Perec e Ibáñez en el ascensor

      Del escritor francés George Perec había leído su primera novela Las cosas. Una historia de los años sesenta (1967), una gran novela en la que se vislumbra lo que posteriormente sería el desarrollo de la sociedad de finales del siglo XX y sus peligros. Posteriormente, a raíz de la película Un hombre que duerme (1974) de Bernard Queysanne, leí la novela homónima de 1967 en la que estaba basada, cuyo autor es también Perec.

         Quedé prendado de la literatura de Perec, aunque no he leído todo lo que deseo del autor. También me interesa mucho su obra, que abarca otros géneros literarios y flirteo con otras artes. Cabe destacar su capacidad imaginativa, inventiva y experimentadora, su integración en el interesantísimo OuLiPo (Taller de literatura potencial) que creara en 1960 Raymond Queneau, y la participación en el Colegio de Patafísica, integrada por una ristra de personalidades impresionante, entre ellos nuestro Fernando Arrabal.

      Desde hace tiempo tenía ganas de hincarle el ojo a La vida instrucciones de uso (1988), de la que tenía grandes referencias y la cual estoy terminando. La novela es ante todo un ejercicio de virtuosismo literario excepcional, al igual que pudiera hacer Ítalo Calvino. Es una novela laberíntica en la que se encierran otras novelas, donde plasma todo su microcosmos personal y literario de un modo elegante, con una sutileza e inteligencia que cautiva, cosa que por su adorno y meticulosidad podría ser rechazada si fuera de otros autores menos avezados.

         El propio autor comenta así la arquitectura de la novela: «Me imagino un edificio parisino al que se ha quitado la fachada… de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles». Indica más detalles de la misma: «Todo el libro se ha construido como una casa en la que las habitaciones se unen unas a otras siguiendo la técnica del puzzle». La historia, la intrahistoria de los ocupantes del edificio y del propio edificio se va narrando y describiendo de un modo magistral.

 

         Me percato, repentina e insospechadamente, de la gran similitud que esta obra tiene en su gestación con otra bien distinta, aunque igualmente genial, se trata de las historietas de tebeo de la 13, Rúe del Percebe de Francisco Ibáñez.

         Ibáñez, fallecido el pasado año, creó esta serie en 1961 y apareció en la segunda época de la formidable revista Tío Vivo editada por Bruguera. La idea de mostrar la sección de un edificio y contar las historias que acontecen en las distintas estancias y pisos parece ser que no es original de Ibáñez, pero sí fue él quien tuvo la idea de darle una mayor relevancia autónoma y convertirla en una serie.

         Para los que desconozcan su contenido, decir que el edificio se dividía en sus diferentes plantas, baja, primera, segunda, tercera y azotea; cada una de las plantas también tenía estancias separadas en las que se desarrollaban pintorescas —a veces rocambolescas— historias en cada una de ellas. La picaresca de la vida cotidiana estaba dibujada en muchas de las viñetas.

       En la planta baja el Colmado Senén donde su propietario siempre intentaba engañar a sus clientes, la típica portera cotilla, un ascensor con vida propia en el que acontecen mil y un disparates y la alcantarilla habitada del exterior.

       En la planta primera, a la izquierda la peculiar consulta del doctor veterinario y a la derecha la concurrida Pensión Rita.

       En la segunda planta, a la derecha un piso de alquiler con unos variopintos inquilinos, a la izquierda tiene sede la Sociedad Protectora de Animales en la que se desarrollan intrincadas peripecias de la anciana propietaria y sus mascotas.

       En la planta tercera, a la izquierda el matrimonio de Ceferino Raffles —un ladrón poco avezado— y su inquieta mujer, a la derecha los traviesos e indomables cinco hijos de una mujer.

       En la azotea, el moroso y estafador pintor Manolo y el ratón malvado que no deja de acosar y hacer fechorías al gato negro.

 

       La vida instrucciones de uso y 13, Rúe del Percebe son dos modos muy distintos de mostrar una buena parte de la sociedad, partiendo de las historias particulares se llegan a dibujar los comportamientos de los individuos inmersos en la realidad cotidiana que nos refleja el todo de dicha sociedad. Perec con su magistral escritura nos empuja hacia el interior de las vidas y del edificio, haciéndonos ver las circunstancias de aquella realidad; Ibáñez con un sutil humor también nos muestra el fondo de los valores y características de la sociedad.

       Son dos célebres ejemplos de cómo un buen número de intrahistorias nos describen la historia de una sociedad, penetrando en el interior de los personajes y sus entornos, sobrevuelan y nos entregan una acertada fotografía de la sociedad del momento. Dos modos de utilizar la genialidad y la maestría para llegar a un mismo punto.

 

       Perec e Ibáñez tienen mucho que contarse y contarnos mientras sube, o baja, el ascensor.

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