División de opiniones

 

En la actualidad, debatir y discutir de un modo más o menos racional y organizado, es una actividad en desuso. El foro o el ágora, la plaza pública, no existe, ya no tenemos un lugar de concurrencia y de encuentro que se utilice como tal. Antes existían cafés, casinos, centros, ateneos, peñas, clubes… que con cierta asiduidad se empleaban para encontrarse y hablar de lo divino y de lo humano; ahora lo más aproximado que tenemos es el bar, pero creo que hasta eso se está perdiendo.

 

El tiempo que nos ha tocado vivir no deja espacio y tiempo para la pausa, la charla, el encuentro,… consumidos por la prisa y las múltiples ocupaciones que se nos imponen a las que no sabemos poner freno, el sosiego necesario para compartir no tiene cabida en la vorágine de nuestra agenda diaria.

Sospecho que muchos de nuestros conflictos actuales provienen de no saber templar los avatares de los acontecimientos de diversa índole que nos circundan, los problemas se acrecientan y sin visos de solución se nos presentan como morlacos corniveletos a los que no sabemos hacerles frente.

 

Ahora, las redes sociales digitales son la plaza pública donde se acude a suplir esa necesidad de socializar y compartir. En principio, y en ese sentido, se podría pensar que serían un sustituto moderno de ese foro al que antes aludíamos, pero con el devenir de los años se ha mostrado como un medio que no ha cumplido con las expectativas de una mejora o mantenimiento de una verdadera y útil red social.

Por otra parte, el actual comportamiento de los medios de comunicación tampoco aporta mucho al enriquecimiento social y cultural, se han convertido en meros altavoces de la verdad oficial, en gran parte exentos de crítica y autocrítica —en nada formadores de una opinión pública de calidad— y creadores de una programación del entretenimiento de lo más superficial y agresiva.

A todo ello contribuyen los partidos políticos que prefieren una ciudadanía de perfil bajo a la que poder domeñar estableciendo un sistema social mediocre y autocomplaciente.

 

Hace unos días organizamos en el Nuevo Ateneo de Chipiona, en el prestigioso café & bar Picoco y con el fondo del atardecer de la playa de Regla, una charla-debate titulada «Argumentos a favor y en contra de la fiesta de los toros». En pocas ocasiones he visto una actividad similar, escuchar argumentos y establecer un debate sobre un tema tan controvertido como el indicado. Tanto Manuel Pantoja, propietario de Picoco, como los miembros del ateneo tuvimos la valentía de llevar a los medios esta actividad a sabiendas de que podría suscitar reacciones adversas dada la creciente animadversión sobre lo taurino.

Tras la bienvenida de Manuel Pantoja y la introducción de Chema Jiménez (Presidente del Ateneo), hice lectura de un texto para centrar la charla-debate, no encontré ninguno mejor que una conversación incluida en El libro negro —continuación de su famoso Gog— de mi admirado Giovanni Papini, se titula Coloquio con García Lorca (o de las corridas).

Iniciaba así Papini: «Fui ayer a la Plaza de Toros, y un amigo español que me acompañaba me presentó a un joven de aspecto genial y viril que se llamaba García Lorca, […] y concluida la corrida fuimos los tres al Café del Pombo. Como sucede frecuentemente en este país, la conversación versó acerca de la tauromaquia, y quise saber de labios de García Lorca qué pensaba de los extranjeros dispuestos a ver en ese juego sangriento una prueba de crueldad del pueblo español […]».

         Argüía Lorca lo siguiente, « […] creo que nadie ha sabido explicar a los extranjeros el contenido profundo, sublime, y hasta diré casi sobrehumano, del sacrificio taurino […] ¿Qué es lo que representa el toro en la conciencia de los hombres?, la energía primitiva y salvaje, y al mismo tiempo la ultrapotencia fecundadora. Es el bruto con toda su potencia oscura; el macho con toda su fuerza sexual.»

Añadía que «Por lo tanto, la corrida es el símbolo pintoresco y agonístico de la superioridad del espíritu sobre la materia, de la inteligencia sobre el instinto, del héroe sonriente sobre el monstruo espumajeante o si prefiere, del sabio Ulises sobre el cruel Cíclope.»

Concluía aseverando, «Si los humanitarios y puritanos extranjeros, que habitualmente están dotados de inteligencia más bien estrecha, fueran capaces de profundizar el verdadero secreto de la tauromaquia, juzgarían de una manera muy diversa a nuestras corridas».

Esta conversación tuvo lugar el 8 de abril de 1934 en Madrid.

 

El ponente, José Reyes Torrejón, desde su filiación a la causa taurina expuso sus argumentos a favor en una extensa exposición. Posteriormente intervinieron protaurinos y antitaurinos aportando argumentos para sus respectivas causas.

 

Sin entrar a fondo en los argumentos —la extensión del artículo no da para más—, personalmente participo en líneas generales con la posición antes indicada por Lorca. No niego argumentos contundentes por ambas partes, comprendo el principal de los antitaurinos al respecto de la crueldad o sufrimiento que se inflige en la lidia al toro, creo que es indudable, pero por otra parte veo cierta hipocresía cuando se quiere dar racionalidad al toro —al animal—, creo que si fuera preguntado el toro preferiría la vida y la muerte en la plaza de toros antes de vivir y morir como el resto de ganado vacuno. También podríamos preguntarnos si el futuro del toro bravo no  hubiera corrido igual suerte que la del lince ibérico, el lobo ibérico o el oso pardo, por ejemplo.

 

Del otro lado, existe cierta inflexibilidad por parte de los protaurinos en reconocer la lógica antitaurina y sus argumentos. Ciertos espectáculos populares contribuyen a una crueldad exacerbada hacia el toro, excluyo de ellos los Sanfermines y similares, en los que no se establece el respeto y el derecho a la defensa que se pueda establecer en una lidia.

 

Lo que sí me parece fundamental en esta dicotomía es que se fomente un debate abierto y sincero en el que se puedan exponer argumentos de todo tipo, quizá ambas partes se sorprendan de que sus posturas no estén tan alejadas.

 

Finalizaba Papini el escrito con algo al respecto de lo anterior y que creo es lo fundamental en este caso, «[…] reconocí que su ingeniosa y paradojal teoría era merecedora de una atenta meditación.»

 

Meditemos pues.

 

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