La corrupción y el mensajero
En el panteón griego, Hermes es el mensajero de Zeus, su padre, fundamentalmente era el heraldo de los dioses, aunque también de los hombres; la mitología romana lo transforma en Mercurio. Su iconografía suele incorporar unas sandalias aladas y un pétaso (gorro alado), además del caduceo. Este mensajero alado también era el encargado de conducir a las almas al Hades, al inframundo. En el óleo de Adolf Himéry-Hirschl Las almas de Acherón, podemos ver al Hermes-Mercurio más lúgubre.
La faceta más oscura de este mensajero, contrasta con la del ángel Gabriel, el mensajero enviado por Dios para anunciar a María la noticia de que será ella la que conciba al hijo de Dios, a Jesús. Enseguida me viene a la mente la Anunciación de Fra Angelico, plena de color, luminosidad y aire.
Cuando alguien me anuncia que nos trae un mensaje siempre se me mezclan ambas pinturas, y pienso que inmediatamente el mensajero me dará opción para escoger si prefiero oír primero la noticia buena o la mala. Con los años, cada vez estoy más convencido que la ausencia de noticia ya es una buena noticia, o sea, que cuando nos quieren dar noticia de algo, es de algo malo; tal vez sea mi subconsciente percepción existencialista que me lleva a ver la botella medio vacía.
Los riesgos del mensajero no son siempre bien ponderados; recordemos la heroicidad de Filípides, que murió tras anunciar en Atenas la victoria sobre los persas en Maratón. Los poderosos siempre preferirán matar al mensajero, el que osa publicar o anunciar las malas noticias que hacen temblar los cimientos de su omnipotente estatus.
Hace unos días, dos miembros de la élite partitocrática española (PP&PSOE, el Marks & Spencer del mercadeo de la corrupción) han tenido sendos encontronazos con mensajeros de los medios de comunicación.
Por una parte, Miguel Ángel Rodríguez, en calidad de jefe de Gabinete de la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, tuvo un rifirrafe mediático con Esther Palomera, adjunta al director de El Diario.es. En referencia a una publicación realizada por el medio de esta referente a los asuntos de corrupción recientemente ventilados, en la conversación de WhatsApp difundida llegó a decirle a la periodista que «Os vamos a triturar, vais a tener que cerrar. Que os den, idiotas».
Por otro lado, el ministro de Transportes Oscar Puente también envió recadito por la red social X al presentador del programa de la cadena Cuatro «Todo es mentira» Risto Mejide, para increparle el tratamiento que estaba haciendo de las noticias sobre los recientes casos de corrupción, espetándole que «A mí no me asusta ningún matón por mucho programa de televisión que tenga. Conmigo pinchas en hueso».
Matar al mensajero, esa es la consigna, el último recurso cuando no se puede contener la difusión de las noticias molestas, los argumentos ya sobran, muerto el perro se acabó la rabia. Libertad de expresión y de información saltan por las nubes, hay que cortar la hemorragia no poniendo un torniquete sino asestando una puñalada en el corazón de los derechos democráticos.
Pero en este circo mediático donde el número estrella es la corrupción, la gravedad del asunto se diluye en el espectáculo que se brinda. El pulpo de la corrupción es un animal de compañía cotidiana con el que convivimos sin reparar en esa gravedad, se asume la corrupción como algo inevitable e inherente a la política. Los políticos se lanzan acusaciones y destapan escándalos sin el mayor reparo ni vergüenza, amparados por la impunidad de ser los dueños del cortijo caciquil de la partitocracia. Los partidos satélites del PSOE&PP muestran más descontento por la escalada de tensión que por el hecho de la corrupción y cruzan los brazos.
El papel de los medios de comunicación es esencial en democracia, el cuarto poder ha sido un contrapoder que en multitud de ocasiones ha salvaguardado derechos y destapado corruptelas. Los intereses privados y empresariales de los medios de comunicación han escorado su finalidad hacia una postura laxa y tendenciosa para favorecer a sus intereses.
Las paredes oyen y hablan. Es muy difícil borrar la huella y destapar algún que otro affaire no es complicado, tirar de la manta y levantar alguna alfombra siempre aporta informaciones valiosas. Tampoco hay que desdeñar las figuras del correveidile, el hombre de paja, el testaferro, el intermediario, el comisionista,… todos ellos pueden, en un momento dado, hacer saltar la chispa que prenda la mecha mediática de algún que otro caso. En el éxtasis, en el orgasmo, en el punto más álgido del hecho corrupto, todo sabe a miel sobre hojuelas, pero el tiempo acaba por afearlo todo y en un instante salta la liebre. Un mensajero se ha ido de la lengua y está destapando la ponzoña cuando menos se espera.
Se abre la veda del mensajero —calladito estás más guapo—, es mejor dejar las cosas como estaban y no remover el pasado con sus asuntos turbios. La corrupción y el corrupto tienen un tufillo que huele a la legua, no hay que ser un avezado sabueso para detectarlos. La sociedad se ha acostumbrado a la mascarilla y convive con el virus de la corrupción, ahora estamos pasando por un repunte de casos, la pandemia se extiende por toda nuestra piel de toro, seguimos confinados mientras el virus continúa contagiando a sus anchas, no hay vacuna.
Dentro de poco habrá un apagón informativo, desviarán la atención hacia otros temas, nos harán ver que la corrupción también se extiende a otras actividades (el fútbol, por ejemplo),… Matemos al mensajero y acallemos a los medios. ¡Tonto el último! (en ser corrupto). Pronto veremos en distintas plataformas algunas series que glosen en varias temporadas estos casos que ahora padecemos.
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