Vox populi …

 

Ya conocemos la expresión latina «vox populi, vox Dei», la voz del pueblo es la voz de Dios, por tanto debe acatarse y obedecerse el dictamen popular necesariamente, con independencia de que se tengan ciertos indicios de falibilidad.

Los deseos del pueblo son órdenes, con ello ya tenemos asentadas las bases del populismo, alejando cualquier atisbo de lógica y cientifismo que lo ponga en duda, las mayorías o las opiniones mayoritarias sepultan con sus números los más incipientes razonamientos. Y si no tuviéramos bastante con ello, suponiendo que pasemos el primer obstáculo y no nos traguemos el sapo, los más avezados populistas suelen acudir inmediatamente a la andanada que le proporciona el «argumentum ad populum», también conocido como sofisma populista, o sea, el trágala del «lo dice todo el mundo, luego debe ser verdad».

         En definitiva, utilizar hábilmente el sesgo cognitivo, que nos deriva por los meandros de las falacias hacia el dique que interesa a los adalides del populismo, bajo las consignas del contener, conformar y contentar como objetivo primordial. El coleccionismo a nivel privado me parece una de las aficiones más particulares y curiosas.

 

La liquidez que las nuevas tecnologías, las redes sociales y las aplicaciones de comunicación y mensajería han proporcionado, hace que la voz del pueblo se propague velozmente y fuera del cauce y alcance del control que solía ser habitual. Cualquier comentario, información, opinión,… corre de modo más directo y fluido, sin apenas filtros, cosa que a priori es beneficiosa pero que también conlleva aspectos negativos. De este modo, el bulo tiene un campo abonado, su propagación y efecto tiene unos resultados inmediatos, sumamente eficaces y, en ocasiones, difícilmente reparables y con unos efectos colaterales a veces desapercibidos a primera vista.

 

         De resultas de lo anterior, se produce una paulatina sustitución y desvirtuación de las fuentes información y de formación de opinión, la calidad y verosimilitud de lo que circula en ellas debe, a mi parecer, someterse a una mínima revisión, a cuestionarse críticamente. Además, la infoxicación, la intoxicación por volumen de información, contribuye negativamente en todo este asunto.

 

         La vox populi influenciada por el nuevo contexto social y tecnológico se conforma de un modo diferente y tiene unos matices novedosos. La viralidad de las noticias, informaciones y opiniones es evidentemente mayor que en épocas anteriores, sorteando barreras antes insospechadas. Pero no solo las nuevas vías y modos de comunicación afectan a la esfera privada e individual, también a la pública y social. Consecuentemente, el comportamiento de empresas, instituciones, organismos, colectivos,… respecto a cómo interactuar en esta nueva relación, se va adecuando y tomando un papel más reactivo y sensible en respuesta a los estados que se pueden generar en esa vox populi.

         Lo veloz y viral con que se generan los estados de opinión, hace que ese tipo de entidades estén más atentas ante la posibilidad que se conviertan en alarmas sociales que puedan deteriorar su imagen y credibilidad. La perversidad de este hecho surge cuando se fomenta y refuerza la reactividad y el estar a la defensiva; contando ya con una escasa proactividad de partida.

         Es especialmente grave y vergonzoso como instituciones públicas están más atentas a los comentarios y denuncias expuestas en redes sociales, por poner un ejemplo, que a sus propios mecanismos, cauces y trámites para resolución y detección de problemas. Lo inteligente sería incorporar las ventajas que la tecnología y las nuevas redes sociales a esos mecanismos.

         Apagar pequeños fuegos como instrumento para anular o controlar la protesta ciudadana y pública es (o debería ser) menos importante que extinguir los abundantes incendios internos que existen en el seno de esas organizaciones con vinculación social y pública.

 

         Los mecanismos de participación y control ciudadano sobre la acción de las instituciones de carácter público o social son muy deficientes o ineficaces, cuando no inexistentes. Incorporar sistemas que garanticen la comunicación e interacción entre ciudadanos y entidades es indispensable para que la calidad de la información y de la retroalimentación mejore y sea más eficaz. 

 

         Si la vox populi ejerce ahora una mayor presión a diferentes niveles y los responsables en las tomas de decisiones se dejan guiar por ella sin someterla a la suficiente evaluación, el crecimiento del populismo será ineludible y, en muchas ocasiones, la parcialidad y temporalidad de las respuestas a los problemas y retos venideros no aportarán buenas soluciones.

 

          Ese populismo anclado en el «contener, conformar y contentar» que se apoya en una vox populi regida por el peso de las mayorías sin sopesar lógicas y razonamientos lleva a una deriva muy peligrosa.

 

         Vox populi, vox Dei. Pero no olvidemos que a veces hasta Dios escribe con renglones torcidos. Regalar el oído, decir lo que quiere oírse, es un canto de sirenas que puede llevarnos a puertos no seguros.

 

 

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