El Zar rojo y los vórtices del mal

     Cuando Vladímir Vladímirovich Putin termine su mandato tras su reciente reelección, será el presidente ruso y de legado soviético con más años en el cargo, por encima, incluso, que su maestro Iósif Stalin. Accedió al cargo en el año 2000, en el periodo 2008-2012 no pudo optar a la reelección y fue el interino Dmitri Medvédev el que hizo de hombre de paja hasta que aquél optara nuevamente a la elección en 2012. En esa fecha fue reelegido presidente, en el presente año ha finalizado su cuarto mandato y ha sido reelegido para un quinto mandato, gracias a una reforma ad hoc puede volverse a presentar al final del actual para un sexto mandato, prolongando su hegemónico poder hasta 2036.

         Tenemos Zar rojo para rato. El alumno ha superado a su maestro Stalin, le faltaba una guerra, ya la tiene, solo que esta vez no asume el papel de víctima —como lo fuera la URSS ante la invasión nazi—, sino de victimario, al ser Rusia el invasor de Ucrania. Al igual que su maestro, Putin está haciendo pasar a Ucrania por su particular «holodomor» en el siglo XXI, al invadirla y someterla a los estragos que toda guerra produce y en una situación de desigualdad evidente, paliada, en parte, por la ayuda de terceros países.

     En las recientes elecciones presidenciales rusas, Putin ha obtenido un mayor porcentaje de votos que en las anteriores reelecciones, está claro que erigirse como el gran patriarca político ruso le ha reportado un mayor éxito. No hay que olvidar que implantar un régimen de control y terror sobre Rusia es también una estrategia calcada de Stalin; a lo que hay que añadir que al eliminar del tablero a su más firme opositor, Alekséi Navalni, ha asestado un golpe definitivo a los disidentes internos.

         El punto flaco del sistema de control y terror que ha implantado Putin es un factor interno. Por una parte, controlar el vasto territorio ruso no es fácil, pero hasta ahora las fronteras rusas no se han visto en peligro, salvo si contamos el pasado ataque terrorista perpetrado en las inmediaciones de Moscú en marzo en la sala de conciertos Crocus City Hall, que ha mostrado la vulnerabilidad de los sistemas de seguridad. Pronto se mostró proclive Putin a imputar el atentado a Ucrania, aunque una rama del Estado Islámico reivindicó su autoría; son múltiples los enemigos que Rusia se ha ido forjando en las últimas décadas.

         De otra parte, la crítica que dentro de las fronteras rusas se ha intentado levantar contra el proceder de Putin, está siendo cada vez más acallada y perseguida, es muy improbable que desde el seno territorial de la actual Rusia se produzca un movimiento lo suficientemente potente para desbancar al régimen de Putin.

 

         Desde el inicio de la invasión de Ucrania, se ha planteado la duda sobre las verdaderas pretensiones de Putin. Es conocido que desea restituir los territorios e influencia de la Gran Rusia, todos los países limítrofes a la actual Rusia y pertenecientes a la extinta URSS pueden ser objetivo de próximas anexiones. Más todavía, Polonia, Alemania, los bálticos y nórdicos,… también miran con incertidumbre lo que está ocurriendo; además del resto de la Unión Europea y como no EEUU, su gran antagonista.

         Tras el atentado de Moscú, Putin declaró que «los que dicen acerca de que vamos a atacar a Europa después de Ucrania es un total disparate…», la sospecha siempre está latente y con esas declaraciones tácticas quisiera rebajarla, no conviene que sus enemigos fronterizos se sientan incomodados en este momento.

 

         Pero el punto de inflexión ante la invasión de Rusia a Ucrania y la actual contienda sea precisamente atacar ese punto flaco que antes aludía. Atacar territorio o el espacio aéreo ruso puede que sea la línea roja donde se desate brutalmente el conflicto e incluso se expanda o quede fuera de control.

         La actual invasión ha sobrepasado los dos años de duración, ¿hasta cuándo puede continuar? La cronificación de la guerra es un escenario plausible. Mientras que Ucrania reciba la ayuda exterior que le haga resistir el ataque ruso, la situación se puede mantener, pero el desgaste que sufre Ucrania tiene un límite, sus recursos humanos son muy limitados. Mantener la tensión puede ser una estrategia para todas las partes, aunque creo que Rusia puede sostenerla más constante e intensamente que todo el bloque que asiste a Ucrania. La hegemonía que Putin mantiene en su Rusia dictatorial es más potente que la heterogénea ayuda que Ucrania recibe.

Es muy improbable que se deje caer a Ucrania, el delirio de Putin puede incrementarse y envalentonarse para lanzarse a una expansión territorial. Ese escenario sería interpretado por el Zar rojo como una victoria y podría servirle de acicate para su plan imperialista. De igual modo, un ataque a las fronteras y territorios rusos, también produciría una escalada y mayor dimensión de una guerra en un contexto más amplio y belicoso.

         Este tercer año de invasión puede ser crucial, en principio se mantiene la tensión y la tendencia a cronificar el conflicto se presenta como el horizonte más cierto.

 

         Hay un aspecto un tanto peculiar. En algunos países alineados con Ucrania, Putin tiene ciertos apoyos en las esferas políticas o del poder —en una mezcla de lo personal y lo empresarial—, mostrando veladamente su apoyo o cierta simpatía hacia el dictador ruso. Además, resulta curioso observar que desde partidos o grupos con ideologías contrarias o, en principio, distantes, se mantiene esa cercanía con Putin. Es evidente que los intereses unen más de lo que creemos y que en realidad los extremos se tocan.

 

         Una vez más, los intereses espurios chocan con los intereses generales, pero ahora se presentan a una escala internacional. Las democracias nacionales se tendrán que enfrentar a los poderes ocultos internacionales que se esconden tras el poder visible. Las débiles democracias formales pueden ser manejadas como dictaduras informales, debemos estar ojo avizor con estos vórtices del mal que puedan generarse.

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