«¡Regeneracionismo!»
Se aproximan nuevas elecciones, en este caso, las elecciones locales en todos los municipios españoles, entre otras.
Tras la aparición hace unos años en el panorama político y éxito relativo de Podemos y Ciudadanos, que proponían un cierto regeneracionismo, la realidad hoy en día es que la fuerza y representatividad de dichos partidos está muy lejos de sus mejores resultados. Aparte de los citados partidos, también surgió VOX y otros regionales con representación e influencia en la política nacional. Con todo ello, el bipartidismo de PSOE y PP había pasado de ser hegemónico y se presentaba un escenario más abierto con la necesidad de pactos y alianzas que presumían una mayor diversidad y una dinámica política diferente.
Pero los errores propios, unas estrategias equivocadas y las luchas intestinas, tanto de Podemos como de Ciudadanos, han debilitado sus estructuras internas y su peso político y representativo es muy inferior al anteriormente conseguido. La consolidación de esas dos formaciones venía de la mano de la supervivencia sobre la figura de sus líderes, Pablo Iglesias y Albert Rivera, pero ese punto de inflexión se resolvió negativamente. Por otra parte, los pactos y acercamientos con PP, PSOE e IU los han debilitado, casi fagocitado.
Así que ese regeneracionismo que venía abanderado por el «no nos representan» del Movimiento 15M se fue al traste. Una de las propuestas que veía con mayor interés era reforma del sistema electoral, ambos partidos las llevaban en sus programas. El bipartidismo, instalado y favorecido por dicho sistema, en ningún momento se planteó el cambio del mismo; también ha ocurrido que cuando otras formaciones políticas han logrado representantes —ocupando sillones— se acomodan en sus posiciones minoritarias y se contentan con repetir.
El sistema electoral español favorece el partidismo y lo fortalece, en su reparto revierte en gran parte la proporcionalidad directa del voto, además las listas cerradas poco aportan a una representatividad más directa y responsable entre representantes y representados.
El sistema democrático es perfeccionable y flexible, cuando cae en el inmovilismo y en el apoltronamiento se entra en una dinámica preocupante. No existe el sistema electoral ideal, pero si es evidente que mantener en el tiempo una creciente fractura de representatividad, alejando la posibilidad de una mejora en la relación representante-representado, no es de recibo.
Donde quizá sea más factible, cercana y visible la mejora del sistema electoral español es en los ayuntamientos. Una evolución desde las listas cerradas y bloqueadas a otras fórmulas más abiertas y libres podría mejorar la corresponsabilidad entre representantes-representados que conduzca a una gestión más eficiente. Pero abrir esta caja de pandora no conviene a los partidos de ámbito supramunicipal, otra muestra de que estamos instalados más en una partitocracia que en una democracia evolucionada.
Igualmente, la implementación de políticas de participación ciudadana desde el ámbito local que impliquen al ciudadano en la toma de decisiones, también crea la corresponsabilidad necesaria antes apuntada. Pero no se trata de una participación ciudadana nominal sino real y efectiva, que gestione parte considerable del presupuesto y los recursos, la verdadera participación ciudadana no se trata de un simulacro, es una apuesta decidida por los valores de una democracia instalada en la ciudadanía y no en los partidos.
La tan traída y llevada desafección de los ciudadanos por la cosa pública y la crisis de representatividad están llevando a la política por el camino del populismo, por decir lo que se quiere oír, por hacer lo que piden hacer, por tomar medidas sin criterios de gestión ni económicos. Frente a más democracia y participación, que es el camino más difícil y laborioso, muchos partidos y políticos optan por adoptar medidas populistas, es la otra vía, la fácil, pero que tiene unas derivas peligrosas. Los barros de la política líquida para los tiempos de la sociedad líquida arrastrarán, a medio y largo plazo, un cieno en el que quizá nos veamos atrapados con escasas opciones de salida.
La falta de crítica y autocrítica, de opinión, de información independiente, personal y veraz, va muy en detrimento de la calidad democrática. Desde dentro del sistema, no existen mecanismos de corrección eficientes que puedan intervenir a tiempo en los desmanes políticos, la corrupción no es vigilada ni atajada debidamente. Por otra parte, los ciudadanos permanecen descoordinados y desorganizados, no pudiendo articular acciones que lleven a sus representantes a guiar, modificar o retirar sus medidas. A todo ello, hay que añadir que los medios de comunicación ya no optan por hacer de contrapeso —por ocupar el cuarto poder— se muestran tendenciosos y poco dados a una labor asépticamente informativa e investigadora.
Hablo por mí mismo, me creo merecedor de otros representantes políticos y, sobre todo, de otros partidos que sirvan más a la causa común y no a la de sus posturas sectarias; «no me representan».
España y los españoles hemos avanzado mucho durante este periodo democrático que abrió la Constitución del 78, pero creo seriamente que estamos en un momento crítico, atisbo comportamientos que no son nada edificantes. Necesitamos regeneracionismo en nuestro sistema político, es hora de que los españoles de a pie nos sintamos protagonistas y actores de nuestra acción democrática.
Creo que es hora de gritar «¡Regeneracionismo!», o de callar para siempre
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