Épocas Kitra y épocas Kali
Una vez finalizado el tiempo muerto, la respuesta y decisión del presidente del Gobierno Pedro Sánchez al dilema expuesto en su carta a la ciudadanía me plantea ciertas reflexiones y dudas.
Afirmaba Pedro Sánchez que « […] asumo ante ustedes mi compromiso de trabajar sin descanso, con firmeza y serenidad, por la regeneración pendiente de nuestra democracia y por el avance y la consolidación de derechos y libertades […] Se trata de decidir qué tipo de sociedad queremos ser. Y creo que nuestro país necesita hacer esta reflexión colectiva […] Llevamos demasiado tiempo dejando que el fango colonize impunemente la vida política, la vida pública […] Apelo, en consecuencia, a la conciencia colectiva de la sociedad española […]».
Esa valoración sobre el estado de la sociedad española me llevó a lo que en 1921 Ortega y Gasset publicó en su imprescindible España invertebrada, en ella indicaba que «Hay en la historia una perenne sucesión alternada de dos clases de épocas: épocas de formación de aristocracias, y con ellas de la sociedad, y épocas de la decadencia de esas aristocracias, y con ellas disolución de la sociedad. En los purana indios se les llama época Kitra y época Kali, que en ritmo perdurable se siguen una a otra». Para los más susceptibles, debe advertirse que el término «aristocracia» se interpreta aquí en su primigenia raíz histórica y etimológica.
Partiendo de que es imposible que se den épocas Kali o Kitra químicamente puras, valorar en qué época nos encontramos es hartamente difícil, los procesos de transformación sociales son amplios, las transiciones de una época a otra hacen que no sean tan evidentes los síntomas y la mezcolanza de pros y contras enturbian el discernimiento.
Las debilidades y amenazas que se ciernen sobre una sociedad, país, región,… son constatables, están en la raíz de los problemas latentes, que preocupan y que están presentes en el día a día, se pueden visibilizar y verbalizar. Cuando esos aspectos negativos se alzan sobre los positivos (fortalezas y oportunidades) y calan más profundamente, se respira un clima de desasosiego perjudicial; el futuro comienza a poblarse de negros nubarrones. El enquistamiento y empeoramiento de los problemas que se hacen extensibles al cuerpo de la sociedad, país, región,… son, quizás, los síntomas más ostensibles de que nos encontramos en una época Kali. Por el contrario, la confianza en el futuro que deviene de un objetivo y entusiasmo colectivo nos presenta un panorama propicio a una época Kitra.
En su respuesta, Pedro Sánchez, no ha detallado que propone al respecto de esa regeneración, solo se ha limitado a trasladar una declaración de intenciones. Me preocupa y tengo dudas sobre el diagnóstico que hace y, sobre todo, del calado del regeneracionismo que anuncia. Apela a la «reflexión colectiva», a la «conciencia colectiva de la sociedad española». Concluye su declaración diciendo: «Pongamos fin a este fango, de la única manera posible: mediante el rechazo colectivo, sereno, democrático, más allá de las siglas y de las ideologías, que yo me comprometo a liderar con firmeza como presidente del Gobierno de España».
Bienvenido sea si Pedro Sánchez saca ahora su perfil de estadista convirtiéndose en Pedro Sánchez el Magnánimo e intente conciliar lo que parece irreconciliable, el totum revolutum de nuestro arco parlamentario y político.
En el actual panorama político español, el perfil de estadista brilla por su ausencia, solo algunos líderes independentistas y nacionalistas asumen ser abanderados estadistas de sus causas secesionistas. Desde hace lustros, los partidos y políticos de ámbito nacional español carecen de amplitud de miras, se limitan al corto plazo y a los intereses partidistas, lo de pactar y tener sentido de estado les trae al pairo. La consecuencia es evidente, la máquina de lodo —ecos de Umberto Eco— ha anegado de barro la situación social y política, que se ha ido degenerando paulatinamente a causa de anteponer un sistema partitocrático a uno abiertamente democrático.
¿Quién debe protagonizar y promover ese regeneracionismo que propone? Sin duda alguna, los políticos y los partidos tienen toda la potestad (potestas, para ser más exactos) para ello, pero una casi nula autoridad (auctoritas); el desprestigio de la esfera política hace que sus agentes no sean los más idóneos para tal cometido. Los partidos políticos que han demostrado su incapacidad y han dinamitado los puentes de la conciliación, de los pactos, del encuentro,… no pueden ahora parafrasear aquello de «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional», que proclamara Fernando VII.
Solo entregando la potestad al pueblo, a la sociedad, a los ciudadanos y dándole la iniciativa para lograr ese pretendido regeneracionismo, podrá la esfera política recobrar su autoridad. No veo ninguna opción que no parta de la firme determinación de afrontar una reforma constitucional, un nuevo pacto de convivencia para la España actual, fuera de esa premisa todo lo demás creo que está condenado al fracaso, convirtiéndose en un engañabobos.
Si Pedro Sánchez, con ese periodo de reflexión, la decisión posterior y las intenciones que ha esbozado, pretende un regeneracionismo miope, no se necesitaba tanto ruido para tan pocas nueces; si también lo secunda toda la esfera política, todo habrá quedado en una simple farsa, de un punto y seguido y no de «un punto y aparte».
Vuelvo a mi pregunta anterior, ¿quién debe protagonizar y promover ese regeneracionismo que propone? y enlazo con la cita de Ortega, el papel de las aristocracias es fundamental, esas aristocracias que puedan guiar al hombre masa hacia la consecución de una plena madurez y conciencia hacia la excelencia. Más de un siglo después de lo afirmado por Ortega y Gasset, pienso que esas aristocracias son casi inexistentes o inútiles, los referentes aristocráticos que nos propulsen hacia la excelencia han combustionado en aras de unas, mal entendida o construida, sociedad del bienestar.
La sociedad del bienestar, del consumo y de la autocomplacencia han terminado por fagocitar las pretensiones del pensamiento ilustrado y de las democracias liberales, la excelencia ha sucumbido ante los efluvios de un falso y acomodaticio progreso.
Hace ya décadas que la excelencia ha ido mermando, incluso ahora comienza a verse como una amenaza del establishment, tal vez sea uno de los enemigos públicos más buscados y sobre la que lo políticamente correcto ejerce una implacable censura. El complejo de inferioridad del establishment ha establecido el listón de la mediocridad como barrera infranqueable, prohibido el brillo e impuesta la escala de grises en el pantone de lo real.
El diagnóstico es clave, la dimensión del problema que subyace en la situación actual creo que requiere actuar tan acertada como diligentemente, aunque parece que todos los partidos han optado por una huida hacia delante, en el «sosteneya y no enmendaya», y dispuestos «a hablar de mi libro» a pesar de todo. La espiral negativa que se pueda generar a partir de este momento es muy peligrosa si la sensatez no se antepone. Es posible que después de la tempestad se vuelva a cerrar en falso el manido y socorrido debate del regeneracionismo de salón.
Entonar el mea culpa y asumir la parte alícuota del problema, no parece que esté en la agenda de la esfera política, aunque en el foro interno sean conocedores que la única solución es el regeneracionismo, pero ¿quién le pone el cascabel al gato?
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