La Radio eterna

       Si tuviera que elegir mi medio de comunicación predilecto, indudablemente, me quedaría con la radio. La razón principal que motiva mi elección es bien conocida, manida si se quiere, pero no deja de ser igualmente contundente, su magia, la magia de la radio.

         En mi casa siempre se escuchó la radio, mi padre era un empedernido radioadicto, de los del transistor bajo la almohada. La radio de las últimas décadas del siglo XX era una ventana abierta al mundo con una gran riqueza cultural, para hacerse una idea de la dimensión de la radio en aquella época recomiendo encarecidamente ver la genial e imprescindible película de Sáenz de Heredia Historias de la radio (1955), un reparto impresionante (Francisco Rabal, Margarita Andrey, José Isbert, Tony Leblanc, Juanjo Menéndez, Ángel de Andrés, Alberto Romea,… y en la que aparecen también Bobby Deglané, Luis Molowny, Rafael Gómez “El Gallo”, Gracia Montes,…), en la que se suceden tres historias independientes entorno a la radio.

         A nivel internacional, otra gran película de obligada visión, Días de Radio (Radio Days, 1987) de Woody Allen, una sensacional y encantadora visión de la etapa dorada de la radio norteamericana.

 

       En la incipiente democracia española, tras la Constitución del 78, las radios independientes y  locales, que ya emergían por doquier como voz libre del pueblo, van cobrando cada vez más importancia y expansión. Manuel Chaparro, coordinador de la E.M.A. (Emisoras Municipales de Andalucía) y director de Radio Aljarafe en 1992 indicaba en un artículo de opinión titulado «Emisoras Municipales» que «los índices de audiencia local se incrementan año tras año. En 1991 las 45 emisoras asociadas a E.M.A. recogían más de 100.000 oyentes en una Comunidad Autónoma donde el programa de más audiencia rozaba los 400.000».

         Aparte de la inherente labor informativa con la que nacen las radios locales también destaca el autor del artículo otro aspecto crucial de estas emisoras añadiendo que «el poder local debe contribuir a evitar cualquier sospecha de uso partidista que empañe la credibilidad de un medio nacido y hecho para la participación ciudadana. Por más que nos empeñemos, la cultura escrita con todas sus mayúsculas, jamás será popular si no es por iniciativa de quienes están en la posesión de la misma y tiene poder de difusión».

 

Para un joven como yo, en la década de los ochenta, la posibilidad de participar en la incipiente radio local Radio Chipiona era una oportunidad única para una mente despierta. Además de escuchar las emisoras a nivel nacional ahora se abría la opción de hacer radio, el gran grupo de jóvenes que hicieron crecer Radio Chipiona hasta nuestros días; este año ha cumplido 40 años y ha obtenido la distinción del Premio Andalucía de Comunicación Audiovisual Local.

 

Organizando mi archivo personal salen a rebalaje carpetas y folios sueltos de mis programas en Radio Chipiona, programas de música, desde el pop y rock (Alternativa), pasando por la New Age y la Música Clásica (Clásica de 0 a 100); un programa de tertulia (Café para todos), otro de baloncesto, de entrevistas,… ahora con este espacio de opinión (Negrita, subrayado y cursiva), y pronto con la versión radiofónica del drama de Federico Oliver El crimen de todos. Con todo ello, caigo en la cuenta que la persona que soy hubiera sido bastante distinta de no haberse cruzado la magia de la radio en mi vida, tanto siendo oyente como locutor o director de programas.

La radio era, y es, una ventana abierta al mundo, nos permite conocerlo mejor y también darlo a conocer, difundir informaciones y opiniones, ampliar el rango de nuestra visión e interpretación de nuestro entorno de un modo cada vez más amplio, con la gran peculiaridad de que las palabras —la música también— y sus dinámicas, son las protagonistas, a diferencia de otros medios de comunicación.

 

La muerte de la radio ha sido anunciada muchas veces, las nuevas tecnologías y las nuevas formas de comunicación amenazaban con la liquidación de un medio que ya se presumía como anticuado, los que así pronosticaban su declive poco conocían del poder de la radio, de esa magia indestructible y enigmática que la mantiene viva. Por el contrario, la radio puede decirse que está más viva que nunca, las grandes amenazas se han convertido en oportunidades que ha sabido captar y adaptar en nuevos formatos radiofónicos, la radio a la carta y los podcast le han dado un nuevo impulso y se ha adaptado a las diferentes formas de escuchar la radio que dispone el oyente.

 

En el caso de las radios independientes —en sus formatos actuales— y de las radios locales, el peligro proviene de la pérdida de su autonomía. Tal como indicaba Manuel Chaparro en el mencionado artículo, aparte de la labor informativa, es necesario un suficiente espacio de espíritu crítico que ejerza libremente la opinión y, también, el fomento de esa actitud crítica que forme a su audiencia potencial lejos del anquilosamiento y de las presiones dirigidas a vaciar de contenido o desarbolar su capacidad de valoración, expresión y opinión. Una radio al servicio de la ciudadanía en lo informativo y en lo crítico debería ser el objetivo de todo responsable político que quiera potenciar la labor de las radios locales; maniatarla, coartarla, no dotarla de recursos suficientes,… en definitiva, no apostar por su futuro, es cortarle las alas a un medio de comunicación tan provechoso y de enorme utilidad pública.

 

Ante este panorama general, la radio sigue siendo un medio pujante y muy significativo, creo que su futuro está salvaguardado si continúa trabajando en esa íntima unión con el oyente, estando a pie de calle, en la cotidianidad, como reducto de libertad para la opinión pública.

La radio eterna, siempre presente y acompañando al oyente, siendo su confidente, entretenedora y válvula de escape.

¡Larga vida a la radio!

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