De un r(R)ufián y de rufianes

 

Antes de entrar en hostilidades y que sobre el papel se impregnen algunas motas de sangre, me gustaría acudir al diccionario para curiosear en la palabra que se redunda en el título del presente artículo.

Recoge nuestro Diccionario de la Lengua Española (DLE) sobre el vocablo «rufián,na» en su primera acepción y más utilizada: «persona sin honor, perversa, despreciable». Como sinónimos indica los siguientes: «sinvergüenza, truhan, canalla, bellaco, granuja, pícaro, bribón, baladrón, bastardo». Si nos vamos a la etimología de la palabra nos aporta más detalles interesantes: «quizá del italiano ruffiano, y este del latín rufus—pelirrojo, rubio—, por alusión a la costumbre de las meretrices romanas de adornarse con pelucas rubias».

En el desarrollo del artículo tal vez tenga que recurrir a este contenido etimológico, ya que ante motivos supremacistas será bueno recordar que la etimología es uno de los primigenios.

 

No soy propenso a juzgar a las personas, mucho menos sin conocerlas. Cuando se trata de una persona pública hago valoraciones en relación a su actividad, entrar en apreciaciones ajenas a ella es, cuando menos, una zafiedad. Cosa distinta es que el comportamiento público denote con suficiente evidencia la calidad y catadura moral o ética de la persona que sustenta el personaje.

Gabriel Rufián Romero dixit: «soy un charnego y soy independentista». Lo primero es notorio ya que no posee ocho apellidos catalanes, ha manifestado que «soy hijo y nieto de andaluces que llegaron a Cataluña hace 55 años desde Jaén y Granada…». Lo segundo, también, es diputado por Esquerra Republicana (ERC) en el Congreso de los Diputados desde 2016 y en la presente legislatura ostenta varios cargos, vocalías y adscripciones en el mismo.

Rufián sucedió a Joan Tardà, histórico diputado de ERC en el Congreso, le sucedió, pero no heredó el talante y saber estar de este último. He comprobado en repetidas ocasiones que mantiene ciertas actitudes que no me agradan. Tiene una mezcolanza en su comportamiento de lo chulesco, cínico, victimista y provocador, también con grosería y prepotencia; todo ello con independencia de los argumentos y los razonamientos y tendencias políticas de cada cual que, afortunadamente, todos somos libres de elegir y defender.

Recuerdo la réplica de Josep Borrell, siendo Ministro de Asuntos Exteriores, tras unas notables descalificaciones de Rufián en sede parlamentaria, indicándole que «una vez más señor Rufián, a vertido usted sobre el hemiciclo esa mezcla de serrín y estiércol que es lo único que es usted capaz de producir». Rufián tuvo que abandonar el hemiciclo tras una tercera llamada al orden y montar el show que le caracteriza.

 

Rufián está orgulloso de sus ascendentes andaluces y de ser charnego, nada objetable hay en ello, todo lo contrario. Hace unos días ha vuelto sobre esa circunstancia, parece que utiliza ese argumento para esgrimirlo, pero en verdad creo que es más una excusatio non petita, accusatio manifesta, parece que la conciencia se le remueve y la utiliza a su antojo.

Lástima que Rufián no haya sido capaz de captar los valores y la historia de la tierra de sus ancestros, me hubiera gustado que fuera un andaluz orgulloso que nació en Cataluña, como pudiera haber nacido en Madrid o Bilbao, más que un abanderado charnego.

Andalucía es una región, para ser andaluz no se requiere haber nacido dentro de su territorio, ni poseer un documento que así lo acredite ni por fijar allí su residencia ni estar empadronado dentro de su territorio, sí es preciso que cale en su alma la esencia de lo andaluz: «hombres de luz que a los hombres, alma de hombres le dimos» y que todo «¡Sea por Andalucía libre, España y la humanidad!». El corazón del verdadero andaluz aspira a la libertad, por ello no tiene fronteras, no las crea, las derrumba.

 

Andalucía, como toda región, ha pasado por múltiples circunstancias en su devenir histórico, utilizar hoy en día una foto fija de una —otrora— Andalucía subdesarrollada para validar o reforzar los propios argumentos es una mezquindad.

 

La historia de los territorios de Andalucía se remonta a Tartessos. Testimonios asirios de los siglos VIII y VII a. C. recogen inscripciones sobre Tartessos, el poeta romano Avieno en su Ora marítima menciona referencias datadas en el siglo VI a. C., Heródoto, Aristófanes, Hesíodo,… Estrabón recogió que «conocen la escritura y poseen, incluso, testimonios de su antiguo pasado: crónicas históricas, poemas y leyes en verso, que dicen ser de una antigüedad de seis mil años». Además de las referencias romanas de Plinio el Viejo y Pomponio Mela, y las bíblicas.

Judíos y musulmanes siguen añorando estas tierras, multitud de viajeros han quedado prendados no solo del territorio sino de nuestro saber vivir.

Andalucía, tierra de idas y de vueltas, con sus múltiples virtudes y sus escasos defectos, no es traída a colación debidamente por los que quieren minusvalorarla; incluso por aquellos que comparten una cultura mediterránea, pero que prefieren ensalzar su particular prevalencia.

 

Por desgracia hay muchos rufianes que se alojan en algún tipo de supremacismo más o menos encubierto. Levantar muros, barreras, fronteras para construir, inventar o mantener la diferencia es la actividad rufianesca por excelencia.

Invito a estos rufianes a convertirse, solo tienen que derribar fronteras y allí encontrarán los brazos abiertos en «paz y esperanza, bajo el sol de nuestra tierra», Andalucía. Quizá haya otras tierras de acogida, esta es la mía y damos fe de ello.

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