El reto asociativo

 

De mi larga experiencia en la organización de eventos culturales y deportivos desde asociaciones y clubes de naturaleza privada y sin ánimo de lucro de diversa índole, conjuntamente con los diferentes equipos organizativos de cada una de ellas, siempre nos ha preocupado ofrecer actividades que puedan tener una aceptable concurrencia de público.

El diseño de las actividades no es una tarea fácil, se deben tener muy en cuenta múltiples factores y todos ellos encaminados en hacerla atractiva —y sobre todo divulgativa— al potencial público asistente, con independencia de su afinidad o grado de conocimiento.

 

Una vez montada la propuesta de actividad se consensúa con el equipo organizativo, tras el visto bueno se procede al conveniente reparto de tareas, una serie de gestiones y trabajos laboriosos que apenas son visibles y que llevan un tiempo considerable, como bien saben los que asiduamente se dedican a tales menesteres. La realización del presupuesto y la búsqueda de la financiación necesaria es quizá el asunto más arduo, elegir a los patrocinadores y saber exponerles la actividad y repercusión para que les impulse a su decisión; normalmente existe un vínculo de confianza y altruista que decanta el apoyo hacia la labor genérica que realiza el organizador.

Montar un equipo humano de trabajo bien coordinado no es tampoco una cuestión baladí. Cada integrante tiene unas peculiaridades positivas que deben ser aprovechadas, las habilidades personales que aporten el valor añadido a la actividad es lo principal, hacer aquello que nos es más fácil y en lo que tenemos experiencia. Claro está que el nivel de vinculación, responsabilidad y esfuerzo con el proyecto es diferente en cada uno de los integrantes del equipo, la suma es lo que importa, siendo conscientes de los dígitos del sumando que aporta cada elemento.

El compromiso personal es lo esencial en cuanto a la participación en la labor que se desarrolla la entidad organizadora, la afinidad con el fin social es la inicialmente nos atrapa. A ese compromiso individual se le suma el social, la actitud divulgadora y expansiva.  Es indispensable, a tal efecto, unir la afición personal relacionada con el fin social de dicha entidad con la intención de compartirlo y de promoverlo colectivamente, salir voluntaria y altruistamente de la esfera de lo privado hacia lo público. Es evidente que ese salto es una opción minoritaria, suelen ser escasas las personas involucradas en el tejido asociativo ocurriendo, además, que las que si lo hacen pertenezcan a más de una entidad.

Esa escasez de participantes en las organizaciones se agrava con la falta de regeneración, la casi inexistente incorporación de jóvenes es un hecho muy preocupante, las causas de ello no tienen una fácil imputación pero creo que residen fundamentalmente en la desafección que las nuevas generaciones tienen por el compromiso social de un modo más estructurado y continuo. El relevo generacional no está garantizado lo cual pone en peligro la riqueza y diversidad del capital social, la no apropiación de valores pone en riesgo la vigencia de los mismos.

Las redes sociales han facilitado la virtualidad frente a la presencialidad, la pasada pandemia ha acelerado un proceso que ya se venía produciendo, en la que la instantaneidad es un factor que cada vez tiene más preponderancia. La exigencia que esa virtualidad impone hace más difícil acertar con formatos de actividades que logren una aceptable participación presencial en las mismas. Por otra parte, la oferta de eventos es amplísima, hay que competir por hacer llegar la información, captar la atención e interesar a los potenciales participantes, un objetivo difícil de conseguir.

Dentro de ese segmento de potenciales participantes a título de espectador, los que a priori tienen una especial predisposición a interesarse y participar en la temática que se ofrece, no se logra incorporarlos con cierta fidelidad, no existe una correspondencia mínima que apoye el esfuerzo que, con menor o mayor acierto, se realiza y que redunda en un interés común.

La labor de promoción —en un amplio sentido— es una de las fundamentales que deben hacerse desde el tejido asociativo, como entidades sin ánimo de lucro se cubren aspectos que otras entidades no pueden o quieren actuar, aunque es el camino más difícil. Acomodarse en formatos y actividades que aseguran el éxito de público sin tener una verdadera acción pedagógica o divulgativa es hacerse trampas en el solitario.

La gestión de las asociaciones persiguiendo su fin social es todo un reto, la escasez de recursos es consustancial y generalmente son necesarios los pases mágicos para montar el entramado, remando a contracorriente de las múltiples vicisitudes que se van encontrando y contando con el esfuerzo como instrumento que ensambla las piezas.

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