Los desastres de la guerra
Creo que uno de los hechos más dañinos que puede vivir una persona es verse involucrado en una guerra. La guerra es la negación total del orden humano que queremos construir, la devastación de todo progreso racional que la evolución histórica va ganando palmo a palmo a la barbarie y a la injusticia.
Por suerte, pertenezco a una generación que no ha sufrido una guerra en sus propias carnes y ojalá que terminen mis días sin que ocurra tal circunstancia, pero ello no es óbice para que no seamos los suficientemente conscientes y empáticos, tanto de las circunstancias actuales que viven otras personas y territorios como con lo acontecido históricamente.
A la altura de los tiempos que vivimos nos es imposible obviar los efectos de una guerra a casi todos los niveles, vemos, escuchamos y leemos las informaciones de los conflictos bélicos que se extienden por cualquier rincón del planeta; sabemos de la existencia de los mismos, aunque la información llegue sesgada e incompleta.
Tengo la impresión de que muchas personas creen que la guerra es imposible que acontezca en su propio país, no atisban el peligro, la perciben como algo lejano; suele ocurrir que no queremos verles las orejas al lobo por más que escuchemos sus aullidos. Todos conocemos los resultados de una guerra, pero no podemos evitarlas, es algo incierto, indeterminado y que depende por lo general de hechos fortuitos —una invasión, un atentado, una declaración,… Los pueblos se ven inmersos en una guerra involuntariamente y de manera obligada; de la noche a la mañana la contienda ha comenzado y se es parte de la misma irremediablemente. ¿Podemos tener la certeza absoluta de que nunca seremos coceados por el caballo rojo de la guerra?
Una vez iniciada la catástrofe bélica, su final es impredecible. En algunos casos cabe la solución individual del exilio o de la deserción, que aunque motivados y comprensibles, también tienen graves consecuencias y no están exentas de sufrimiento.
Como ciudadanos, súbditos de un país, poco podemos hacer para detener el conflicto, todo depende de los gobernantes, de los grupos de poder, de intereses espurios,… Igual ocurre más allá de nuestras fronteras, en otras regiones y países que, aun estando alejados geográfica y culturalmente, nos conciernen en nuestra humanidad. Tras las dos guerras mundiales, en las que las naciones europeas y otras del llamado primer mundo o mundo desarrollado fueron campos de batallas, parece que los conflictos se han trasladado a otros territorios, a ajenos escenarios bélicos, o se han circunscrito o encapsulado para evitar su efectos directos, colaterales y expansivos.
Si dura es cualquier guerra, quizá una guerra civil sea especialmente cruenta y deja un poso de dolor que precisa de muchísimos años para que cicatricen las heridas abiertas. Nuestra guerra civil española es un claro ejemplo de ello, la lucha fratricida deja unos rescoldos de rencor y resentimiento importantes que, con independencia de su realidad y veracidad, lastran la convivencia y el proyecto común que es, o debería ser, toda nación. Toda guerra es un error fatal, no partir del cruento panorama que nos devuelve para obtener quizá la lección más importante, el «nunca más», es un efecto retardado y sangrante, además de un insulto a la inteligencia.
Hay guerras que vivimos con mayor cercanía, tal vez por una mera profusión de noticias o por simple sesgo cultural, aunque sepamos que las víctimas de los conflictos tengan la misma valía humana sea cual sea, negar dicho matiz rozaría la hipocresía.
Otro factor clave es el grado de empatía, o simpatía si se quiere, por una de las partes de un conflicto bélico. Cuando existe una clara desigualdad entre las partes o se produce una flagrante y evidente violación de hecho y derecho, lo lógico es que nos solidaricemos apoyando a la parte débil. Cuando la Rusia de Putin invade Ucrania, cuando Israel se defiende atacando indiscriminadamente a civiles en Gaza, cuando el pueblo saharaui es hostigado y atacado por Marruecos, cuando los terroristas en cualquier atentado asesinan a inocentes, cuando cualquier estado no respeta la soberanía de otro estado,… lo más coherente es adherirnos a las víctimas en su debilidad.
A finales del siglo XX han estallado otras guerras que estaban latentes, las guerras motivadas por la desigualdad, son conflictos no declarados, con dinámicas diferentes, donde las fronteras ya no son sólo físicas o geográficas. Los nuevos muros de la desigualdad que se levantan con los cimientos del poder, la riqueza, el racismo, las mafias, la violencia, la xenofobia, el machismo, el terrorismo, el fundamentalismo,… y en los que las fronteras marcan la permeabilidad de la supervivencia y la dignidad humana. Eso sí, de un lado siguen estando los poderosos y del otro los débiles.
Los grabados de Los desastres de la guerra de nuestro genial Francisco de Goya siempre me han causado una gran impresión, observando sus detalles me han sensibilizado sobre las crueldades de una guerra, me he sentido horrorizado por las macabras escenas. En ocasiones me he parado a leer los nombres dados a algunos de sus 82 grabados, los que más me han impactado, posteriormente he ido a buscar la reproducción del grabado, el efecto es escalofriante.
Es palmaria la intención de Goya, hacernos ver y sentir la crueldad de la guerra, nada heroico se percibe en ellos, si acaso rasgos de valentía. Con esa visión innovadora, humana, revolucionaria si se quiere, va abriendo camino hacia una conciencia de humanidad, es el pueblo, los hombres y mujeres, de uno y otro bando, los que sufren directamente los desastres de la guerra y cuyos efectos los poderosos desearían seguir ocultando.
El sueño de la razón produce monstruos. Estoy seguro que Goya quedaría igualmente horrorizado viendo como en nuestros días, en cualquier informativo, periódico o por redes sociales se reproducen aquellas escenas de hace más de dos siglos.
Ya lo decía Miguel Hernández: «Tristes guerras/ si no es amor la empresa/ Tristes, tristes. / Tristes armas si no son las palabras. Tristes, tristes. / Tristes hombres/ si no mueren de amores/ Tristes, tristes.»
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