Agricultura, valor y precio

 

Los agricultores de gran parte de los países de la Unión Europea se están movilizando ante la difícil situación en la que se encuentran en la actualidad.

La precariedad de la agricultura es algo consustancial a ella, la  interdependencia con la climatología y sus múltiples efectos la hacen muy vulnerable e imprevisible; además de otros muchos factores igualmente influyentes en la actividad agrícola. El coleccionismo a nivel privado me parece una de las aficiones más particulares y curiosas. El coleccionismo a nivel público tiene unos parámetros y objetivos muy diferentes a ese meticuloso y especial coleccionismo que se hace privadamente o en pequeños círculos.

El Neolítico supone una auténtica revolución, el paso del nomadismo a un creciente sedentarismo hace que la agricultura vaya desarrollándose, paulatinamente, como una actividad más importante para el ser humano. Podemos imaginar el gran número de problemas y vicisitudes que debieron solucionar los primeros agricultores para hacer rentables sus esfuerzos, una lucha sempiterna con el medio para «sacar agua de las piedras» que perdura en nuestros días.

 

Aquella agricultura de subsistencia y de autoconsumo, se fue convirtiendo en actividad económica, la agricultura se sometió al trueque, a los tributos, al mercadeo,…; en la actualidad es una ocupación casi exclusivamente empresarial y profesional. A pesar de los avances agronómicos y técnicos, la agricultura sigue siendo una actividad precaria, pero los motivos de su precariedad no se encuentran exclusivamente ligados a los factores indicados inicialmente, tanto el sistema de mercado de los productos agrícolas como las políticas públicas tienen un peso determinante en la situación actual de la agricultura.

 

Desde mi punto de vista, las recientes manifestaciones de los agricultores europeos han evidenciado, fundamentalmente, tres aspectos: el primero, la precariedad de los agricultores es insostenible; en segundo lugar, la movilización y organización ha surgido desde la base, desde los agricultores a nivel individual; y el tercero, la protesta ha sido transversal y en cadena, en cuanto ha movilizado a agricultores de diversos países.

 

Pocas veces se han visto unas protestas tan significativas que compartan unas reivindicaciones a nivel europeo y que tengan una repercusión y dimensión considerables. Queda patente que la situación de la agricultura en Europa pasa por unos momentos críticos. El intervencionismo de la Política Agraria Común (PAC) es ineficaz en cuanto a las medidas tendentes a crear un marco de estabilidad a la agricultura, los precios no aseguran un margen razonable para que sean rentables las explotaciones agrícolas, el valor añadido en la cadena alimentaria no repercute equilibradamente a todos sus componentes, siendo los agricultores los más perjudicados y la parte más débil de ese engranaje. La competencia desleal —en ciertos casos— y los intereses comerciales y políticos, es una argumentación reincidente por gran parte de los agricultores europeos.

Estos reprochan el ahogamiento administrativo, comercial, financiero,… que se está sometiendo a sus actividades. Hacer una agricultura dependiente y subsidiada en buena parte, y establecer una legislación y una normativa tan restrictiva no creo que sea un buen planteamiento a medio plazo.

El sector primario precisa de un conocimiento profundo para adoptar medidas que sean acordes a su circunstancia. Quizá exista un ninguneo o un menosprecio a los agricultores europeos por parte de las distintas instituciones, tal vez se haya decidido desde las altas instancias que la terciarización de la economía sea prioritaria —al menos en algunos países europeos— en detrimento del primer sector, cosa que es un auténtico suicidio.

 

El inicio de las movilizaciones partió de los propios agricultores a nivel individual —aunque ya se sabe que «a río revuelto…»—, lo cual es un indicativo del nivel de hartazgo de los mismos y de la situación crítica en la que viven. También aquí falla la representatividad, los sindicatos agrarios se sumaron a las protestas a toro pasado, cuando comprobaron el éxito de las mismas y que se quedaban fuera de juego. La crisis de la representatividad no solo alcanza a los representantes políticos, también a los sindicatos y a los sindicatos agrícolas, demostrando su falta de operatividad y el escaso conocimiento y sensibilización con los problemas; las protestas han sido todo un torpedo en la línea de flotación de los sindicatos agrarios, quizás más preocupados del juego político y de atender a la voz de su amo.

 

Dentro de la dialéctica política actual y la polarización creciente en la que los partidos y los políticos tienen enmarañada a la sociedad, que un movimiento transversal y plurinacional haya logrado que se atienda a sus reivindicaciones es todo un éxito. Conseguir que los políticos de diversos países y los gobernantes europeos hayan tenido que bajar a pie de calle para conocer la realidad y plantar cara a las políticas ineficaces, es un éxito difícil de lograr; en esta ocasión no han podido esperar a que escampara y se están adoptando medidas correctoras aunque no suficientes.

 

Los agricultores están acostumbrados a luchar solos ante el peligro, a hacer frente a los temporales —a los meteorológicos y de otra índole—, a trabajar con una incertidumbre extrema, a levantarse tras la caída y reconstruir desde cero, a reinventarse,… Pero todo tiene un límite, es inadmisible que se les intente ahogar de múltiples maneras y que sigan trabajando y esforzándose incluso vendiendo a pérdidas.

 

Tal vez la situación actual de la agricultura no sea más que una metáfora de los tiempos que nos han tocado vivir, en la que la necedad haya alcanzado cotas máximas confundiendo, como diría Antonio Machado, «valor y precio». Debemos restituir el valor a todo aquello que no tiene precio y devolverles las monedas a aquellos que creen que todo tiene un precio y se puede pagar con dinero, son rasgos de humanidad por los que merece la pena seguir luchando.

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