La Lengua como bandera

Andaba Cádiz preparándose para la candidatura a ciudad sede del X Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), ya se había puesto en marcha la maquinaria de promoción de dicha candidatura, de repente, la inestable situación política en Perú con revueltas ciudadanas hizo que la inminente celebración del IX CILE en la sede de Arequipa se cambiara in extremis por la gaditana.

 

Cádiz, presta y ducha en la organización y en la ordenada improvisación de eventos, haciendo uso del dicho de «más vale un noveno CILE que un décimo volando», asumió ser sede del congreso que en esta semana se está desarrollando. La organización de los CILE corre a cargo del Instituto Cervantes, la Real Academia Española (RAE) y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE). El I CILE se celebró en 1997 en Zacatecas (Méjico-México), el último y VIII en Córdoba (Argentina), su recorrido tocó puerto en Rosario (Argentina), en Cartagena de Indias (Colombia), Valparaíso (Chile), en la Ciudad de Panamá, en San Juan de Puerto Rico. Valladolid fue la anterior sede española en 2001.

 

 

Hace más de dos siglos, la Constitución de 1812 (la Pepa), como bien sabemos promulgada por las Cortes Generales integradas por diputados de América, Asia y Península, o de las Américas, o de las Indias, o de los virreinatos, se celebró extraordinariamente en Cádiz. En ella se establecía un hito importante para la libérrima expansión de una lengua, de su lenguaje y su literatura; en el artículo 371 establecía que «Todos los españoles tienen libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas sin necesidad de licencia, revisión o aprobación alguna anterior a la publicación, bajo las restricciones y responsabilidad que establezcan las leyes». Paralelamente, en esas fechas, se producían los primeros movimientos de independencia de los territorios coloniales de ultramar de la Monarquía española.

 

El lema del congreso también le viene pintiparado a Cádiz, «Lengua española, mestizaje e interculturalidad. Historia y futuro». Las idas y las vueltas, el trasiego, el cultural y humano potaje mestizo que Cádiz y la baja Andalucía fueron en su relación con las Américas es un claro y vivencial exponente de como una lengua como el español, era y es, el sustrato de esos mejunjes.

 

Dejando a un lado la oficialidad y academicismo que todo evento de este tipo conlleva y sus conclusiones y mejoras que aportará, no por desdeño sino por fijar la mirada en lo realmente importante, el valor de una la lengua, quiero fijar mi mirada en la importancia de ese aspecto.

Toda lengua como exponente vivo de la cultura y de lo humano merece todo el mimo, protección, dedicación,… con independencia de que sea minoritaria o mayoritaria. Como un rico patrimonio que debe legarse al futuro y que tiene un valor único y ancestral. El lenguaje como expresión de la lengua como instrumento de comunicación es, en mi opinión, el prodigio intelectual más asombroso que nuestra especie haya logrado. Para darnos cuenta de ello sólo basta paramos a pensar con detenimiento lo excepcional, maravilloso y misterioso que es articular unos sonidos o unas letras y dotarlos de significados para lograr una sinapsis mental y de contenido entre al menos dos humanos. El verbo, la palabra,  dotado de todos las acepciones y adherencias que queramos aportarle, es la génesis de todo, antes y fuera de él solo queda el marasmo.

 

El engranaje de la lengua en el lenguaje es el motor de progreso más poderoso, surge la comunicación, pero comunicar bien no es fácil, aunque así lo parezca. Para comunicar se precisa el deseo de compartir, precisamos de un código, de un canal, que tanto emisor como receptor establezcan. Un ejemplo del fracaso comunicativo es la confusión de lenguas, la maldición babélica de utilizar múltiples lenguas para así nunca comunicarnos, para no compartir. El hombre deja de ser virtuoso cuando decide cortar la comunicación, para proteger su diferencia (“mi tesoro”) comenzando por utilizar un código distinto para no ser entendido; es el camino inverso al don de lenguas, a predicar no solo con el ejemplo sino también con la propia lengua autóctona para ser mejor entendido.

 

Cuando se utiliza la lengua como elemento diferenciador, discriminatorio, separatista,… se incurre en una gran incongruencia y es un síntoma inequívoco de una actitud insana. Igualmente ocurre cuando se intenta atacar, denostar, perseguir,… el uso de una lengua. Poner barreras a la comunicación no habla muy bien de sus promotores.

 

Poder compartir una lengua tan bella como el español, tan llena de matices y singularidades, poder hablarla y ser entendido en gran parte de nuestro planeta, es todo un orgullo y un placer. Nos hace sentirnos partícipes de un patrimonio común que nos permite comunicarnos con personas distantes en la distancia, en la cultura, en las razas, en las creencias, en las ideas,… es algo maravilloso.

Utilizar una lengua para compartir, para podernos entender, para transmitir nuestros sentimientos, para empatizar, para acercarnos, es un verdadero privilegio.

 

En ocasiones, la lengua y la cultura han sido utilizadas como un instrumento al servicio de la ideología política, por ejemplo por los nacionalismos. Más allá de ellos y de otros muchísimos –ismos, la lengua, nos ofrece un instrumento de verdadero orgullo. Es totalmente deleznable asociar la cultura y la lengua a cualquier movimiento segregacionista de cualquier ámbito. Suele asociarse simbólicamente lo patriótico a una bandera, personalmente, ese sentimiento patriótico lo simbolizo y equiparo con mi lengua, la Lengua Española, no encuentro mejor arma de creación masiva que un buen uso de ella y empleando parte de mi vida por defenderla y utilizarla.

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