Estado de corrupción generalizada (ECG)

En el espacio semanal de estos artículos contenidos en Negrita, subrayado y cursiva suelo frecuentar la crítica sobre lo público. La corrupción es uno de los males —ya casi endémico en España— que aparece asiduamente en el contenido de los mismos, es un leitmotiv un tanto recurrente en el que, a riesgo de ser tachado de repetitivo o, sí se quiere, directamente pesado, incido por estimarlo muy grave.

Desconozco con la profundidad debida como el problema de la corrupción se desarrolla en otros países de nuestro entorno europeo, aunque sospecho que en ciertos aspectos tendrá un comportamiento similar al español.

 

rupción no se circunscribe exclusivamente al ámbito político o público —por mucho que sea el más evidente y escandaloso—, como expresión de una sociedad brota del seno que lo contiene, así, es necesario ampliar su radio de acción. Como consecuencia de esto último, hace tiempo que vengo indicando que nos encontramos en un Estado de corrupción generalizada (ECG).

 

Centrándonos en la faceta política y pública, podríamos remontarnos al siglo XVIII, y con más incidencia a los siglos XIX y XX en España, para argumentar que la corrupción es un mal endémico de nuestro país. Lejos de caer en el derrotismo más rancio, el repaso y análisis de muchos de los acontecimientos históricos de esos siglos tienen su raíz en la degeneración política e institucional. Decía don Antonio Machado que «en España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan a la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva».

En momentos puntuales y poco efectivos como el Trienio Liberal, el impulso del Regeneracionismo o el inicio de la Segunda República, se atisbó una nueva senda en la política española. Al hilo de lo anterior, creo que el actual periodo democrático propiciado por la Constitución de 1978 es el principal punto de inflexión que ha podido propiciar un regeneracionismo efectivo, para salir de esa corrupción-ambiente que imperaba en la vida política y pública de España. Indudablemente, esta etapa de la que disfrutamos actualmente, es la que ha puesto a España en la senda de la modernidad y de estar a la altura de los tiempos y de nuestros vecinos países.

Pero sigue existiendo el peligroso rescoldo de la corrupción que no se apaga, y que desprende su lava putrefacta en explosiones puntuales que salta escandalosamente a la luz pública. De esta lava, aquel magma; me gustaría ahondar en el origen de esa corrupción, indagar en el conocimiento de ese magma que subyace en las capas internas y que puede arrasar, una vez emerja, todo lo fértil.

Tal vez, mi querido Antonio Machado hablara hoy de los señoritos que detentan el poder, o del poder en sí, ese poder embozado que subyuga a los pueblos.

 

Como sistema político, la Democracia es sin duda el más difícil de construir y mantener, la solidez y calidad de una Democracia se sustenta, en última instancia, en la fortaleza de su sociedad en su conjunto, por la capacidad de los ciudadanos para hacerla crecer con los sólidos principios que requiere. La cultura democrática se adquiere y perfecciona con los años, desde la base, el ejercicio virtuoso de la democracia por los ciudadanos empapará todos los estamentos de la sociedad, así la calidad democrática será tanto más excelente cuanto más se ejercite esa cultura democrática. Pero en España tenemos ese gran déficit, no se ha querido enseñar a los ciudadanos, y por ende a la sociedad, en los principios de una cultura democrática auténtica, la palabra “Democracia” se ha empleado como una palabra tótem, se ha ritualizado y se la ha vaciado de contenido. Ortega y Gasset apuntaba muy acertadamente que «la Democracia es un plebiscito cotidiano», de ahí a nuestra realidad hay un gran trecho.

 

Los partidos políticos se han convertido en los herederos del poder de la anterior etapa dictatorial, el poder soy yo, la ley soy yo, España soy yo, la Democracia soy yo; la sociedad civil y los ciudadanos son meras comparsas bailando —el baile de San Vito— al son de la música que le impone el partido de turno en el poder y los demás partidos del establishment. La Partitocracia se ha erigido como un sucedáneo aceptable —admitimos pulpo como animal de compañía— por la que debe regirse la política española, esta Democracia de baja intensidad nos muestra los distintos collares sujetados por la misma correa del poder.

La corrupción se extiende desde el sistema político a buena parte de las instituciones públicas de toda índole, un comportamiento pseudodemocrático se establece como modus operandi en multitud de instituciones y organismos que intervienen en lo público.

La normalización de ese comportamiento pseudodemocrático, cuando no corrupto,  es aceptada por gran parte de los ciudadanos, se toma como algo inherente y no contingente a la actividad pública. El desapego de los ciudadanos y los bajos índices de participación denotan a las claras la crisis de representatividad política actual. Eso sí, el sistema electoral se encarga de maquillar la pérdida de representatividad, la abstención es sacada de la ecuación para no repercutirla.

 

Un hecho evidente y demoledor sobre la certeza de que nos encontramos en un Estado de corrupción generalizada se manifiesta en el máximo exponente de la dialéctica política, en el Congreso de los Diputados. El hecho de que los dos grandes partidos, PP y PSOE se reprochen los sendos casos de corrupción de ayer y de hoy —también de mañana—, sin sopesar la gravedad de lo que se echan a la cara y de sus comportamientos, muestra a las claras la impunidad con la que actúan; están por encima de la ley, de los ciudadanos, de los más elementales principios democráticos y en el más repugnante absolutismo partitocrático.

La tendencia a empeorar es, en mi opinión, inevitable, desearía equivocarme.

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