Historia, memoria, olvido,…

Cruzaba unos comentarios por mensajería con José Jurado Morales al respecto de su reciente publicación, República, exilio y poesía. La memoria rescatada de Gonzalo Martínez Sadoc, sobre mi actual predilección por la lectura de biografías y de memorias que, paradójicamente, hace unos años las rehuía; quizás la edad me haya desviado por esos vericuetos. Tanto es así que, por la influencia de esas lecturas, me decidí por adentrarme en la investigación y escritura de la biografía del escultor, dramaturgo y empresario teatral Federico Oliver (1873-1957).

En mi entorno literario y geográfico se han publicado biografías e historias noveladas de personas que no ostenta una gran relevancia o fama, pero que tienen un valor y un interés destacables. Wayne Jamison con Doctor Pirata. Un médico nazi en la España de Franco y El poeta que conquistó París, de Salvador Daza la recopilación de Artículos periodísticos de Joaquín López Barbadillo y de José Jurado Morales Soldados y padres. De guerra, memoria y poesía, además de la anteriormente citada, República, exilio y poesía. La memoria rescatada de Gonzalo Martínez Sadoc; entre otros títulos y autores.

Paralelamente, yo estaba inmerso en la investigación y escritura de la biografía de Federico Oliver, también en lecturas de algunas biografías —estas de artistas de renombre—; en definitiva, en plena inmersión en la literatura biográfica y de memorias.

 

En las Actas del Congreso Literatura y memoria organizado en 2001 por la Fundación Caballero Bonald, se recoge una rica documentación de las conferencias y mesas redondas de lo más granado de los literatos españoles de la segunda mitad del siglo XX. En la excelente conferencia «Memorialismo español: la visión de un historiador», Javier Tusell pretendió abarcar «lo que significa la memoria para el historiador; voy a poner en relación, especialmente, las memorias como género literario con la biografía». Apunta, con gran acierto, el enfoque que debe tener muy en cuenta el historiador entre las memorias individuales y la memoria colectiva y añade que «la Historia que ha vivido una persona en su trayectoria biográfica, es la Historia que puede tener mayor influencia sobre el futuro, la que proporciona una mayor densidad de datos para juzgar sobre el presente o para emitir juicios morales».

Trae a colación una frase de Unamuno muy dilucidadora: «No creo que haya nada que nos produzca más íntima y recogida emoción que el recorrer los papeles, las notas, las cartas de un hombre que de veras haya vivido. No es menester que sea un gran hombre —lo que llamamos un gran hombre—; basta que sea sencillamente un hombre que vivió y pensó en su vida, aunque ésta transcurriera en el más oscuro y apacible retiro». El concepto intrahistórico unamuniano sale a relucir una vez más.

 

Sostengo y aplico que, para obtener una visión histórica general o colectiva lo más amplia y correcta posible, es imprescindible partir de la memoria individual que nos facilita la intrahistoria. Emplear el método deductivo a la interpretación histórica adolece de la finura que se precisa, utilizar el telescopio para indagar en el detalle del comportamiento humano y colectivo, no aporta los matices necesarios que depara lo histórico. El método inductivo que escruta el microscopio para ver —o al menos vislumbrar o suponer— como lo individual conforma lo colectivo, es más rico y ofrece una aproximación más concreta a dicha interpretación histórica.

La sutileza de la particularidad requiere un mayor esfuerzo para conocer la complejidad humana y su devenir, las generalidades son siempre toscas y presentan impurezas en las poliédricas superficies de lo histórico.

Para interpretar la Historia buceamos en la memoria individual y colectiva, hurgando en la memoria descubrimos también la desmemoria y el olvido, y conjuntamente su consecuencia inmediata, la injusticia. Sobrevolando los acontecimientos históricos difícilmente podremos atisbar la injusticia —voluntaria o involuntaria— que la desmemoria y el olvido han producido, solo planeando a ras de suelo, viéndole el rostro a la Historia, conseguiremos restaurar los errores e imprecisiones que la Historia ha cometido y aposentado con el tiempo. Es posible que el relato histórico nazca parcialmente ficcionado y que, después de decantarse utilizando el fino lápiz de la intrahistoria, se pueda reescribir con mayor justicia y veracidad.

 

Cuando me planteé la posibilidad de escribir la biografía de Federico Oliver, lo primero que consideré fue hacer una prospección sobre si existían fuentes documentales que pudiera soportar una investigación más profunda sobre el biografiado; también si su vida y obra tendrían la suficiente enjundia para lanzarme definitivamente a la labor de investigación y escritura. Rápidamente pude comprobar que ambos factores se cumplían sobradamente y que podía ponerme manos a la obra.

La dimensión pública de una persona lo convierte en personaje, rompe el vínculo individual y privado y gana en riqueza e interés, en tanto en cuanto, su interrelación con la circunstancia adquiere unos parámetros más amplios; en definitiva, cuando la persona quiere y tiene algo que decirnos a través de su personaje, proponernos, mostrarnos,… se suscita un interés por saber más de ella.

Pero puede ocurrir que ese personaje esté olvidado, oculto bajo varios estratos, y que su importancia relativa no brille en su justa medida, que su ejemplo no pueda ser conocido y valorado por los demás. Creo que es un deber ineludible, para el conocedor de tales casos, la merecida labor de restauración y reparación del personaje, de devolverlo a la luz pública y situarlo en el estadio que le pertenece. El olvido u ocultación de la intrahistoria es una de las injusticias de la Historia, la Historia debe reescribirse a la luz de las historias.

 

Así ocurre con República, exilio y poesía. La memoria rescatada de Gonzalo Martínez Sadoc, Jurado Morales indica que «porque la Historia con mayúsculas solo se entiende si nos fijamos en las vidas de las personas. Y, en este sentido, necesitamos completar la Historia de la España del siglo XX con el rescate de historias particulares. Por ello este libro reconstruye la memoria de Gonzalo Martínez Sadoc, escritor de varios libros de poemas, cuya lucha en favor de la República y su exilio a México, ayuda a entender el camino biográfico e ideológico seguido por muchos españoles anónimos».

 

Con todo esto de la Historia, la memoria, el olvido,… recuerdo ahora la magnífica novela de José Luis Sampedro La sonrisa etrusca, curiosamente este mismo escritor impartió la conferencia inaugural «Novela histórica e historia novelada» del congreso citado al inicio, con la lucidez que le caracterizaba expresó al respecto:  «La función de la literatura, la del Arte, lo mismo que la función de la memoria colectiva, es decir, de la Historia, es sobre todo (aparte de iluminarnos) revelarnos, descubrirnos a nosotros mismos. Ayer comentaba una frase que utiliza Caballero Bonald y que yo también utilizo en novelas mías […], un verso de San Juan de la Cruz: “Entremos más adentro en la espesura”. Una novela, una historia, es adentrarse en la espesura. La Historia, además, dispone de los mitos, puede adentrarse en ellos y ver que hay en las profundidades de la sociedad y de nosotros mismos».

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