Empleados públicos,                   más allá del tópico

 

       Para analizar cualquier cuestión seriamente es necesario alejarse de lo tópico y manido, atender al detalle y conocer todos los aspectos en su profundidad, los juicios a la ligera y los prejuicios poco aportan para obtener una visión mínimamente acertada de la cuestión que sometemos a valoración; generalmente, la realidad es más compleja de lo que en principio se evidencia.

 

              Hablar de lo público y de los empleados públicos es quizás uno de los temas sobre los que los prejuicios surgen rápida y espontáneamente, saltan a las primeras de cambio, tal vez el «vuelva usted mañana» de Mariano José de Larra cuelgue como un sambenito sobre todo lo relacionado con la labor pública.

              No soy partidario de un corporativismo a ultranza, por convicción todo aquello que se apega a lo extremo no me parece razonable, pero sí soy defensor y entiendo la actitud corporativista en lo público en tanto en cuanto es necesaria como garante del interés común y del principio de igualdad, entre otros motivos. 

       El ejercicio imperfecto de la actividad en el sector público es un hecho, se perfecciona con una buena gestión y con unos buenos controles que eviten distorsiones importantes y peligrosas que desvirtúen el recto sentido del bien común. La adecuada interacción entre el poder político y la labor profesional técnica y administrativa que conforman los distintos órganos de la Administración pública determinará el nivel, más o menos acertado, con el que actúen. 

 

       Hace escasos días se ha producido la luctuosa muerte en acto de servicio de dos miembros de la Guardia Civil en Barbate cuando, cumpliendo órdenes, intentaban controlar la actividad de las lanchas dedicadas al narcotráfico.

              Este desgraciado incidente puede servir para ilustrar, como mal ejemplo, la interacción de los distintos estamentos que antes apuntábamos en la Administración pública. Por un lado, hay que destacar que estos dos agentes fallecidos, haciendo uso de su voluntad de servicio público acataron las órdenes de los superiores conociendo la falta de medios con las que contaban y de la peligrosidad de su actuación. La cadena de decisiones desde la política a las órdenes técnicas de los mandos, no fue la más adecuada y segura.

 

              Salvando las distancias y las peculiaridades de cada servicio público, la gran mayoría de los empleados públicos tienen una clara vocación, tanto servicio como de compromiso con su labor. Indudablemente, siempre hay excepciones como en toda actividad humana, pero esa vocación y compromiso pervive durante la carrera de la mayoría de los empleados públicos, aunque episodios similares al anteriormente expuesto y en diferente grado, los frustren o desanimen.

       Las estructuras del poder y jerárquicas deben actuar siempre de conformidad con la responsabilidad que conllevan, el factor humano debe ser antepuesto en la toma de decisiones, la racionalidad y proporcionalidad son indispensables. La decisión política siempre debe ser tamizada por la actuación técnica y no siempre casan, contentar al político sin tener en cuenta los medios y recursos es una irresponsabilidad que conlleva a unos resultados nefastos. Lo más grave es no tener en cuenta el factor humano, no hacer partícipe del problema y de la búsqueda de soluciones a los empleados públicos que le conciernen, no conocer la realidad a pie de tajo de los que ejecutan las órdenes.

 

       Ser parte del problema y nunca de la solución lleva a la frustración de esa vocación de servicio público, el descontento se generaliza y se repercute en la calidad del servicio prestado. Esa toma de decisiones que ningunea a la gran parte de los empleados públicos y que normalmente es desconocida por la opinión pública, hace que esta acuse genéricamente a los empleados públicos y les cuelgue ese sambenito aludido al principio. Lo extremadamente grave proviene de una cierta actitud de connivencia entre el político de turno y las instancias superiores técnicas, los problemas crecen, se enquistan y se extienden a gran parte de los empleados públicos y, posteriormente, repercuten negativamente en la sociedad.

 

       La creciente complejidad de nuestro mundo actual precisa de una tutela eficiente de los intereses públicos, la labor de la Administración pública de salvaguarda del bien común y de la defensa de derechos y libertades será cada vez más necesaria y deberá actuar con mayor diligencia y efectividad. Fortalecer los controles y la supervisión en un gran campo de actividades es una labor que precisa del refuerzo de muchas áreas de la Administración pública para lo que es imprescindible la motivación del personal a cargo de dichas tareas, además de una adecuada formación y una indispensable dotación de medios y recursos.

       Cuando se tiene un buen diagnóstico de la realidad es posible una adecuada labor legislativa o normativa, siendo así, haciendo una buena gestión de las medidas acordes a los problemas que se plantean, las soluciones serán más certeras. La cualificación de todas las partes implicadas en el proceso de toma de decisiones en la Administración pública es esencial, si se tiene un deficiente conocimiento o tecnificación o se actúa de un modo tendencioso o arbitrario, las soluciones nunca serán apropiadas. Nuevamente el factor humano es esencial, el compromiso y la implicación son indispensables, pero es algo que se logra trabajando y motivando en los objetivos, nunca ninguneando ni dando un valor residual a los últimos responsables en su ejecución.

 

       Trabajar con grupos humanos es una labor difícil, la comunicación y la motivación son elementos sobre los que se deben aplicar mucho esfuerzo y tiempo, la jerarquía no es suficiente, se precisan grandes dosis de empatía y de conocimiento para trabajar con los personas —en este caso con los empleados públicos— y tenerlos enfocados en unos objetivos comunes y compartidos; cosa que por experiencia puedo decir que no se cumple.

 

        En muchas ocasiones es necesario atajar los problemas de forma creativa, desde otras perspectivas, los viejos métodos que habitualmente se han empleado no son válidos para proponer unas soluciones en unos entornos cada vez más cambiantes, no podemos solucionar los novedosos problemas con la aplicación de las mismas medidas que han demostrado ser insuficientes o ineficaces.

 

       Pero la creatividad en la función pública está directamente reñida con la jerarquía, siendo creativos se saltan barreras, muros de contención, que los intereses espurios han construido, las normas del juegos están marcadas y cambiarlas no es plato de buen gusto del establishmentquietecitos estamos más guapos—, el poder tiende al control y al inmovilismo.

 

       Así, los empleados públicos, y sobre todo las categorías más implicadas en la labor ejecutiva, se convierten en meros burócratas, escasamente motivados y valorados, puestos como parapetos de la administración frente a los administrados y sobre los que recae la animadversión de estos.

       Más allá del tópico del «vuelva usted mañana» quizás sea necesario conocer por todos la otra versión que subyace bajo la aparente realidad.

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