Madres y padres coraje
Son muchos los temas que a un escritor, un articulista en este caso, le pueden servir de inspiración para plasmar en negro sobre blanco una composición literaria. La actualidad es rica en asuntos y está plagada de matices y controversias para escribir al respecto, hacer una buena argumentación, brillante en su estilo, entretenida, edificante,… que sea bien acogida por el lector — ¿hay alguien ahí? — es un objetivo buscado.
Pero la verdad, muchas veces se escribe sobre asuntos un tanto manidos, triviales si se quiere, de importancia relativa, aunque se quieran dar una relevancia fingida o presunta. Escritor y lector pueden creer que lo tratado es realmente interesante, aunque pocas veces se escribe en estas bagatelas de los artículos temas de verdadera enjundia, quizá pensando, contradiciendo al Eclesiastés, que no es espacio ni tiempo para ello.
Hablar de temas trascendentes, filosóficos, profundos,… en estas fruslerías literarias no tiene cabida. En ocasiones el articulista se coarta creyendo que será un pelmazo para el lector abordando temas de cierta seriedad, no están los tiempos para ser pesados, agoreros, pesimistas,… ya tenemos bastante con la realidad.
A pesar de ello, escribo hoy de algo realmente importante en la vida, de la misma vida. Dejemos a un lado la actualidad, las corruptelas, los juegos florales, los jiji jaja, la crónica,… que está muy bien, que puede nutrir al lucimiento y al ego del escritor, pero que en definitiva son menudencias.
Hay una guerra que algunas personas libran todos los días. Son guerras tan cruentas como la de Rusia contra Ucrania, como la de Israel contra Gaza —guerra convertida en masacre—, y otras tantas guerras invisibles y olvidadas. En este caso se trata de una guerra en la que se dispara con balas de amor. Son, como aquellas guerras, cruentas, aunque no sangrientas, todo lo contrario, la esperanza y el cariño manchan de verde cuando estalla el proyectil en el corazón del que lo recibe y de los que los circundan. Me estoy refiriendo a esa batalla que libran diariamente las madres y los padres coraje contra la discapacidad, la disfunción, la diferencia, la enfermedad,… que padecen sus hijos.
También son guerras silenciosas y un tanto olvidadas. Son guerras silenciosas porque es en silencio como luchan diariamente esas madres y padres coraje, por muy visibles que estén, por muy presentes que tengamos sus causas y padecimientos, nunca podremos conocer hasta dónde puede llegar el dolor y el esfuerzo que estos hacen. Son guerras un tanto olvidadas porque en ocasiones las desdeñamos cuando creemos que las cosas importantes de la vida son otras, guiados por la vanidad y el egoísmo.
Estas madres y padres coraje entregan el amor más grande que se pueda dar, y a pesar de ello, el amor no produce los efectos que ellos desearían, hay una gran desproporcionalidad entre la causa y el efecto, hecho que certifica que se trata del amor más puro y grande. Podemos pensar que estas madres y padres coraje son desgraciados, el padecimiento es algo tan objetivo como desgarrador, indudablemente, pero ellos tienen y dan un amor tan inconmensurable que quizás muchos de nosotros no seamos capaces ni de imaginar ni de experimentar; entonces, habría que pensar que la verdadera desgracia sea la nuestra.
Es necesario ayudar en todo lo posible a estos padres y madres coraje para que las vidas de sus hijos sea lo más humana y saludable posible, siempre se puede hacer más, sobre todo desde las instituciones públicas, ¿cuántos recursos económicos y personales están infrautilizados y malgastados y que podrían emplearse para estos casos? La misericordia y la piedad son necesarias, pero igualmente necesarias son la honradez y el esfuerzo para dotar de recursos suficientes que mejoren la circunstancia tanto de esos hijos como de esas madres y padres coraje, y para que sus situaciones sean más llevaderas. Al respecto, la paremiología nos puede aportar dos buenos argumentos: «obras son amores y no buenas razones» y «A Dios rogando y con el mazo dando».
Los que tenemos el privilegio de tener una vida sin grandes problemas, nos asentamos en una escala de valores muy diferente a aquellas otras personas que padecen o conviven con graves problemas. La empatía es la que nos hace ponernos en la piel de otros, la que nos hace evaluar la verdadera dimensión de lo importante, de lo auténtico; esa otredad nos confiere más humanidad y es la que se necesita para que una sociedad progrese en los valores humanistas y relegue el materialismo a un segundo plano.
La sociedad fabrica muchos héroes de hojalata, superhéroes de poderes inconmensurables que son capaces de hazañas prodigiosas, pero todos sabemos que los verdaderos héroes son otros, son anónimos y humildes, rara vez aparecen en las noticias o cuando lo hacen nos lo presentan como una excepción. No es así, hay multitud de héroes a nuestro alrededor, que no reciben el reconocimiento que debieran, héroes cayados, solitarios y laboriosos que apenas se quejan de su situación por dura que sea. Son héroes a diario, no cejan en el empeño de sobrellevar del mejor modo una pesada carga, son capaces de devolver una sonrisa aunque en su fuero interno la tristeza les inunde.
Madres y padres coraje a los que deberíamos hacerles reverencias a su paso, ángeles guardianes que ponen alas a otros ángeles que no tienen la suerte de volar. Me gustaría parecerme a ellos, ser capaz de esa entrega incondicional que solo el amor más profundo puede lograr.
Vaya mi máxima consideración y admiración, me gustaría que supieran que para muchas personas ellos son nuestros superhéroes, aunque nunca se lo hayamos confesado, tal vez por la cobardía que esconde nuestra inferioridad.
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