¿Qué ciudad queremos?

El debate sobre la construcción del modelo de ciudad es un debate hurtado a los ciudadanos, como lo es en la mayoría de los casos de cierta sensibilidad e importancia. Todo puede partir de una mala concepción o aplicación de la democracia representativa, así, gran parte de los políticos, partidos, gobiernos, instituciones,… se arrogan plenipotenciariamente la capacidad de planificar y tomar decisiones. Además, muchos ciudadanos desconocen —o delegan— las vías de participación, limitándose a la elección de representantes mediante un proceso electoral, clara manifestación de las carencias democráticas.

Sea como fuere, el ejercicio de un mandato o legislatura durante cuatro años —el caso más común— da para mucho, en ese periodo se pueden cometer desmanes importantes que, en ocasiones, tienen una difícil o imposible marcha atrás. El ejercicio de la consulta de los gobernantes, desde la pequeña escala individual a la más amplia en un proceso participativo ciudadano, es casi nulo, si acaso meramente protocolario, parcial, sesgado y nada vinculante, lo más similar a un paripé.

No es cuestión de que todo sea sometido a consulta, ni a una constante utilización del VAR, pero sí que en determinadas cuestiones, estratégicas y de largo plazo, se obtenga un cierto consenso sobre las líneas de actuación, directrices,… Esas decisiones que precisan de unas acciones que se prolongarán más allá del plazo de los cuatro años antes aludidos, deberían tomarse mediante un necesario proceso de consulta y participación ciudadana. Pero ya sabemos que la predisposición de partidos y políticos a consensuar y trabajar en soluciones colectivas es mínima, a lo cual hay que añadir la falta de conocimiento en materia de procesos colaborativos y de participación; en definitiva, los resultados de un déficit de cultura democrática clamoroso.

Lo habitual es ejercer el ordeno y mando, utilizar el poder y su influencia, hasta someterse al plebiscito de las urnas, cuando corresponda, como único barómetro de la actuación en la gestión política; así nos va. Los problemas derivados son cada vez son más evidentes y hacen que no exista un proyecto colectivo mínimamente conocido y consensuado.

 

Ocurre lo expuesto a todos los niveles, con diferentes grados, tal vez donde resulte más tangible es en nuestras ciudades, el espacio que habitamos diariamente.

Al no existir esa mínima planificación aludida, nuestras ciudades y pueblos se hacen menos coherentes, se actúa de un modo deslavazado, inconexo, sin visión global ni estratégica. Creo que buena parte de esa percepción o constatación proviene de olvidar la idiosincrasia propia de cada pueblo o ciudad, de menoscabar o desconocer su esencia. La tendencia a la estandarización, a repetir o clonar lo que parece exitoso, a extrapolar otras experiencias, es uno de los principales síntomas.

La idiosincrasia parte de un pasado, de lo que se ha sido; también de lo que se es, aunque en el presente esté perdido o diluido parcialmente.

El peso del sector servicios en la economía y en la sociedad actual es fundamental, en España aún más, con especial relevancia del Turismo. En relación a lo anteriormente expuesto, un fenómeno que ya alcanza a casi todo el territorio nacional es el efecto de la gentrificación y turistificación.

Estas dos palabrejas o neologismos son ya casi conocidos por todos, crecientemente aparecen en las noticias asociadas a los problemas que conllevan.

La gentrificación es un término acuñado en los años 60 del pasado siglo por la socióloga Ruth Glass, para dar nombre al fenómeno de los cambios sociales y culturales derivados de la migración a barrios y zonas urbanas —normalmente céntricas— por parte de la burguesía (gentry) londinense. La RAE incluyó hace dos años el término en el DLE y su acepción es muy clarificadora: «Proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de mayor poder adquisitivo».

Por su parte, la palabra turistificación nace como un efecto posterior de la gentrificación, a la que se añaden las consecuencias económicas y sociales del incremento del turismo en determinados barrios y ciudades, por la que las necesidades de sus residentes se ven perjudicadas y desplazadas por la influencia del turismo.

En la actualidad ambos términos se mezclan que aunque tienen componentes diferenciadores y pueden estudiarse separadamente, mantienen unas relaciones muy claras. Son procesos que tienen un recorrido histórico hasta alcanzar en nuestros días su máxima expresión, desde las primeras etapas de la industrialización, pasando por el auge y prosperidad de la clase media, hasta la creciente globalización.

 

No cabe duda que existen aspectos negativos y positivos. El conflicto se genera por el perjuicio entre la población residente que se ve amenazada y desplazada, a veces expulsada, de su hábitat. La especulación inmobiliaria, la escasez y encarecimiento de las viviendas en alquiler, el incremento desmesurado de instalaciones comerciales y el empeoramiento de la convivencia son las principales consecuencias negativas. La rehabilitación de zonas degradadas y el beneficio en el comercio local son algunos de sus aspectos positivos.

 

Conseguir el necesario equilibrio para que estos fenómenos no lleven a unas situaciones que, a medio y largo plazo, sean contraproducentes, es quizás lo más necesario. Para ello es esencial plantearse qué modelo de ciudad queremos, o al menos, qué modelo no queremos, así, se evitarán errores y consecuencias irreversibles en algunos casos. El crecimiento desaforado conlleva unos problemas que llevados a un punto son difíciles de solucionar, para ello es aconsejable no fijar la vista exclusivamente en el corto plazo.

 

Planificación, diálogo, consenso, consulta,… son palabras que no entran dentro de nuestro acervo comunitario y mucho menos político, sin ellas no se puede cimentar un futuro sostenible y confortable. El ejercicio de la imaginación es imprescindible para proyectar nuestro futuro, visualizar una ciudad más amable, acogedora, integradora, nos llevará por el camino deseado y también nos permitirá conocer los peligros y problemas que debemos sortear.

Creo que no es un problema de diagnóstico, casi todos podemos evaluar acertadamente las debilidades y amenazas de nuestra circunstancia, incluso sus fortalezas y oportunidades. Donde estimo que reside el verdadero problema es en la aplicación de esas palabras antes aludidas que son las que hacen que la toma de decisiones se enriquezca y esté engranada.

¿Qué ciudad queremos? es una pregunta que deberían hacerse tanto los ciudadanos como los gobernantes, la respuesta individual es imprescindible, lo demás será cuestión de trabajar para construirla; eso sí, si hay capacidad e intención para acordar.

Descarga este articulo

¿Hay algún artículo que quieras guardar y archivar localmente en formato PDF? Si es así, puedes hacerlo directamente desde la imagen a tu izquierda.

Cómo descargar periódicos en formato PDF online

1. Dirígete al artículo de noticias que deseas guardar

2. Haz clic en «Archivo»> «Imprimir»

3. Donde normalmente elegirías la impresora a usar, debería haber una opción que dice «Guardar como PDF»

4. Finalmente, presiona «Guardar» y elige la ubicación para guardar el archivo