La zona de confort
La antesala para buscar una felicidad en lo cotidiano es encontrar la zona de confort, creo que todos deseamos estar cómodamente instalados en nuestro día a día; si logramos que nuestras tareas diarias —en cualquier ámbito— sean tan deliciosamente mullidas como nuestro cojín predilecto, lo habremos conseguido.
Al principio de cada año surgen los nuevos propósitos que suelen cuestionarnos la instalación en nuestra zona de confort, no hay nada reprochable en ello, pero la competitividad y los continuos y acelerados cambios que nos circundan nos exigen una persistente mudanza para habituarnos y mimetizarnos con el ambiente.
Fabricarnos y acomodarnos en esa apetecible zona de confort cada vez resulta más difícil. El anquilosamiento es el principal riesgo que corremos o al menos es así como se nos hace sentir, parece que si decidimos voluntariamente bajarnos en la próxima estación nos quedaremos viendo pasar los trenes en marcha sin ser parte del pasaje.
Desde el punto de vista de la psicología, la zona de confort se relaciona con otras zonas. Podemos contraponer la zona de confort con la zona de no confort, donde nos sentimos inseguros, con la sensación de pérdida de control y de miedo un escenario no conocido, moviéndonos en esa zona buscamos el refugio cierto de nuestra zona de confort.
Dentro de la vorágine de los acontecimientos que suceden en nuestro entorno vital, se nos impele a abandonar nuestra zona de confort navegando entre la zona de no confort para alcanzar una nueva zona, la zona de aprendizaje que nos permitirá habituarnos a nuestra circunstancia, lograr las nuevas habilidades necesarias en una especie de lucha por la supervivencia. En esta última zona el individuo puede adaptarse a su hábitat y desde una pura concepción darwinista, ir más allá, a la zona de crecimiento, donde los mejor adaptados podrán conseguir sus retos y metas.
Desde este particular y personal punto de vista, muestro mi rechazo cada vez que escucho aquello de que “hay que salir de la zona de confort”, dicho con tono de imperativo categórico; desconozco si esta será una apreciación más o menos compartida.
Parece que se nos quiere imponer vivir en la continua incomodidad, en derrumbar los cimientos de nuestro bienestar, en estandarizar los comportamientos bajo unos parámetros poco individualizados. Ya de por sí, es un trabajo bastante arduo y difícil de conseguir establecernos en una zona de confort que personalmente estimemos aceptable, para que se nos cuestione la conveniencia del mismo.
Desde lo personal, la zona de confort es un espacio que cada uno se construye —o debería construirse— dentro de sus posibilidades y objetivos, me parece muy saludable que cada persona sea su propio arquitecto, no renunciar a crearse un hábitat más amable y cómodo, creo que es un derecho inalienable e irrenunciable de cada persona. Una de las decisiones más cruciales que creo debemos tener en cuenta para crearnos un entorno confortable es la gestión del tiempo, partiendo de la premisa de que el tiempo es el factor más valioso e imponderable de nuestra vida, administrar consecuentemente nuestro tiempo para que nuestra zona de confort se expanda y se enriquezca.
Fuera del ámbito personal, gestionar la influencia de lo social y laboral, para que se integre positivamente en nuestra propia zona de confort, es un asunto más complicado y en los que intervienen múltiples factores externos sobre los que tenemos un control más limitado. Tal vez lo esencial en este aspecto es mantener un equilibrio razonable que permitan conciliarlas con nuestro ámbito personal y familiar.
No dejarse absorber por las ataduras profesionales es esencial, la vida laboral, que es parte importante dentro de nuestras vidas, no debe fagocitar otros espacios vitales. Ser y estar interactúan, pero no deben confundirse, cada uno tiene su esfera de actuación diferenciada.
Nuestro vínculo social es inherente, somos animales sociales por naturaleza, es necesario ocuparse por lo colectivo si queremos establecer la arquitectura necesaria de nuestra zona de confort, ya que en gran medida vendrá establecida por las ventajas que nuestro sistema de convivencia alcance. Resultaría un gran error desvincularnos de nuestro compromiso social, de construir y mantener un entorno social razonable; el egoísmo que se instala en la zona de confort del sofá de nuestro salón poco aporta y, tarde o temprano, repercutirá en cada uno de nosotros.
Todo lo expuesto puede entroncar con esa gran palabra que es felicidad, un concepto tan subjetivo como inasible. Una palabra tótem que hoy en día creo que se emplea con mucha ligereza y superficialidad. Yo siempre prefiero contentarme con sucedáneos temporales y parciales que me acercan a estados transitorios de felicidad. Conquistar trocitos de felicidad para colocarlos y tenerlos a mano en esa zona de confort que voy creando poco a poco, sin prisa pero sin pausa.
Alcanzar la zona de confort es una continua work in progress, los que así la concebimos, no encontramos espacio para el aburrimiento y el desaliento. Decía el gran Henry David Thoreau, ejemplo de pura voluntad, en su conferencia (1848) y posterior ensayo sobre la Resistencia al gobierno civil (más conocido como La desobediencia civil, 1849), que «indudablemente, el tedio y el aburrimiento, que presumen de haber agotado la variedad y los goces de la vida, son tan viejos como Adán. Pero las capacidades del hombre jamás se han medido, ni nos corresponde juzgar por cualquier precedente lo que el hombre puede hacer, pues es muy poco lo que ha intentado».
Salgamos y entremos en nuestra particular zona de confort, es una íntima desobediencia que podemos conseguir.
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