Juventud, ¿divino tesoro?

 

La juventud quizás sea la etapa más compleja de la vida, aunque creo que no es la más complicada.

En su celebérrimo poema «No volveré a ser joven», Gil de Biedma apunta dos aspectos fundamentales de la juventud.

En primer lugar, su característica más esencial, su propiedad expansiva, «como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante». El panorama vital se ensancha plenamente, se presentan múltiples opciones, todo parece asequible, todo parece estar al alcance de la mano y ser posible, los límites apenas se aprecian o se ven con bastante lejanía y sin apenas riesgos.

El segundo aspecto viene a definir su ámbito temporal, ¿hasta cuándo dura la juventud? A priori es una cuestión difícil de dilucidar, el aspecto subjetivo entra en juego, pero Gil de Biedma advierte en sus dos primeros versos que preceden a los anteriormente expuestos, «Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde». Tal vez comencemos a dejar de ser jóvenes cuando apreciamos conscientemente de que la vida va en serio, cuando experimentamos los límites y riesgos que —en el mejor de los casos— antes solo intuíamos. Pero definitivamente, creo que dejamos de ser jóvenes cuando esos límites y riesgos de la vida comienzan a derrotarnos, cuando no luchamos para sobreponernos a los obstáculos que se nos presentan. En buena medida, la juventud lleva aparejada inherentemente la ilusión, si esta la perdemos, la vida deja de tener una plena e importante dimensión y comenzamos a envejecer.

 

Los que ahora somos menos jóvenes, los que ya conocemos que la vida va en serio, pero que, en  la medida de las posibilidades, nos la tomamos a chufla y bailamos con ella intentando no pisarle los pies, podemos valorar cómo ha sido nuestra experiencia en esa etapa juvenil. Y al evaluar también surge la comparación generacional, ¿nuestra juventud ha sido mejor o peor que la de nuestros padres o nuestros hijos?

Por norma general, el progreso en todas las materias hace que el avance en las distintas facetas del quehacer humano sea consustancial al devenir histórico, en términos generales cada sucesión de generaciones incorpora las mejoras que la mochila del progreso les ofrece; ahora bien, no es algo lineal o proporcional o que se produzca en todos los campos, hay matices, también existen retrocesos. Al comparar las fotos fijas de distintas épocas o generaciones siempre se cae en la falacia del cualquier tiempo pasado fue mejor; ante todo, cualquier tiempo pasado fue precisamente eso, pasado, los parámetros de comparación intergeneracionales pierden muchas referencias, más aún en los frenéticos tiempos en que vivimos.

Como toda generación, los actuales jóvenes se encontrarán con problemas que tendrán que solventar o salvar, que serán diferentes a los problemas con los que se encontraron sus padres en sus etapas juveniles. Distinto es que desde la perspectiva de esos padres se vea que ciertos problemas son mayores que aquellos con los que ellos tuvieron que enfrentarse, aunque no fueran los mismos. El acceso a la vivienda, la incorporación al mundo laboral, el empleo bien remunerado y de calidad, la emancipación, la carestía de la vida,… son circunstancias actuales que plantean serias dificultades a los jóvenes para su desarrollo y que no tienen fácil solución. En buena medida, la generación precedente somos los responsables de la circunstancia que encuentran nuestros jóvenes; lógicamente con la parte alícuota de responsabilidad que le toque a cada persona en función de su capacidad o poder para moldear o actuar sobre la realidad y la sociedad.

Por otra parte, no solo se debe valorar la cuestión material, también se debe incidir mucho sobre los valores culturales, sociales, políticos, éticos,… Si bien existe una gran componente individual y familiar en la formación de esos valores en nuestros jóvenes (hijos), también es esencial fomentar los valores colectivos que como sociedad inmersa en la realidad política de un Estado, tendentes a cumplir con los objetivos y principios que la rigen y que están definidos en nuestra Carta Magna, en nuestra Constitución.

Derechos, deberes y obligaciones constitucionales que debemos legar a los jóvenes y sobre los que tenemos que trabajar para que hereden una circunstancia más próspera y justa. Las bases, los cimientos de nuestra construcción social como Estado están en la Constitución, deben cumplirse y deben ser exigidos, aunque parece que nuestro sistema político en muchas ocasiones la ninguneé y la utilice como papel mojado. Tal vez ese pueda ser el principal reproche que los jóvenes, cuando comiencen a comprobar en sus propias carnes que la vida va en serio, puedan echar a la cara a sus predecesores (sus padres), el haberles legado un inmueble en peligro de derrumbe.

Un aspecto que merece destacar y que no debe pasarse por alto es la capacidad de esfuerzo y resiliencia que nuestros actuales jóvenes demuestren para lograr sobreponerse a los problemas y adversidades que se encuentren, en buena medida el progreso de una sociedad viene dado por el empuje de las nuevas generaciones. Tengo la impresión que no hemos sabido comunicar y enseñar a nuestros hijos los esfuerzos que las generaciones anteriores han realizado para alcanzar el estatus actual. Es esencial que se valore lo que se tiene, que se sepa que el estatus adquirido proviene de un proceso de conquistas y de duro trabajo, nada viene dado gratuitamente.

Ahora que «con el cabello gris, me acerco / a los rosales del jardín», al decir de Rubén Darío, ahora que «la verdad desagradable asoma» —otro de los versos del poema de Gil de Biedma— de esa vida que va en serio, me gustaría decir a nuestros jóvenes que hay que luchar, que deben incluso arrostrarnos todo aquello que no hemos hecho con la suficiente honestidad y con la altura de miras debida, que no se vendan al mejor postor y que no caigan en bajezas, que no den la batalla por perdida ni acepten el chantaje burdo de lo material, que sean capaces de desafiar y subvertir el orden establecido si así lo estiman oportuno, que, en definitiva, se ilusionen con la vida y que no se rindan ante la desesperanza que algunos quieren implantar.

No cabe duda, debo eliminar esos signos de interrogación del presente título del artículo, desechar vanas nostalgias y afirmar rotundamente, «Juventud, divino tesoro».

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