Brazo de madera y culo de poltrona

       La disidencia está demodé. Por lo general, no es políticamente correcta, y en el estricto ámbito político, además, está en completo desuso.

         El gulag, el campo de concentración o la prisión solo son reminiscencias de tiempos peores donde terminaban con sus huesos los disidentes, cuando no eran directamente asesinados. Ahora son contados y evidentes los países no democráticos donde los disidentes, o meramente los opositores al poder establecido, sufren la privación de libertad y también la tortura en ciertos casos

     Pero la disidencia sigue viva, en tanto en cuanto es un movimiento que contrarresta el intrínseco ejercicio coercitivo del poder. El disidente ya no es el héroe de carne y hueso, sin capa, que se jugaba la vida y su libertad contra los poderes dictatoriales o corruptos que oprimían al pueblo. El disidente es hoy en día una rara avis que ha mudado su plumaje, que se camufla y que apenas podemos identificar.

         En el siglo XXI se condena al gulag y a la prisión mediática a la disidencia, se acalla la voz del disidente por el mero hecho de ser discrepante, el dogma y la ortodoxia de lo políticamente correcto se ha implantado y sus principales carceleros son los partidos políticos que abanderan a los grupos de influencia y presión que los sostienen. Fuera de la esfera que contiene la polarización del discurso político está la nada, el vacío, no cabe otra opción; dudar, opinar, disentir son acciones que deben ser encapsuladas y enviadas al espacio exterior de la vida pública.

 

         La distopía orweliana es, cada vez más, una realidad. Se quiere una sociedad de ciudadanos hiperocupados, ultracabreados, hiperpolarizados,… se ha creado el caldo de cultivo perfecto para que la Política sea cosa de políticos, y sobre todo, de partidos políticos. Los ciudadanos han dejado de ser representados, son meros súbditos de sus representantes, el Gran Hermano se encarga de todo, el despotismo democrático bajo el sistema partitocrático es la solución.

 

Recientemente hemos vivido un ejemplo más de como la partitocracia ejerce su hegemonía. El presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page del PSOE hizo unas declaraciones sobre las actuaciones de su partido a nivel nacional indicando que «probablemente estamos muy en el límite ya, en el extrarradio de la Constitución, estamos a punto de pisar la frontera constitucional. Ese límite me gustaría que no se pase nunca porque el PSOE es, como partido, esencial y capital en la estructura constitucional del país […]».

       Rápidamente, el ministro y vocal de la ejecutiva del PSOE, Óscar Puente, salió a la réplica para frenar las incontinencias verbales de una de sus ovejas descarriadas, mandándole el recadito: «Yo creo que quien está en el extrarradio del PSOE es el señor Gracía-Page desde hace bastante tiempo».

       Este ejemplo, como muchos otros, evidencia que poner en cuestión las decisiones del partido o gobierno de turno debe ser inmediatamente corregido. La libertad de pensamiento y opinión dentro de los partidos es libre mientras no sea verbalizada, no se puede poner en cuestión las acciones del partido. Si la libertad de expresión es coartada el pensamiento crítico no discurre y no se hace fértil, el dogmatismo político, sus exégetas y líderes son los encargados de la ortodoxia que la infalibilidad de estos marca.

       Me sorprende como en determinadas cuestiones los representantes políticos votan con el brazo de madera que impone y eleva el partido; todos a uno votan lo que el partido ha decidido. ¿Dónde está el derecho a la disidencia y a la discrepancia? Al parecer, cuando se toma posesión del cargo representando a un partido, también se le vende el alma al mismo. La obediencia debida a la disciplina de partido se impone en todo caso a la libertad individual y de conciencia de sus representantes.

 

       Al brazo de madera hay que unirle el culo de poltrona. Una vez sentadas las democráticas posaderas sobre la poltrona hay que mantenerlas bien aposentadas a toda costa. Los partidos premian a sus acólitos con una poltrona a perpetuidad siempre y cuando mantengan la debida disciplina y obediencia a los jerarcas plenipotenciarios. A veces, se producen luchas intestinas y territoriales por el control de la manada, pero una vez calmadas las aguas, todo vuelve a su ser.

       Brazo de madera y culo de poltrona nada traen de bueno al sistema democrático y, sin embargo, son las bases sobre las que se asientan los partidos y la partitocracia. Creo que la crisis de representatividad que se extiende por casi toda la geografía europea parte del inmovilismo que se ha instalado en los sistemas democráticos y que impiden una evolución hacia nuevas estructuras más dinámicas y libres, fuera del férreo control que ejercen los partidos. 

 

       ¿Y quién le pone el cascabel al gato? Es obvio que los partidos y los políticos no. ¿Los ciudadanos tal vez? Difícilmente, la gran masa de ciudadanos se encuentra domeñada bajo una lobotomía social impuesta donde reina la desilusión, la apatía, el desconocimiento, la manipulación,… ¿Los disidentes y discrepantes? Son poco visibles, no tienen poder de convocatoria, están desestructurados,… condenados al ostracismo mediático donde ni influyen ni son escuchados.

       Tal vez, cuando nos queramos dar cuenta, los hechos impondrán su cruda realidad, y ya será tarde, se irá degradando paulatinamente el sistema de libertades, mermando nuestros derechos y olvidando nuestras obligaciones y todo aquello que se ha construido durante décadas padecerá una involución que nunca hubiéramos querido.

 

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