La Navidad como carrera de fondo
Toda celebración de una festividad tiende a la hipertrofia, es algo casi inherente e inevitable, se pretende celebrar por encima de la normalidad el motivo que la origina. Cuando se cae en la ampulosidad y exageración, denominadores comunes de las expresiones más ostensibles del mal gusto, se cae en un irrisorio esperpento.
Si a lo anterior añadimos la vanagloria de la pompa y boato con que se hace, la cosa se agrava. Pero hay una vuelta de tuerca más, cuando se entra en competencia para ostentar la primacía intentando demostrar «quien la tiene más grande» —referidos a la festividad en cuestión, claro está.
Son las fiestas navideñas las que quizás se lleven la palma en cuanto a artificio, horroris causa y desvarío.
En primer lugar se destaca la ampliación de fechas, el black friday da la campanada oficiosa a la Navidad, la apertura de las puertas de los establecimientos comerciales y las campañas de venta online abren la carrera para el consumismo frenético de estas fechas. Los lentos camellos que del lejano oriente, con sus tres Reyes Magos y sus ofrendas de oro, incienso y mirra se dirigen guiados por la estrella a Belén, son ahora adelantados por el trineo eléctrico del impostor Papá Noel y su bolsa de regalos tecnológicos proveniente del MediaMarkt, a donde llegó siguiendo las indicaciones GPS de Starlink. Y como todo es susceptible de empeorar, dentro de unos años Halloween tomará la delantera al black friday como inicio de las fiestas navideñas.
Subido a ese trineo del consumismo se engalanan profusamente las calles y plazas, algunos ayuntamientos, no contentos con una decoración decente y mesurada, redoblan sus esfuerzos por tener el alumbrado más copioso, el árbol navideño más grande, la cabalgata más extravagante,… Algún alcalde incluso quiere que desde la Estación Espacial Internacional sea vista su ciudad o que desde una galaxia muy lejana se aproximen las naves de cualquier imperio interestelar. Las históricas humildades pesebriles están muy desfasadas, el panem et circencis es ahora remozado con el mazapanes & lúmenes.
Las fiestas navideñas y sus prolegómenos se están convirtiendo en una carrera de fondo llena de obstáculos y de retos, cansa solo pensarlo. A la empanada consumista del black friday y el ciber monday ya llega uno saciado de polvorones, apenas se ha saltado esta primera valla, ya divisamos el puente de la Inmaculada o de la Constitución que en ocasiones se convierte en acueducto; todo descanso es bienvenido, pero inmersos en la vorágine impuesta, la verdad es que se hace un tanto obligado y pesado.
Hasta llegar al foso de la nochebuena y día de Navidad, las diferentes comidas de amigos, laborales, de grupos,… nos dejan una agenda apretada, la tarjeta de crédito muy desenfundada y un uso intensivo de bicarbonato; y todo ello vivido como si no hubiera un mañana. Llegamos a la nochebuena al límite de la capacidad y nos espera una opípara cena y el no menos excesivo almuerzo de Navidad; aunque no hay nada que un buen caldo no pueda arreglar.
A trancas y barrancas salimos del foso con los zapatos enaguachados, intentando mantener la compostura, aún no ha sonado la campana de la última vuelta. En el impasse que nos lleva a fin de año todavía tendremos que cargar con alguna que otra comida o salida nocturna, no hay quien nos libre de ella. Durante esos días también tendremos que ultimar la compra de los regalos de Reyes, una tarea no exenta de cierta complejidad, teniendo en cuenta que la opulenta sociedad en la que vivimos nos hace fácil dar con el regalo preciso para cada persona sin caer en el regalo impersonal, repetido o excesivo.
La nochevieja y el día de año nuevo vienen a ser una especie de déjà vu de lo acontecido hace una semana, vuelve a llover sobre mojado. Si la Navidad tiene un claro contenido religioso por su raíz histórica, el fin de año se celebra dentro de laicidad. El año que termina y el inicio del siguiente siempre tienen unas connotaciones de incertidumbre y de balance que siempre nos da que pensar.
Los excesos gastronómicos y festivos vuelven a pasar factura, viéndolo desde el lado positivo, ya hemos oído la campana de última vuelta, nos queda aguantar el tirón y el sprint final, la meta del día de Reyes está a la vista.
De todos los días e hitos de las fiestas navideñas quizás sea el día de Reyes el que se vive con mayor alegría por casi todas las personas, se da y se recibe felicidad. Y al igual que todo corredor cuando llega a la meta y cumple su objetivo, el colofón de estas fiestas con un día tan señalado hace que se haga felizmente.
Eso sí, el exceso también está presente en ese día, y aunque se dice que «a nadie le amarga un dulce», el roscón de Reyes sacia y colma hasta el paladar más omnívoro y el estómago más resistente.
Indudablemente que habrá muchas personas que vivan el tiempo de Adviento y Navidad con pleno sentido, otras que las disfruten de un modo totalmente laico y creo que el mayor número, lo hacen con una mezcolanza de ambas.
Cierto es que la sociedad consumista en la que vivimos hace que se diluya los componentes históricos, culturales, sociales,… a expensas de una tendencia más materialista. En mi opinión, las fiestas navideñas se están convirtiendo en una carrera de fondo con unos obstáculos cada vez más difíciles de superar sin entregarse al consumismo y a la mera algarabía sin sentido.
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