La cercana izquierda y               la cercana derecha

      El escenario político que se presenta ahora en Europa ante las inminentes elecciones al Parlamento Europeo viene cargado de polarización y con el auge de la extrema derecha en gran parte del territorio europeo.

         A los múltiples problemas intrínsecos que se enfrenta la compleja arquitectura y desarrollo de la Unión Europea, se les une otros coyunturales y también los estructurales o recurrentes como son los derivados de la agricultura, la inmigración,… Tengo la impresión que la construcción y ampliación de la Unión Europea se hace sin la cohesión que se precisa en estos asuntos que implican decisiones muy importantes en cuanto a la política de los estados. Parece que se ha priorizado el crecimiento y la expansión de la Unión Europea asumiendo los riesgos de grandes vacíos que la anexión de estados, con muy diferentes situaciones y características. La Europa de las múltiples velocidades es un hecho aunque oficialmente no sea algo reconocido institucionalmente.

       Soy partidario de la Unión Europea, la vieja Europa necesita del nuevo impulso de la Unión Europea para no seguir debilitándose en el contexto político, social y económico mundial. Es cierto que se han pagado y se siguen pagando muchos peajes —no solo económicos—, la armonización en múltiples facetas requiere de unos ajustes duros y permanentes; por otra parte, la política de ayudas económicas pretende cohesionar las grandes diferencias basándose en una solidaridad interterritorial que compensen los desfases y diferenciales más alarmantes.

         El papel de los estados está cada vez más constreñido por las directivas y directrices europeas, los márgenes de actuación son cada vez más estrechos y se ejerce una tutorización o vigilancia más estrictos sobre determinados parámetros. No debe olvidarse que la principal componente de  la Unión Europea es la económica, la unión de los estados para poder hacer una economía más competitiva frente a EE.UU., China y otros bloques y países emergentes.

         El gran peligro en esta difícil construcción de la Unión Europea es el político, que algunos estados y que también determinados grupos parlamentarios que conforman el Parlamento Europea no dinamiten todo este lento y difícil proceso. La involución de querer hacer prevalecer la política estatal a la europea en determinadas cuestiones claves puede ser una catástrofe. En esta economía global pretender que algunos estados hagan la guerra por su cuenta es un suicidio, y de igual modo, ocurriría si grupos parlamentarios europeos de raíz extremistas tengan la capacidad de conformar mayorías, imponer sus decisiones o con su voto ostentar un veto velado.

         Pero si es preocupante que las extremas izquierdas o derechas crezcan dentro de un sistema democrático, resulta más grave que la inoperancia de las cercanas izquierdas y las cercanas derechas —en oposición a aquellas extremas— no sean capaces de ejercer una acción política eficaz y que contenten a los ciudadanos. Esas cercanas izquierdas y derechas que se arrogan la cualidad de la moderación como signo distintivo sobre sus rivales extremistas, deben de activar y poner en marcha el diálogo, el acuerdo y el consenso para evitar que esos leviatanes políticos lo arrasen todo.

         Parece que la política se ha convertido en un juego de suma cero, donde la no cooperación de los presumiblemente cooperantes hace que sus pérdidas vayan a sus contrincantes. No vale con describirnos al monstruo con las más ominosas palabras, «¡que viene el Coco!», mientras los inoperantes se cruzan de brazos y les asoman las lágrimas de Boabdil.

Cuando la voluntad de servicio público se sobrepone a los intereses partidistas e individuales, la degradación ética empieza a crecer y desemboca en la corrupción política. Quizás esa corrupción, sea la que los ciudadanos de a pie detecten en los que usualmente ostentan el poder y que descontentos y hartos por la ineficacia ante los problemas que siguen deteriorando su cotidianidad, ávidos de mensajes salvíficos o proclamas incendiarias, se inclinen por otras propuestas más extremistas.

         Es curioso observar como no existe un liderazgo a nivel europeo de este proyecto en construcción que es la Unión Europea, nadie reivindica o abandera la necesidad del proyecto de un modo transnacional y con la firme convicción de los argumentos y los discursos. Esto evidencia que la Unión Europea es un proyecto dirigido por tecnócratas para establecer una tecnocracia. Los firmes valores europeos, aquellos de la vieja Europa, están muy lejos de ser reivindicados en la actualidad. Los europeístas están declarados en especie de extinción, permanecen bajo el permafrost del Tratado de Roma o fallecieron con los padres fundadores de la Unión Europea.

         En la campaña electoral de las europeas, los partidos en cada estado miembro se dedican a lanzar reiteradamente su mensaje en clave nacional o una especie de «vótame porque soy más guapo/guapa», eso de Europa queda muy lejos a los ciudadanos, y «mejor que se así», se piensan para sus adentros los acólitos de la tecnocracia.

         Me preocupa una posible involución del proyecto de Unión Europea, soy más que un firme convencido del proyecto europeo, un firme convencido de que es la única salida que la vieja Europa tiene, eso sí, de una Europa con sus firmes valores.

         También me preocupa a donde son capaces de llegar en su espiral de destrucción del consenso y el diálogo la cercana izquierda y la cercana derecha, tanto a nivel europeo como nacional, mientras siguen asustándonos con «¡qué viene el Coco!».

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