Ciencias humanas, humanas ciencias

       Durante el pasado siglo XX, el progreso de las Ciencias —en plural—ha sido formidable, ya entrado nuestro siglo XXI se ha producido un crecimiento casi exponencial en todos sus campos (tecnológico, médico, astronómico, biológico,…).

         El siglo XX también ha sido un siglo extraordinario en cuanto a las Humanidades, que ya venía lanzado desde finales del siglo anterior, impresiona el número de expresiones tan variopintas e innovadoras.

 

         En España, a principios del siglo XX, Unamuno, desde perspectivas diferentes, se mostraban reticentes ante los nuevos paradigmas que la Ciencia. Indicaba su animadversión hacia la «ortodoxia de la Ciencia» que le llevó a plantear la excepción hispánica frente a lo europeo y lo moderno en su famoso «Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones» contenida en el ensayo El pórtico del Templo (1906). Años más tarde, desde una perspectiva diferente, Ortega y Gasset, también advertía de los peligros con «la barbarie del especialismo» del hombre-masa en La rebelión de las masas (1930) y en La meditación de la técnica (1939).

         Pero otros grandes exponentes en aquella época que desde el mundo de las Ciencias se ocuparon de las Humanidades con bastante brillantez, demostraron que ambas facetas no son mundos aparte, por el contrario, son necesariamente complementarios; Gregorio Marañón, Santiago Ramón y Cajal, Pío Baroja, por ejemplo.

 

       Con esta introducción quiero venir a significar lo mucho que España ha cambiado en cuanto a la importancia y relevancia que la Ciencia ha tenido hasta nuestros días. En muchos campos hay españoles que se consideran referencias mundiales en sus materias y que gozan de un prestigio internacional incuestionables, además de la buena consideración de la excelente formación, que muchos de los hombres y mujeres de ciencia tienen en el panorama internacional empresarial y público.

         Causa perplejidad la evolución que la ciencia tiene en nuestras vidas, en la cotidianidad, los grandes avances que estamos viviendo y los que nos esperan en un futuro no muy lejano, me producen un gran asombro. Y precisamente esa sea la palabra que más me sugestiona de la Ciencia, su capacidad de asombrar por los nuevos territorios que conquista y los avances que consigue.

 

         Recientemente he leído de un gran divulgador y periodista científico Antonio Martínez Ron, su Diccionario del asombro, subtitulado Una historia de la ciencia a través de las palabras. En una de las páginas preliminares recoge una cita de Carlos Linneo, «si se desconoce el nombre de las cosas, su conocimiento también se pierde», ese afán es el que lleva al autor a indicar en el prefacio que «mi intención es experimentar con un formato que me permita compartir el gozo de ver evolucionar las palabras paridas por la ciencia y, a la vez, aportar una panorámica lo más completa posible sobre esta relación entre el lenguaje y los descubrimientos. O dicho de otra forma, mostrar lo que algunos científicos tienen de poetas».

 

         Como diccionario, elige una muestra de palabras científicas de la A a la Z que son suficientemente significativas y esconden unas bellas circunstancias en su evolución histórica, recorriendo otras tantas palabras para llegar a términos más actuales.

         En L de Látex nos recuerda con nuestra llegada a América de los primeros exploradores el descubrimiento de un juego nativo con pelotas de plástico con un material viscoso de algunos árboles llamado hule (olli, en lengua náhuatl). Añade que Bartolomé de las Casas escribió que «con una goma que llaman ulli […] hacen las pelotas con que juegan, que saltan seis veces más que las nuestras de viento y no paran de bullir saltando», y otros comentarios de Fernández de Oviedo y de Pedro Mártir de Anglería. Y los franceses en Ecuador encontraron el cahutchu que finalmente se denominaría caucho, un jugo muy lechoso (suc laiteux, de ahí, latex). Posteriormente, se derivaron las gomas de borrar, la vulcanización, los polímeros, los plásticos, el celuloide, poliestileno, PVC, el neopreno, el nylon, el teflón, el kevlar, el velcro, el PET, hasta llegar al grafito.

 

         En la N de Neurona nos recuerda Martínez Ron los esfuerzos del padre de la neurociencia, Ramón y Cajal, para adentrarse en la «selva impenetrable de la sustancia gris» y como los escribe en Recuerdos de una vida: «el jardín de la neurología brinda al investigador espectáculos cautivadores y emociones artísticas incomparables. En él hallaron, al fin, mis instintos estéticos plena satisfacción. ¡Cómo el entomólogo a la caza de mariposas de vistosos matices, mi atención perseguía, en el vergel de la sustancia gris, células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental!». Después vendrían otros términos, dendrita, sinapsis, neurotransmisores, las zonas cerebrales,…

 

         Robert Oppenheimer, director del laboratorio de Los Álamos lleva a cabo el ensayo llamado Trinity, lo que será la primera detonación nuclear, así se recoge en T de Trinita; pocas semanas más tarde se lanzaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Se remonta más atrás con la utilización de la pólvora (medicina de fuego en chino) por parte de los chinos y como Hernán Cortés las utilizaba en sus bombardas hasta llegar a Tenochtitlán. Siguiendo con la nitrocelulosa, la pólvora negra, el TNT, hasta llegar a la nitroglicerina.

 

         W de Wifi, X de Xenobiótico, Z de Zoonosis, la Ñ no está incluida como tal pero existe el Apéndice I Ciencia con eñe, en el que se hace un repaso por ciertos términos importantes y que tienen una repercusión considerable en la Ciencia.

         El Apéndice II Algunos asombros más también hace un recorrido menos pormenorizado por un gran número de términos de gran curiosidad e relevancia.

 

         Habituarnos con esta inmensa terminología que nos circunda por doquier es una tarea ardua, pero cada vez más necesaria. La Ciencia nos acompaña crecientemente en todo nuestro quehacer humano y no queda más remedio que habituarnos si queremos movernos por un entorno mutante, capacidad de adaptación al medio. Eso sí, debemos acompañar a la Ciencia dosis adecuadas de poesía, si queremos que el entorno siga siendo mayoritariamente humano; en definitiva, la Ciencia es una creación humana y eso es lo alucinantemente maravilloso, asombroso y sublimemente poético.

 

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