Consciencia y conciencia de humanidad
La realidad de este mundo que nos ha tocado vivir es un tanto caótica, esa es mi impresión. Es posible que el nivel de información que nos llega, habitualmente cargado de malas noticias, sea el principal causante del desasosiego vital de nuestro ánimo; cada vez somos más conscientes y con más conciencia de que existe una gran parte de la humanidad que padece grandes problemas y que convive con unas circunstancias muy desfavorables.
Es creciente la alienación individual que soportamos ante la contemplación de una realidad que, en buena medida, nos disgusta, y es causada por sentirnos impotentes e incapaces para cambiarla y mejorarla. Actualmente, en casi todos los ámbitos de nuestra existencia tenemos frentes abiertos que muestran a las claras la mutación hacia una nueva realidad, hacia un nuevo paradigma, hacia un horizonte radicalmente novedoso.
Esta nueva realidad que se avecina me ha planteado una seria inquietud sobre el porvenir de nuestra humanidad, en cierto modo, por encontrarme un tanto amenazado por un futuro que atisbo un tanto caótico e incierto, y, porque no decirlo, peligroso; que quizá sea debido a esa costumbre de cumplir años.
Acabo de terminar el libro El porvenir de la humanidad (Decálogo para la supervivencia de nuestra especie) de Eudald Carbonell. Al autor ya lo había oído en varias entrevistas, leído en artículos,… sobre todo vinculado a su labor como antropólogo en el Proyecto Atapuerca. Un programa radiofónico en el que abundaba sobre lo contenido en el libro me hizo querer profundizar y leer la citada publicación.
Sobre este asunto de intentar entender esta nueva realidad que nos circunda y que se extiende por todos los entresijos de lo vital, ya me habían llevado otros pensadores y divulgadores actuales como Zigmunt Bauman, Yubal Noah Harari, Slavoj Zizek, Noam Chomsky, Antonio Escohotado, Eduard Punset, Byuan-Chul Han,…
Empecemos por el final, en el epílogo indica la génesis de libro, «las preguntas que me formulado de manera recurrente en mi vida, tanto a nivel personal como académico, son las siguientes: ¿qué es lo que hace cambiar a los humanos? ¿qué debe pasar para que podamos dar un salto en nuestras conductas y por qué necesitamos los saltos evolutivos para sobrevivir?». El enfoque que hace más que académico —y en ningún caso doctrinario— es divulgativo, reflexivo: «la reflexión que propongo en el decálogo puede servirnos para preparar una sociedad de humanos diferentes a la que ahora conocemos y, por lo tanto, si esto sucede, entrar en un sistema emergente inconmensurable.»
«Nuestra especie se halla en una encrucijada: debemos completar el proceso de humanización o lanzarnos de cabeza a la extinción», ese es el punto de partida de su reflexión y de su propio análisis de la realidad. «El Homo sapiens se encuentra en un momento crucial de su evolución. Desde la perspectiva histórica, precisamente, debemos ser conscientes de los peligros que conlleva no pensar […] Nos enfrentamos a una realidad compleja y lo hacemos a una velocidad vertiginosa […] Detenerse y reflexionar nunca ha sido tan necesario […] Solo un progreso exponencial de la tecnología y su socialización a través del pensamiento crítico puede ayudar a dar un salto adaptativo […] Es necesario que el Homo sapiens, nuestra especie, adquiera una conciencia colectiva que le permita socializar los conocimientos y generar una conciencia operativa que guíe nuestra acción sobre el planeta.»
Lanza un argumento antropológico contundente, «del mismo modo que hace diez mil años la revolución neolítica modificó los hábitos de nuestros antepasados…la revolución científica que vivimos en la actualidad marcará una nueva pauta.»
Del decálogo que nos propone, hay algunos puntos que personalmente me parecen más interesantes y dilucidadores, aunque hay que destacar que todos ellos tienen interrelaciones y deben interpretarse dentro de esas conexiones.
El primer punto me parece crucial, «es necesario incrementar de forma urgente la conciencia crítica de la especie, es decir, necesitamos humanizar nuestro planeta en beneficio de todos y no solo de una minoría privilegiada». La consciencia de la humanidad nos tiene que llevar a la conciencia de la humanidad, sabernos parte de un todo y actuar como tal.
«La perspectiva de futuro no es la de colectivizar la individualidad, sino que cada uno de nosotros debe aportar sus conocimientos personales para constituir la comunidad», es su segundo punto, la individualidad colectiva es esencial para implantar el primer punto; «los defensores del humanismo tecnológico apostamos por la cooperación, la solidaridad, la correspondencia y a la convergencia de la especie a partir de la individualidad colectiva».
El tercer aspecto, «necesitamos una rápida socialización de la tecnología, sobre todo en el ámbito de la comunicación. Ante la aceleración histórica que vivimos y la urgencia que tenemos de mantenernos interconectados como humanos, debemos incrementar nuestra sociabilidad», también hace un interesante distingo entre desarrollo y progreso.
Otros puntos que están especialmente interconectados son el fin de la globalización, el inicio de la planetización, el incremento de la diversidad y el equilibrio social y ecológico de la especie.
Resulta muy interesante el siguiente punto al indicar que «llevar a cabo un trabajo individual y socialmente activo que culmine con la desaparición de los líderes y elimine la jerarquía social es, con una elevada probabilidad, la acción intelectual y educadora que más trascendente puede resultar para la humanidad actual». Añade varios argumentos importantes ante esa necesaria desaparición y eliminación —no violentas— entre otros «el miedo a la libertad es indescriptiblemente nocivo y actúa sobre las sociedades humanas generando desesperanza y poca capacidad para establecer conciencias críticas y operativas».
En definitiva, un decálogo que nos hace reflexionar, que coloca al individuo como agente motor del cambio y al humanismo como principio vertebrador del mismo; tal vez podríamos finalizarlo parafraseando a Nietzsche, seamos «humanos, demasiado humanos». Los niños .
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