, no es común ni habitual encontrarnos con ella. Su valor es muy apreciado, su aleación con la realidad hace que esta tenga diferentes valores. ¿Qué porcentaje de autenticidad-falsedad queremos que tenga nuestra realidad? Es una pregunta que cada cual valora e intenta acrisolar en su cotidianidad. ¿Cuánta carga de autenticidad-falsedad somos capaces de soportar sobre nuestras conciencias?

 

Escuché un gran y sincero testimonio del genial Curro Romero en una entrevista, al ser preguntado sobre sus célebres espantás dio un gran trincherazo argumentando: «yo no sé hacer como el que hace». Todo un compendio de autenticidad, un torero que era capaz de brindar su toreo más auténtico y artístico, cuando veía que no era capaz de hacerlo no engañaba y ni siquiera lo intentaba.

 

Y aquí llegamos a otros de las grandes figuras reconocidas que entreveran lo auténtico y lo falso, el paripé. La palabra que proviene del caló se define como «fingimiento, simulación o acto hipócrita».

Curro Romero no hacía paripé, no sabía y no le salía, ¿para que engañar y engañarnos?, mejor poner el burladero de por medio; eso sí, cuando la tarde salía, salía, todo era autenticidad, todo era verdad, todo era arte.

 

Pero los que hacen paripé no sólo intentan engañar a los demás sino también a ellos mismos. Faltos de toda autenticidad se arropan con los disfraces que tienen a su mano para hacer creíble su papel, a veces lo consiguen. Frente al espejo maquillan su cara pero no así su conciencia, el impostor que llevan dentro siempre presenta el mismo rostro.

El buen protagonista del paripé precisa de su elenco, el reparto de papeles es necesario y es esencial que todos jueguen el mismo juego, creer al gran mentiroso y elevar a verdad la gran mentira, subvertir la realidad mediante el paripé.

El paripé se dota de lo esperpéntico para deformar la realidad por completo, no existe ejemplo a seguir, no existe modelo, el relativismo está en todas las escenas, nada queda fuera del paripé, no debe quedar resquicio que ponga en duda la nueva realidad del mismo.

No hay atisbo de comicidad y fingimiento en el paripé, la representación es seria y consistente como realidad paralela que es, si acaso se utiliza lo cómico para atacar a sus enemigos. Incluso los grandes desastres de la humanidad provocados por los extremismos, los nacionalismos,… que acontecieron en el pasado siglo XX podrían verse como paripés llevados a sus últimas consecuencias. Los reductos minoritarios, que consiguieron imponer su visión de la realidad a las grandes masas y tomar el poder político y social, fueron claros ejemplos extremos de las atrocidades que se pueden llegar a cometer para mantener la representación de la farsa.

 

Nada en exceso, todo en su justa medida. El paripé no es un delito de lesa humanidad, tampoco se debe eliminar de la faz de La Tierra y de la viña del Señor. Como una mentira piadosa, el paripé también puede usarse como un instrumento útil. Eso sí, debemos identificar a tiempo cuando las artimañas del paripé son utilizadas para otros fines más deshonestos y pararle los pies a su debido tiempo. Me honro por no haber participado en ciertos paripés, por si vale de algo, hago público mi secreto, todo se arregla con decir un escueto y contundente «¡ NO !» o un «¡ ome por favó !».

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