Así no es el cuento
Lo políticamente correcto viene imponiendo desde hace tiempo una especie de censura apriorística sobre algunos de los temas vigentes en la actualidad. Hoy en día, lo fácil para cualquier persona con capacidad crítica y que quiera expresarla libremente es no entrar en jardines, dejarse llevar, aparcar su honestidad intelectual y reservar las dosis de valentía para otros menesteres.
Creo que una persona inteligente no está dispuesta a asumir el riesgo innecesario de que se le coloque alegremente el sambenito —adornado por múltiples y gratuitos calificativos despectivos— por los prosélitos de las causas más insospechadas. De este modo, hay ciertos temas que se convierten en tabú, mejor pasar por alto y hacer mutis por el foro. Enjuiciar antes de razonar, denostar antes que dialogar,… son algunas de las consecuencias que el discurso imperante de la corrección política está imponiendo. Ya no se trata de buscar los pros y los contras, de empatizar, de argumentar, lo realmente importante es saber de qué lado estas.
Es evidente que existen posiciones extremistas que pueden causar una gran animadversión, la radicalidad no suele aportar elementos beneficiosos, pero quizás añadir más ascuas al fuego de los argumentos incendiarios no sea la reacción más astuta para contrarrestarlos; tal vez, sembrando la semilla de la duda en las mentes de los radicalizados, podamos conseguir algo positivo.
Hay que reconquistar espacios para el diálogo y la reflexión, es una batalla que se debe emprender a pasos agigantados, los enquistamientos ideológicos y la sinrazón solo aportan enfrentamiento. Es una batalla incruenta que se debe emprender ante los que se aferran al particularismo y al fanatismo, hay que romper la dinámica de la confrontación sistemática, para ello no encuentro nada más eficaz que llevar a la planicie de la libertad a los que quieren enrocarse egoístamente en los feudos de la enemistad.
Nuestra presente sociedad oye, pero no escucha. Decía Antonio Machado, «A distinguir me para las voces de los ecos, y escucho solamente, entre la voces, una». En la escena pública hay mucha palabrería, mucho exabrupto, mucho brabucón, mucho mal ejemplo y poca buena obra, mucha táctica demagógica y poca estrategia honrada. Reverberan los ecos de los discursos huecos y de las voces falaces de los encantadores de serpientes, los oídos autocomplacientes que buscan regalarse de las palabras melosas de los embaucadores. Los que se benefician del imperio de lo políticamente correcto quizás quieran acallar la voz de las palabras sensatas y razonables, para ello no hay nada como hacer ruido y que su eco se propague en el tiempo y en el espacio.
Imponer un discurso dominante sobre las bases de un maniqueísmo naif es una de las principales herramientas de la corrección política, excluir a la otra parte y hacerse poseedor en exclusiva de la oficialidad del discurso políticamente correcto, es el objetivo prioritario; por el lado opuesto, la contraparte intenta derribar ese discurso e implantar el suyo.
Uno de los iniciales mecanismos que me alertó sobre esta cuestión fue comprobar como el uso del eufemismo iba olvidando su esencia, suavizar indulgentemente la definición o el concepto en determinados contextos. El eufemismo pretendía subvertir el concepto para así construir una realidad eufemística, un artificio peligroso que no llega siquiera a la categoría de utopía. La realidad y el deseo rara vez coinciden.
Es posible que, según la instalación en la realidad, seamos capaces de vivir o fabricar realidades paralelas, lo cual es bastante preocupante si se hace artificiosamente y con la pretensión de eliminar los puntos tangentes y de corte que son inherentes a la realidad.
No estamos para milongas, que a estas alturas nos quieran cambiar el cuento no es de recibo, creo que somos los suficientemente maduros para desechar los relatos que no se adecuan a la realidad.
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